Cuarenta y dos #2
Respiré hondo, con brusquedad, y todo mi cuerpo se puso en tensión.
Jack sonrió.
—¿Crees que se vieron obligados a colaborar con la Orden? ¿Crees que fueron tan solo víctimas de todo esto? —Chasqueó la lengua—. No, Evie. Fueron ellos quienes acudieron a la Orden.
—No. —Aquella palabra surgió de entre mis labios antes de que pudiera morderme la lengua.
Jack siguió hablando, imperturbable.
—Necesitaban su ayuda. Querían algo que nadie más que ellos podía concederles.
Y los miembros de la Orden accedieron a ayudarlos a cambio de sus servicios.
Tus padres eran como yo. Necesitaban la protección de la Orden, y estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de conseguirla.
—Sonrió, dejando que aquellas palabras flotasen por el aire.
Jack se echó hacia atrás y se estiró en su asiento, totalmente despreocupado.
—Oh, claro, no te entregaron sin más. Eso habría sido muy cruel, ¿no te parece?
—Su sonrisa se ensanchó aún más—. No, a cambio, tus padres hicieron un trato con ellos.
Les prometieron su ayuda. Su servidumbre.
Tus padres pertenecían a la Orden, de todas las formas en las que se puede pertenecer a alguien.
Y, a cambio, la Orden se aseguró de que nadie pudiera haceros daño, ni a ti ni a ellos.
No podía respirar.
Jack me observó atentamente, con una sonrisa de oreja a oreja al ver que todo mi cuerpo se ponía en tensión y se me entrecortaba la respiración.
—Pensaba que eras más inteligente, Evie —murmuró, poniéndose de pie—. Creía que a estas alturas ya lo habrías adivinado. Pero supongo que así es mucho más divertido.
Se volvió hacia la puerta, deteniéndose lo suficiente para asestarme el golpe de gracia.
—Llevas mucho tiempo huyendo de las personas equivocadas, cielo —dijo, casi hasta con dulzura—. Porque los únicos monstruos a los que deberías temer... Los que han puesto tu vida en peligro desde el principio...
Echó un vistazo a su espalda, con los ojos oscurecidos, y su voz cobró un deje cruel y victorioso.
—Los has tenido delante de tus narices todo este tiempo.
Cerró la puerta a su espalda, encerrándome en la oscuridad.
La cabeza me iba a mil por hora, intentando encajar todas las piezas del rompecabezas, pero no conseguía hacerlo.
¿Se suponía que debía saber quiénes formaban parte de la Orden? Recordaba unos cuantos de los nombres que aparecían en la lista que me habían dado, pero no conseguía imaginarme ninguno de sus rostros.
Supongo que, en nuestro mundo, eso en realidad no significaba gran cosa. Teníamos muchos amigos, pero aún más enemigos, y a la mayoría ni siquiera los conocíamos.
Eché la cabeza hacia atrás y clavé la mirada en el techo. No tenía ningún plan. Normalmente, este era el momento en el que Aiden aparecía y me salvaba en todos y cada uno de mis ridículos planes.
Aiden.
Se me revolvió el estómago al preguntarme si Rook y él seguirían en casa, discutiendo, o si ya se habrían rendido, optando por culparme a mí de lo ocurrido y siguiendo adelante con sus vidas.
En realidad no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde que me había marchado. Tal vez ya lo habían solucionado todo.
Supongo que, a menos que averiguara cómo salir viva de esta, jamás lo descubriría.
Pasó otra hora, o, al menos, supuse que había pasado otra hora, antes de que la puerta volviera a abrirse. En el umbral apareció otro hombre trajeado que no quería que se acercara a mí. A diferencia de Jack, él no parecía especialmente emocionado de verme, pero sí que estaba sonriendo.
—Evie Emberson —dijo, echándome un vistazo de arriba abajo—. No eres como esperaba.
—¿Ah, no? ¿Y eso? —le pregunté en un siseo, tirando de nuevo de las bridas que me mantenían presa.
El hombre se sentó en la misma silla que Jack había arrastrado hasta mí, con la mirada clavada en mi rostro.
—Eres mucho más despiadada de lo que me habría gustado. Por lo menos eres inteligente, y ha llegado a mis oídos que además has acabado siendo toda una genio de la informática, como esperábamos que ocurriera. Ojalá toda esa inteligencia hubiese venido acompañada de un poco más de... clase.
—Vaya, siento decepcionarte por no ser más elegante y sofisticada, sobre todo ahora, que estoy aquí, atada a una silla.
El hombre se encogió de hombros.
—En realidad no me refiero solo a ahora. Nunca has tenido ni una sola gota de clase o sofisticación en tu cuerpo, al menos, por lo que Jack nos ha contado.
—¿Y qué sabe Jack?
—¿Es que no te lo ha dicho? ¿Se ha puesto a parlotear de lo loco que está por ti y se le ha olvidado?
Lo lamento mucho. Por cierto, cuando acudió a nosotros, pensamos que su obsesión por detenerte y protegerte lo impulsaría a hacer mejor su trabajo.
No nos dimos cuenta de que esa misma obsesión lo haría perder la cabeza y enamorarse de ti locamente.
