Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cuarenta y tres #2
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Cuarenta y tres #2

Su bolso estaba sobre el asiento, y sabía que, si miraba en su interior, encontraría su teléfono.

Le había echado la bronca más de una vez, sobre todo después de que perdiera su tercer móvil, por guardárselo en el bolsillo trasero cuando iba en moto, porque siempre se le acababa cayendo.

Como si no fuera ya lo bastante malo que la mayoría del tiempo lo llevase apagado porque se había quedado sin batería.

Todas sus cosas estaban allí, pero no había ni rastro de ella.

—¿Te importa pasar a ver si está dentro? —dije, rebuscando en el interior de su bolso.

—Es imposible que haya entrado en la cafetería y se haya dejado el bolso aquí —replicó Rook.

—Lo sé, pero ¿puedes al menos comprobarlo?

Él asintió con la cabeza, y, sin perder más el tiempo, se adentró en el local a través de la puerta que daba a la cocina.

Cuando encontré por fin su teléfono, lo desbloqueé. No había nada más que unas cuantas llamadas perdidas nuestras y los mensajes que le habíamos enviado. Y tenía tan solo un uno por ciento de batería.

Rook salió de nuevo al callejón, negando con la cabeza. El Sweet Haven no era demasiado grande, y sabía que, de haber estado allí, Rook la habría localizado de inmediato. Entonces él sacó su teléfono y llamó a Harper.

Yo retrocedí un paso, respirando con dificultad. Intentaba mantener la calma y pensar con frialdad, pero sentía que se me formaba un nudo en el pecho por culpa de la preocupación.

—Estaba enfadada —dije, casi pensando en voz alta—. No quería hablar con ninguno de nosotros. A lo mejor...

—¿Se fue a armar jaleo a otra parte? Si se hubiese ido a alguno de los sitios a los que solemos ir, se habría llevado sus cosas.

No quería pensar en ello, pero sabía en qué había estado metida últimamente. Había estado metiendo las narices en cosas en las que no debía, hurgando demasiado en el pasado para conseguir respuestas que podrían ponerla en peligro.

Rook hizo otra llamada.

—Harper, comprueba de nuevo el localizador. Dime todos los sitios en los que estuvo antes de venir aquí —le pidió.

—¿Sabéis que podéis comprobarlo vosotros mismos, no?

—Sí, pero ahora no tengo tiempo para ponerme a averiguar cómo cojones entrar en la puta aplicación, así que comprueba sus malditas ubicaciones.

Saqué mi móvil del bolsillo y llamé a la única persona que se me ocurrió, con una mueca de disgusto.

Asher respondió al tercer tono.

—¿Evie está contigo? —le pregunté.

—¿Has vuelto a perder a tu chica? Está hecha toda una fugitiva, ¿eh?

—Esto no es ninguna puta broma. ¿Está contigo o no?

—No. No la he visto ni he sabido nada de ella desde el otro día, pero me encanta saber que te preocupo tanto que hasta piensas que ha podido venir corriendo a mis brazos. Aunque, claro, tampoco sería tan descabellado. ¿Qué ha pasado?

—Se ha enfadado y se ha ido.

—Bueno, tampoco es que esta sea la primera pelea de pareja que tenéis. Y ya sabes que cuando se enfada siempre acaba explotando.

—¿Ah, sí? ¿Y también se deja su teléfono y su moto aparcada en un puto callejón desierto sin avisar a nadie? —le pregunté, con la voz casi temblándome de la ira.

Se hizo el silencio.

—Evie no está aquí, no ha venido a verme desde que os marchasteis juntos la otra noche. Os enviaré a unos cuantos hombres del Vault para que os echen una mano por allí. ¿Algún otro sitio donde creáis que podría estar?

Solté un suspiro de alivio.

—En el Hellfire, y quizá también deberías enviar a alguien al Sindicato. Puede que haya gente allí esta noche que la haya visto.

—Hecho. Mantenme informado y avísame si necesitáis que os envíe más ayuda.

—Gracias.

—No hay de qué —respondió—. Por ella, lo que sea. Tú y yo no somos tan amigos.

Negué con la cabeza y colgué la llamada, pero respiré un poco más aliviado.

Aunque todo ese alivio se desvaneció en cuanto Rook se volvió a mirarme, con la preocupación y la confusión eclipsando su rostro y poniéndome de nuevo nervioso.

Se apartó el teléfono de la oreja y puso la llamada en altavoz.

—¿Puedes repetir eso último?

—El teléfono de Evie no se ha movido de allí desde hace horas, pero le he echado un vistazo al resto de nuestras ubicaciones, y el localizador de Zack está activo y...

—¿Y qué? —pregunté.

Harper guardó silencio un segundo.

—Y se encuentra a tan solo seis manzanas de allí. No quiero decir que él haya tenido algo que ver con todo esto, pero no se me ocurre otro motivo por el que pudiera estar allí.

Los dos nos quedamos helados.

Nadie dijo nada.

—¿Dónde está exactamente?

—No lo sé. Los locales de esa zona han ido cambiando de manos a lo largo de los años. Así que no sabría deciros en cuál se encuentra exactamente.

—No tiene sentido que haya quedado con él —solté, negando con la cabeza—. Evie no se reuniría con él así porque sí, ¿no?

—Puede que sí. Si pensaba que así podría arreglar todo este lío, a lo mejor pensó que podía hablar con él para solucionar las cosas.

—O tal vez él la llamó para pedirle ayuda y ella accedió.

Rook se encogió de hombros.

—Sea lo que sea, no pinta nada bien, sobre todo teniendo en cuenta cómo lo hemos dejado antes.

Tenía razón. A Rook no le había importado dejar que fuera yo quien me encargase de Zack después de fijarse en lo cabreado que estaba porque nos hubiese grabado a Evie y a mí.

Todo había ocurrido después de que Evie se marchase de casa hecha una furia, y aún tenía los nudillos ensangrentados de la paliza que le había dado.

Aquello no pintaba nada bien.

Me subí a la moto a toda prisa.

—Si ha ido a verlo, tenemos que encontrarla, y rápido.

Rook no me lo discutió. Se limitó a colocarse a mi lado cuando salimos del callejón, con nuestros motores rugiendo con fuerza al circular a toda velocidad por las silenciosas calles de la ciudad.

No tenía ni idea de si Evie estaría con Zack o no.

Ni tampoco sabía si aquello se trataba simplemente de una mala decisión que hubiese podido tomar en un arrebato o de algo completamente distinto.

Pero había algo que sí que tenía muy claro.

Si Zack había tenido algo que ver con que Evie no estuviese respondiendo a su maldito teléfono..., no pensaba darle tiempo para arrepentirse por lo que quiera que hubiera hecho.