Ace & Ember (Los Mavericks 2) Cuarenta y uno
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Cuarenta y uno

Sombra

Por fin había cometido un error.

Durante todo este tiempo, Evie había tenido mucho cuidado.

Nunca se había quedado sola. Siempre había estado cerca de su preciado grupo.

La había tenido que dejar escapar en infinidad de ocasiones casi perfectas que se me habían presentado, porque siempre estaba mucho más alerta de lo que había pensado. Pero ¿esta noche? Esta noche sería mía.

Sin Rook. Sin Aiden. Sin esa manada de guardianes gigantes y violentos que siempre le cubrían las espaldas.

Estaba sola.

A lo mejor creía que estaba siendo valiente. O tal vez tan solo era arrogante. Quizá creía que podía seguir indagando en el pasado sin consecuencias, acercándose cada vez más a aquello que no le incumbía.

Chica estúpida.

El chivatazo me había llegado de forma inesperada. No había sido más que un susurro inesperado, un comentario sin importancia de alguien que no tenía ni idea de lo significativa que era la información que me acababa de entregar.

Evie necesitaba tomar aire. Necesitaba espacio. Iba a salir de casa sola, en su moto.

Y eso era justo lo que yo había estado esperando.

Conduje sin vacilación, con los edificios de la ciudad desvaneciéndose en un borrón de neones y asfalto a mis espaldas.

Cuanto más me acercaba a ella, más tranquilo me sentía. Más centrado.

Esto era lo correcto.

Apagué los faros en cuanto llegué al desvío y aparqué a unas cuantas calles de distancia. Sin luces que delataran mi presencia. Sin el ruido del motor al acercarme. No me vería llegar.

Su moto estaba aparcada en el callejón que había justo detrás de la cafetería Sweet Haven. Qué adorable.

Seguía sin entenderlo.

Jamás sería lo suficientemente inteligente.

Me bajé del coche, con el corazón tranquilo y el pulso firme.

Había estado esperando. Había sido paciente.

¿Y ahora?

Ahora por fin se había acabado la espera.

Me deslicé entre las sombras, con paso decidido y sin hacer ruido. Pisé justo donde debía hacerlo. Ralenticé mi respiración, controlando cada aliento.

Conocía a Evie.

No estaba huyendo porque estuviera asustada.

Estaba huyendo porque estaba enfadada.

Sus emociones la volvían imprudente. Ya lo había visto antes; la había visto marcharse furiosa, echando humo por las orejas, con los puños a los costados, la mandíbula apretada con fuerza y los ojos refulgiendo con un brillo desafiante.

Y ahora estaba ahí.

De pie junto a la entrada trasera de la cafetería, de brazos cruzados, dejando caer todo su peso sobre una sola pierna. Tenía la cabeza echada hacia atrás, con la mirada clavada en el cielo, como si estuviera valorando seriamente algo de suma importancia.

No pude evitar preguntarme qué sería.

Dentro de unos minutos, ¿pensaría en mí?

No sabía que en realidad no estaba sola.

Me acerqué a ella con sigilo, lo suficiente como para verla suspirar con fuerza, cambiar el peso de una pierna a la otra y frotarse una muñeca con la mano. Y entonces lo sintió.

Bien.

Quería que lo sintiera.

Ese cosquilleo en la nuca. Ese nudo en el estómago. Esa profunda y primitiva sensación de que algo no iba bien.

Su cuerpo se puso en tensión en cuanto reconoció la amenaza. Pero su cerebro todavía no se había percatado de mi presencia.

Avancé otro paso más.

Entonces Evie se volvió hacia mí y, durante una fracción de segundo, su mirada se posó en el callejón, en las sombras a través de las cuales era incapaz de ver nada.

Entreabrió los labios y un destello de algo que no supe identificar surcó su expresión. Dudas. Malestar. Una chispa de miedo.

Y, de repente, tan pronto como había aparecido, se desvaneció.

La arrogancia volvió a apoderarse de su rostro, alzó la barbilla y se cuadró de hombros.

Se creía fuerte. Pensaba que era invencible.

Pero no lo era.

Avancé.

Rápido. En silencio.

Para cuando se percató de lo que estaba ocurriendo ya era demasiado tarde.

Contuvo el aliento, y entonces ataqué.

Le coloqué una mano sobre los labios. La estampé contra la pared de ladrillo.

Ella se resistió. Claro que lo hizo. Siempre estaba luchando.

Intentó darme un rodillazo, pero la esquivé a tiempo. Me clavó las uñas en el brazo, hundiéndomelas en la piel. Y yo dejé que lo hiciera.

¿Quería pelear?

Yo también quería que lo hiciera.

Eso solo mejoraría las cosas.

Se retorció bajo mi agarre; pude sentir el calor de su cuerpo filtrándose en el mío, cada una de sus respiraciones agitadas, y todas sus inhalaciones, rápidas y entrecortadas, al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Esta vez las palabras no la salvarían.

Esta vez daba igual lo que luchara, no podría ganar.

Esta vez no se estaba enfrentando a un hombre que se rindiera fácilmente.

Me incliné hacia ella, inhalando con fuerza el aroma de su sudor, la adrenalina que le corría por las venas, la rabia palpable y cruda que surgía en oleadas de su interior.

—Debería haber ido a por ti mucho antes.

Todo su cuerpo se puso en tensión.

Lo había oído.

Había notado que mi agarre había cambiado, la forma lenta y deliberada en que lo había ajustado, inmovilizándola contra la pared, pegándole la mejilla a los ladrillos fríos, mientras seguía resistiéndose y removiendo las manos.

Pero esto no se trataba de ninguna pelea.

Era una caza.

Y Evie era mía.

Me acerqué un poco más a ella, bajando los labios hacia su oreja.

—Deberías haber tenido más cuidado, Evie.

Se quedó rígida bajo mi cuerpo.

Porque me había reconocido.

¿Y ahora?

Sabía que no iba a poder salir de esta sola.

Esta vez no.