No me molesté en ocultar lo asqueada que estaba. Jack Anderson me sacaba al menos treinta años, y esos mismos años de diferencia tampoco le habían pasado en vano.
—Lo sé, lo sé —dijo el hombre—. A mí también me parece repulsivo.
Viéndolo desde tu perspectiva, claro. Aunque comprendo el atractivo que le ve él.
—Me echó otro vistazo de arriba abajo, con un brillo en los ojos mucho más parecido al que había iluminado antes la mirada de Jack—.
No te preocupes, yo nunca me obsesiono de esa manera con nadie.
Prefiero que sean las mujeres las que se vuelvan locas por mí.
—¿Te importaría ir al grano de una vez? —le pregunté—. Me gustaría saber qué hago aquí y qué es lo que quieres de mí.
—Claro, claro. Por supuesto.
Se recostó en su asiento, cruzándose de piernas. Y esa pose tan casual y despreocupada me hizo ponerme en tensión.
—Estás aquí, Evie, porque últimamente has estado haciendo demasiadas preguntas —dijo, como si fuera evidente—. Has estado metiendo las narices donde no te llaman
Tan solo pude sacudir la cabeza con incredulidad.
—Ya me han dicho eso antes. ¿Debería sentirme halagada? Últimamente todos parecéis muy preocupados por mí. ¿Podríamos dejarnos de tonterías y pasar directamente a qué estoy haciendo aquí?
—Estás aquí porque has estado indagando en el pasado de tus padres y, por desgracia, eso es algo que a la Orden sí que le incumbe.
—Pero ¿por qué le importan tanto mis padres a la Orden?
—No tienes ni idea, ¿verdad? —reflexionó, negando con la cabeza, con una sonrisa lenta y socarrona—.
Te has pasado todo este tiempo investigando, metiendo las narices en temas que deberían haber permanecido enterrados, pero nunca se te ocurrió usar ese cerebrito de hacker tuyo para echarle un vistazo a tu propia vida. A tu pasado.
No me moví, tampoco dije nada. Estaba demasiado ocupada tratando de mantener la calma, de que nada de lo que sintiese se reflejase en mi expresión, pero sabía que en realidad no estaba consiguiendo engañar a nadie.
—¿En serio crees que no eres más que una chica cualquiera y que por eso nos importa lo que estás investigando?
¿Que tus padres no fueron más que dos personas que estuvieron en el lugar equivocado, en el momento equivocado?
No, Evie. —Bajó un poco más la voz, adoptando un deje mucho más cruel—.
Tú siempre has formado parte de todo esto. Desde el principio.
Tragué con fuerza, esforzándome por articular palabra.
—¿De qué estás hablando?
El hombre soltó un suspiro, lento y deliberado, como si estuviese tratando con una niña. Como si creyese que era demasiado ingenua para entender lo que me estaba queriendo decir.
—Tus padres acudieron a nosotros. Porque necesitaban algo que solo nosotros podíamos ofrecerles.
—Se echó hacia delante en su asiento, apoyando los codos en las rodillas, mirándome fijamente a los ojos, saboreando cada segundo—.
Querían una hija. Después de tener a tu hermano, no pudieron volver a concebir un hijo.
Así que nosotros nos aseguramos de entregarles aquello que tanto deseaban.
Se me revolvió el estómago.
—Mientes.
El hombre se rio y negó con la cabeza.
—¿Por qué iba a hacerlo? Tienes que saber esto para comprender por qué necesito tu ayuda. Tus padres no te concibieron. Te adoptaron. Te robaron.
Cada una de sus palabras fue como un golpe, como una daga clavándoseme entre las costillas, pero no dejé que viese lo mucho que me habían afectado.
—No soy adoptada. He visto mi certificado de nacimiento.
—¿El certificado falso que nosotros mismos nos encargamos de crear?
Admito que estaba muy bien hecho —respondió, orgulloso—.
No era legal. Ni por asomo. Eras huérfana.
Te abandonaron como si no fueras más que basura en la puerta de un orfanato; sin nombre, sin pasado.
Nadie te quería, pero tus padres no querían seguir esperando más años para tener otro hijo.
¿Crees que fue una coincidencia que nadie hiciese ninguna pregunta al respecto?
¿Que tus padres siempre pareciesen tan...
nerviosos? ¿Paranoicos? —Su sonrisa se ensanchó—.
No estaban paranoicos. Se sentían culpables.
Me mordí el carrillo, negándome a darle la reacción que andaba buscando. La cabeza me iba a mil por hora; una parte de mí estaba intentando olvidar lo que acababa de oír, pero la otra sabía que aquello era cierto.
Mis padres siempre solían quedarse helados cuando alguien les preguntaba por mí, sus sonrisas se tensaban, y acababan dando una respuesta vaga y ensayada.
Nunca hablaban de cómo habían sido los meses cuando mi madre había estado embarazada de mí, y eludían cualquier mención al respecto como si fuera algo que era mejor dejar enterrado.
Cuando salíamos de casa, estaban constantemente mirando hacia atrás; siempre cautelosos, siempre vigilantes.