Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cuarenta y dos #3
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Cuarenta y dos #3

—Pero la culpa también se acaba disipando —continuó diciendo—.

Es entonces cuando las grietas empiezan a aparecer.

Cuando surgen los cabos sueltos. Cuando la gente empieza a husmear donde no debe.

Tal vez alguien avisó a las autoridades de que tus padres te habían adoptado de forma ilegal.

¿Y qué hicieron ellos al respecto? Entraron en pánico.

Porque sabían que corrían el riesgo de perderte.

—Ladeó la cabeza, estudiándome atentamente—.

Y entonces acudieron de nuevo a nosotros. Y les ofrecimos otro trato.

—¿En serio?

El hombre sonrió, casi hasta orgulloso.

—En serio. La Orden necesitaba más contactos internacionales, y tus padres podían proporcionárselos a través de su negocio como marchantes de arte.

Ya sabía que no me iba a gustar lo que vendría a continuación.

—La Orden accedió a borrar sus antecedentes para asegurarse de que nunca nadie pudiera ir a buscarlos, para cerciorarse de que tú siguieses siendo su pequeña para siempre.

Pero una protección como esa conlleva un alto coste.

—Su sonrisa se tornó mucho más afilada—.

Y, a cambio, ellos nos dieron algo que llevábamos esperando desde hacía mucho, mucho tiempo.

Apenas pude articular palabra.

—¿El qué?

—A sí mismos. Su servidumbre y lealtad, y algo mucho mejor incluso. A ti.

Tuve la sensación de que el suelo bajo mis pies se desvanecía.

—Ellos se unieron enseguida, pero tu caso era diferente —dijo, casi con amabilidad, como si me estuviese hablando de una transacción comercial rutinaria, y no del hecho de que toda mi vida se había basado en una maldita mentira—.

Necesitabas un poco más de tiempo antes de unirte a nosotros.

Eras demasiado joven, y nunca hacemos tratos con niños.

Pero nuestro plan era muy sencillo, aunque tus padres no comprendieron del todo lo que esperábamos de ellos.

Cuando crecieras, cuando hubieses adquirido las habilidades que necesitábamos, nos pertenecerías.

Mientras tanto, ellos se encargarían de hacer todo lo que les pidiéramos.

Se me revolvió el estómago.

—¿Crees que las habilidades que posees son tan solo una «coincidencia»?

—Me señaló de arriba abajo—. ¿Que tus padres se las apañaron para criar a una pequeña prodigio de la informática, alguien capaz de programar y hackear mucho mejor que hombres que le doblaban la edad así, sin más?

No, Evie. Eso te lo inculcaron hace mucho tiempo.

Porque ese era el trato. Tus padres te criaron para que nos fueras útil cuando te hicieses mayor.

¿Y sabes qué? Lo consiguieron. Anderson te ha estado observando y nos ha informado de que eres incluso más hábil de lo que habíamos previsto.

—¿Me ha estado observando? —repetí, tan aturdida que era incapaz de pensar con claridad.

Seguía sin poder respirar. Y tampoco quería hacerlo.

—Bueno, al principio tan solo te vigilaba de vez en cuando, para averiguar el alcance de tus habilidades, pero, como te he dicho antes, se acabó obsesionando contigo.

Así que al final se convirtió en una especie de acosador.

—Una sonrisa espeluznante se dibujó en su rostro—.

Ups. Bueno, al menos nos ayudó a traerte aquí.

Me alegro de que al final nos acabara resultando útil, porque admito que tuve mis dudas.

—¿En serio crees que voy a ayudaros? ¿Que os debo algo?

—Por eso estás aquí. Porque ha llegado la hora de que cumplas la promesa que hicieron tus padres en tu nombre.

—Se levantó lentamente de la silla, estirándose el traje—.

¿Quieres saber por qué tus padres nunca te contaron la verdad?

Porque sabían que, algún día, vendríamos a cobrarnos lo que nos habían prometido. Y ahora aquí estamos.

Se quedó ahí de pie, cerniéndose sobre mí, pero no resultaba tan intimidante como esperaba.

—Piénsatelo. Tengo todo el tiempo del mundo para hacerte entrar en razón.

La cabeza me iba a mil por hora, tratando de recordar la lista de nombres e intentando averiguar quién era exactamente ese hombre, cuál de todos ellos le pertenecía.

Se volvió hacia la puerta, pero se detuvo antes de atravesar el umbral. Y entonces, echando un último vistazo a su espalda, dijo aquello que acabó por romperme el corazón.

—Espera —grité, obligándolo a volverse—. Ni siquiera sé quién eres.

—Mi nombre no es de tu incumbencia.

—¿Qué piensas hacer conmigo? ¿Dejarme aquí encerrada hasta que acceda a trabajar para vosotros?

—Exactamente. Volveré dentro de poco para que podamos preparar una lista de tareas. Bienvenida a la Orden, Evie. ¿O debería decir bienvenida de nuevo?

Cerró la puerta a su espalda con un ruido sordo, y yo me quedé mirando la madera fijamente.

No era una Emberson.

No era hija de mis padres.

Se me escapó un sollozo, y tuve la sensación de que el suelo bajo mis pies cedía de repente.

Rook ni siquiera era mi hermano.

Y, lo que era peor aún, no solo era adoptada... Me habían robado.

Y ahora la Orden me quería de vuelta.

En cuanto a las probabilidades de que mi vida se estuviera convirtiendo por fin en una historia digna de comedia romántica, podía decir oficialmente que más bien había dado un giro radical hacia una historia propia de una película de terror.