Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cuarenta y dos
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Cuarenta y dos

Evie

Lo primero en lo que me fijé fue en el frío.

No era de ese frío que se va filtrando poco a poco en tu cuerpo, sino de ese que te cala hasta los huesos, que te impide moverte, pensar.

Sentía las extremidades adormecidas, la cabeza embotada, y el dolor que me atravesaba el cráneo y la neblina que lo plagaba me causaba incluso más sufrimiento.

Intenté moverme, pero tenía las muñecas atadas a la espalda, y las bridas se me clavaban en la piel.

Las habían apretado lo suficiente como para cortarme la circulación, y ya podía sentir ese hormigueo en las puntas de los dedos que dejaba claro que se me estaban entumeciendo. También me habían atado los tobillos, a las patas de la silla en un ángulo extraño.

Lo último que recordaba era haberme subido a la moto.

El ronroneo del motor bajo mis piernas, el viento azotándome la cara, el sabor amargo del arrepentimiento todavía impregnándome la lengua.

Estaba cabreada y había sido imprudente, solo porque necesitaba espacio, porque necesitaba cualquier cosa menos el sofocante peso de sentir que era un incordio para todo el mundo, un problema que tenían que arreglar.

Y ahora aquí estaba.

Casi me eché a reír. Aquí estaba, donde quiera que fuera ese «aquí», y, de alguna forma, me había convertido en un problema aún mayor.

Me obligué a respirar con calma. Me fijé en lo que me rodeaba. En el frío, la humedad, el leve aroma a moho y a algo metálico que lo impregnaba todo. ¿Estaba en un sótano, tal vez? ¿En un almacén? ¿En algún lugar bajo tierra?

No tenía ni idea, lo único que sabía era que el suelo bajo mis pies era duro.

Cemento. El ambiente estaba viciado y no corría ni una sola gota de aire, como si ese lugar no hubiese visto el exterior en años.

Parpadeé para tratar de acostumbrarme a la tenue luz que iluminaba la estancia, y mi visión se aclaró lo suficiente como para permitirme entrever el espacio en el que me encontraba.

No había nada que pudiese serme útil, ni un mueble contra el que frotar las bridas para tratar de romperlas, ni un cuchillo o una pistola por ahí tirados que pudiera usar.

En ese momento, me pareció un gravísimo error haberme saltado la clase de Hero sobre cómo librarse de unas bridas cuando alguien te maniataba con ellas, y estaba segura de que, cuando se enterase, se iba a cabrear muchísimo conmigo por no haber sabido qué hacer en esta situación.

El roce lento y deliberado de una silla al arrastrarse por el suelo de cemento me devolvió al presente. Una sombra se deslizó entre la oscuridad.

—Estás despierta. —Aquella voz me provocó una punzada de terror gélido que me recorrió entera. Porque la conocía de algo. No lo suficiente como para reconocerla, pero sí para saber que ya la había oído antes.

Y entonces su rostro surgió de entre las sombras.

El mismo que ya había visto en otra ocasión, cuando nos había atacado a Aiden y a mí.

Jack Anderson.

Se me revolvió el estómago.

Aquello no era ningún error. Había sido premeditado. Me había estado esperando.

Me revolví en mi asiento, tirando de las bridas, pero no estaban lo suficientemente holgadas, así que no cedieron.

Un ramalazo de dolor me surcó las costillas en cuanto hice el más mínimo movimiento, y ese mismo dolor se extendió después por todo mi costado cuando intenté sentarme más erguida.

Tuve que morderme la lengua para no soltar un gemido, y me aseguré de respirar de forma lenta y constante.

—¿Dónde estoy? —pregunté, y la voz me salió mucho más ronca de lo que pretendía.

Jack se rio, acercándose un poco más a mí, y entonces toda su figura quedó iluminada bajo la tenue luz. Iba vestido con un traje impecable, pero llevaba el cuello de la camisa desabotonado. Me sorprendió que tuviera un aspecto tan despreocupado, como si no hubiese planeado aquello.

—Hola, Evie —murmuró, agachándose frente a mí, hasta quedar a mi altura—. Tú siempre tan directa. Tan perspicaz. Siempre buscando respuestas.

Apreté los dientes con fuerza.

—A lo mejor deberías probar a darme una al menos. Creía que estabas intentando ayudarme.

—¿Ayudarte? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Por qué creías eso?

No respondí, sino que me quedé mirándolo fijamente, sin saber qué pensar del hombre que tenía enfrente.

—¿Por nuestro último encuentro? —me preguntó, antes de soltar una carcajada incrédula y esbozar una sonrisa divertida—.

Esa conversación... me sorprendió. Fue un contratiempo que casi echa por tierra todo mi plan.

Entré en pánico y te hablé de la Orden cuando jamás debí haberlo hecho.

Me aterrorizaba que descubrieras quién soy y lo que estaba haciendo, así que te solté lo primero que se me ocurrió.

Fue un error, sí, pero funcionó. Casi hasta se alegraron de que te hubiera dado una pista que pudiese llevarte hasta ellos, porque creen que eso te ayudará a asimilar el resto mucho más fácilmente.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, con un nudo en el pecho.

Anderson se acercó un poco más a mí, ladeando la cabeza con una extraña satisfacción. Me recorrió la mandíbula con los dedos, lentamente, deleitándose en aquella caricia, y su intensa mirada me revolvió el estómago.

