Cuarenta y tres
Aiden
—¿Ya has terminado de odiarme? —Empujé a Rook a un lado y abrí la nevera de un tirón, como si no acabase de echar un buen bidón de gasolina a un fuego que ya ardía con fuerza.
—¿Te refieres a si ya he acabado de odiar a mi mejor amigo, el mismo que lleva meses enrollándose con mi hermana a mis espaldas? —Su tono se volvió más cortante, hurgando en una herida que ya estaba más que abierta.
Apreté la mandíbula con fuerza y traté de relajarla un segundo después, soltando todo el aire que había estado conteniendo por la nariz.
—Sí. Admito que la cagué. Debería habértelo contado.
—Lo miré fijamente a los ojos, negándome a dar marcha atrás ahora—.
Pero no te quedes ahí como un pasmarote comportándote como si Evie fuese una cosita frágil a la que debes proteger de mí.
Es una mujer capaz de tomar sus propias decisiones. No puedes pretender controlar su vida.
Su expresión se oscureció, y un destello le surcó los ojos.
Conocía esa mirada, la había visto cientos de veces antes, normalmente justo antes de que llegásemos a las manos.
Pero esto no era una estúpida pelea de bar por alguna tontería sin importancia.
Esta vez se trataba de Evie. Y ninguno de los dos pensaba dar su brazo a torcer.
Pero no podía ponerme a pelear a puñetazo limpio con Rook y esperar que todo acabara bien.
—¿Te importaría dejar de odiarme un poquito? Podemos pelearnos si es lo que quieres, pero creo que liarnos a hostias en la cocina es pasarse.
Rook resopló con fuerza y se cruzó de brazos.
—¿Es que tú te has molestado en dejar de tirarte a mi hermana?
—No, y tampoco pienso hacerlo.
—¿Y si no eres lo suficientemente bueno para ella?
Solté una carcajada seca y amarga, antes de sacar una botella de agua de la nevera y desenroscar el tapón con más fuerza de la necesaria.
—Mira quién fue a hablar. ¿Es que tú eres lo bastante bueno para Regan?
Rook fue a decir algo, pero al final acabó cerrando la boca de nuevo.
—No —respondió pasado un rato.
—Exacto, y, si yo te dijera que te mantuvieses alejado de ella porque no eres lo bastante bueno para ella, ¿lo harías?
—No, y probablemente te daría una paliza.
—Estupendo, pues me alegro de que entiendas mi punto de vista.
Rook me observó impasible durante unos instantes, hasta que las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente en una pequeña sonrisa divertida.
—Por un momento me he planteado muy en serio eso de liarme a leches contigo aquí mismo. Pero luego he caído en que a Regan no le haría ninguna gracia encontrarse toda la cocina cubierta de sangre.
—No puedes pretender controlar a Evie. Los dos sabemos que eso es imposible y, por desgracia, tampoco vas a poder controlar lo que hay entre nosotros.
—No, pero sí que tengo derecho a preocuparme por ella cuando está cometiendo un error que podría mandar todo lo que hemos construido a la mierda.
Dejé caer la botella de agua sobre la encimera con fuerza.
—¿Un error? ¿Me estás diciendo que el que esté conmigo es un error? Joder, Rook, sabes mejor que nadie que haría cualquier cosa por ella.
Rook ni siquiera parpadeó.
—Pues entonces asegúrame que esto no es solo un rollo pasajero para ti.
Asegúrame que no vas a despertarte un día y a darte cuenta de que en realidad no estás hecho para esto.
De que no estás hecho para..., bueno, para ella.
Porque, si rompéis, no será una ruptura más.
Eso la destruirá. Tirarás abajo todo lo que hemos construido juntos.
El peso de sus palabras se cernió sobre nosotros.
Sabía que no se equivocaba. Pero tampoco tenía razón del todo.
Porque yo sí que estaba hecho para Evie, y no había ni una sola parte de mi ser que no estuviera hecha por y para ella.
Pero antes de que pudiera decir nada, Mason se adentró en la cocina y lanzó sus llaves sobre la encimera.
—¿Aún seguís peleándoos? Joder, al menos dadle un poco de chispa al asunto. Daos un puñetazo o algo.
—Cierra el pico, Mason —le soltamos Rook y yo a la vez.
—Vaya. Ya hasta habláis a la vez, como buenos hermanos —murmuró Mason, poniendo lentamente una sonrisa pícara mientras sacaba una cerveza de la nevera—. Y, hablando de la protagonista del momento, ¿dónde se ha metido Evie?
Aquella pregunta era casual, inofensiva..., hasta que eché un vistazo a través de la ventana y me di cuenta de que en realidad no lo era del todo.
Me volví hacia el reloj de pared. Era muy tarde. Llevaba fuera demasiado tiempo. Evie odiaba tener que conducir esa moto, y sabía que también odiaba tener que pasarse demasiado tiempo fuera de casa, sobre todo cuando anochecía y hacía frío.
—Ya debería haber vuelto —comenté, más para mí mismo que para los demás. Se me formó un nudo tenso en el pecho, y el instinto me gritó que fuera a buscarla, pero sabía que lo más probable era que siguiera enfadada.
Rook frunció el ceño y bajó la mirada hacia su teléfono.
—Seguramente se habrá parado en algún sitio para desahogarse o algo.
—¿Dónde están Harper y Regan?
—Oye, Rebel —gritó Rook hacia el salón—. ¿Has hablado con Evie?
Contuve la respiración, esperando su respuesta, pero esta no llegó. En cambio, Harper y Regan aparecieron en el umbral de la cocina.
—No desde esta tarde, antes de vuestra pelea. —Regan observó a Rook—. Una pelea que no debería haber ocurrido, para empezar, porque te dije que estaba pasando algo entre ellos, así que ya te lo había advertido.
—Estabas haciendo una suposición y, hasta donde yo sé, lo dejaste caer mucho antes de que ocurriera nada entre ellos, así que...
—¿Harper? —lo interrumpí—. ¿Tú sabes algo de ella?
Harper negó con la cabeza.
—Nada.
Saqué mi teléfono del bolsillo y la llamé. El tono retumbó contra mis tímpanos.
Me saltó el contestador. Volví a intentarlo y esperé, pero la llamada acabó de nuevo en el buzón de voz.
Sentí como si el aire que me llenaba los pulmones se convirtiese en piedra.
—Puedo mandarle un mensaje. Si no quiere hablar con vosotros, a lo mejor le apetece que quedemos las tres un rato para desahogarse —añadió Harper.
Mientras Harper le enviaba un mensaje, noté que algo se retorcía en mi interior.
Por algún motivo, supe que Evie no iba a responder.
No sé cómo, pero lo supe. Desbloqueé mi teléfono y busqué a la desesperada la aplicación de rastreo que ella misma nos había instalado a todos para poder localizarnos siempre.
A nosotros nos había puesto el localizador en nuestras motos, pero Evie y Regan lo llevaban en sus teléfonos.
Recorrí todas las aplicaciones, pero no la encontré.
—¿Alguien puede comprobar la ubicación de los puñeteros localizadores, por favor? —pregunté, mucho más cortante de lo que pretendía—. No encuentro la maldita aplicación y necesito saber dónde está.
Hero, que hasta ese momento había estado sentado a la mesa del comedor con su ordenador, ni siquiera se molestó en apartar la vista de la pantalla.
—Seguro que está bien.
—Comprueba-el-localizador —repetí, acercándome a él en un par de zancadas. Le dicté las distintas ubicaciones que se me ocurrieron, y quise que comprobase cada una de ellas.
Algo en mi tono debió de surtir efecto, porque entonces Harper se acercó a nosotros a la carrera, echó a Hero de la silla de un empujón y empezó a buscar algo en el ordenador. La estancia se quedó en completo silencio, salvo por el suave repiqueteo de las teclas.
Por fin, Harper dejó de teclear y observó la pantalla con el ceño fruncido. Estaba a punto de ponerme a gritar de nuevo, sintiendo que el mundo se me venía encima.
Evie se había marchado a la carrera, dolida y enfadada, y yo debería haber sabido que eso era una muy mala señal.
Pero estaba tan centrado en intentar arreglar las cosas con Rook, en solucionarlo todo antes de que ella volviese, que ni siquiera me había parado a pensar en lo poco propio de Evie que era huir enfadada sin soltar una última bomba antes de marcharse.
Cuando se sentía herida, solo había un par de posibilidades: o bien decidía reducirlo todo a cenizas, o salía huyendo, alejándose lo suficiente de allí para poder calmarse antes de regresar y reducirlo todo a cenizas igualmente.
—¿Qué pasa? —pregunté, con la mente en blanco. A lo mejor Rook tenía razón y no sabía cómo cuidar de ella como debía.
A lo mejor ya lo había echado todo a perder antes de empezar.
Harper vaciló.
—Harper —dijo Rook, de repente demasiado serio—. ¿Dónde está?
Harper le dio la vuelta a la pantalla. Un punto azul parpadeaba lentamente en el mapa.
—Detrás del Sweet Haven. Y según esto no se ha movido de allí en casi dos horas.
—¿Por qué se ha quedado detrás de la cafetería?
Aquello me daba absolutamente igual. Tomé las llaves de mi moto y salí corriendo hacia el garaje. Tenía que ir a buscarla. Ya debería haber ido tras ella.
El motor rugió con fuerza al arrancar, salí del garaje a toda velocidad y no pude evitar sorprenderme cuando vi que Rook se colocaba a mi lado en la carretera.
Condujimos en silencio hasta el Sweet Haven, porque ninguno de nosotros estaba dispuesto a seguir hablando sobre Evie o sobre esta nueva situación en la que nos habíamos visto envueltos.
El frío aire de la noche se filtraba a través de la tela de mi chaqueta, pero lo único que pude sentir fue el peso que me oprimía el pecho.
No tenía ni idea de qué podía haberle ocurrido a Evie, y esa mezcla de rabia y preocupación que me ahogaba era aterradora.
Cada fibra de mi ser me gritaba que algo iba mal.
Rook fue el primero en aparcar después de entrar derrapando en el callejón de detrás del Sweet Haven. Apagué el motor, me bajé de la moto de un salto antes incluso de poner el caballete y lo seguí. El corazón me latía a toda velocidad.
La moto de Evie seguía aquí.