Estaba disfrutando de aquello. Saboreando aquel momento.

—¿Te gustan los gatos, Evie? —soltó, en apenas un susurro, lo que me hizo entrar de nuevo en pánico.

—¿A qué viene esa pregunta?

Se llevó una mano al bolsillo y sacó una pequeña figurita de un gato blanco, idéntica a la del gato negro que había encontrado sobre mi mesilla.

—¿Por qué tienes eso? ¿Por qué tengo yo uno igual?

—Fue un regalo, Evie. ¿Es que no lo entiendes? ¿Es que Aiden nunca te regala cosas bonitas?

—Dime qué es lo que quieres. Explícame ahora mismo de qué estás hablando —insistí. La cabeza me daba vueltas, porque tenía demasiadas preguntas y muy pocas respuestas, y, mientras tanto, también estaba tratando de averiguar si iba a poder salir viva de aquello o no.

—¿Sabes? —reflexionó, haciendo caso omiso a lo que le acababa de decir—. Creía que ya lo habrías descubierto. Has estado hurgando tanto en el pasado, tirando de hilos que no te incumbían... y, sin embargo, nunca te diste cuenta.

Tragué con fuerza para tratar de contener la oleada de miedo que me subía por la garganta.

—¿Darme cuenta de qué?

Esbozó una sonrisa lenta y satisfecha. Porque me tenía exactamente donde había querido.

—De la verdad —respondió simplemente.

El silencio se extendió entre nosotros, denso y sofocante.

Jack se inclinó hacia mí y bajó la voz, adoptando un tono mucho más íntimo, más cargado de veneno.

—Te has pasado todo este tiempo pensando que estabas buscando respuestas, Evie.

Que te estabas acercando a la verdad. Pero tú nunca fuiste el cazador en este juego.

—Alzó una mano entre nosotros, moviendo los dedos en el aire, como si estuviese saboreando el momento antes de acabar conmigo—. Eras la presa.

Se me heló la sangre en las venas.

Jack ladeó la cabeza, observando atentamente cómo asimilaba sus palabras.

—Y adivina qué. —Su sonrisa se ensanchó—. Por fin te he atrapado.

Me revolví de nuevo, tratando de zafarme de las ataduras, con la rabia y el pánico entremezclándose en mi pecho. Tenía la sensación de que aquello no estaba ocurriendo solo porque me hubiese puesto a indagar en el pasado de mis padres.

—Pero ¿por qué?

—Todo empezó cuando comenzaste a investigar a Veritas y, por lo tanto, también a la Orden.

Al principio no nos suponías ningún problema, pero aun así tuve que seguirte la pista para asegurarme.

Luego las cosas fueron a peor, a mucho peor, porque estuviste a punto de desenterrar una serie de secretos que, de salir a la luz, podrían destruirme.

—¿Así que formas parte de la Orden?

—No, y justo por eso tenía que detenerte. Me ofrecí a ayudarlos a pararte los pies a cambio de que me dejasen volver a entrar.

—La Orden —solté, con la respiración cada vez más acelerada—. ¿Sabían que los estaba investigando?

—Pues claro, después de que yo mismo les pusiera al corriente —respondió Jack, casi hasta orgulloso—.

No creerás en serio que te hemos estado dejando jugar a los detectives sin seguir cada uno de tus pasos, ¿no?

Aunque, verás, lo curioso es que ninguno de ellos creía que pudieras suponerles una amenaza, pero querían atraparte igualmente, y yo no lograba comprender por qué.

Sabía que estabas husmeando entre nuestros secretos.

Al igual que sé que, si los hubieras descubierto y yo no te hubiese detenido, le habrías contado a todo el mundo lo que hubieras averiguado, pero eso a ellos les daba igual, solo te querían a ti.

—Así que no te ayudaron, ¿y tú qué? ¿Quieres amenazarme para que deje de indagar en el pasado? ¿Quieres entregarme a la Orden?

—Sí. Sin su protección, eres una amenaza para mí.

Apreté los dientes con fuerza para tratar de evitar que me castañeteasen.

—Entonces, ¿por qué me has traído aquí en lugar de matarme?

—Desde que la Orden decidió que eras un activo muy valioso, matarte quedó totalmente descartado.

Aunque en una ocasión estuve a punto de hacerlo, cuando te vi por primera vez, pero entonces me di cuenta de lo perfecta que eres.

Comprendí por qué la Orden te quería, y no vi ningún inconveniente en mantenerte con vida a cambio de su protección.

Así, los dos estaríamos a salvo, ellos se encargarían de acabar con tu predisposición a entrometerte siempre en los asuntos ajenos, y nos podríamos conocer a un nivel...

mucho más íntimo. Me pareció el plan perfecto.

—¿En serio crees que te voy a seguir el juego?

—Lo harás, porque, a cambio, te contaré todo lo que quieres saber.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti y sobre tus padres.

—Mientes.

—¿Ah, sí? —Se inclinó hacia mí, y su aliento me acarició la mejilla—. ¿O es que tienes miedo de lo que puedas descubrir?

Le sostuve la mirada, negándome a apartarla, pero en realidad tenía ganas de vomitar.

—Tus padres —dijo en un susurro— no eran tan inocentes como crees.