Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y nueve
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Treinta y nueve

Evie

Le di un rodillazo a Aiden, pero él ni siquiera se inmutó.

—Bájame, capullo.

—Súbete a la moto. Habla conmigo y, si no te gusta lo que tengo que decir, te traeré de vuelta enseguida.

Me crucé de brazos mientras lo observaba atentamente.

Aiden siempre había tenido un carácter fuerte; siempre estaba de mal humor y muy concentrado en todo lo que hacía, lo que le daba aspecto de alguien perpetuamente enfadado; pero, en ese momento, su expresión se había suavizado ligeramente.

Había cierto deje suplicante en su voz, ese que solo dejaba que saliese a relucir conmigo.

—Iré —respondí al final—. Pero, si quiero volver y te niegas a traerme, no volveremos a hablar de esto nunca más.

—Trato hecho. Vámonos.

Me puse el casco y, antes de subirme a la moto, apoyé las manos sobre sus hombros para impulsarme. Sentí que sus músculos duros se tensaban bajo mi contacto, y le clavé los dedos en la piel lo justo para hacerle daño antes de soltarlo.

El zumbido constante del motor debería haber bastado para ahogar mis pensamientos, pero lo único que podía escuchar era el latido de mi propio corazón.

Me estaba sujetando a su cintura con firmeza, pero con cuidado, no me pegué a él tanto como me habría gustado, ni tampoco me dejé caer contra su espalda como normalmente hacía.

Seguía enfadada con él. Y no pensaba dejar que un simple paseo en moto cambiara nada.

Aiden debió de percatarse de ello, porque, apenas un kilómetro y medio más adelante, apartó una mano lentamente del manillar, y sus dedos me rozaron la pierna antes de posarse con suavidad sobre mi muslo, dándome un suave aunque deliberado apretón.

Una oleada cálida me recorrió de arriba abajo, como una especie de señal de advertencia que no fui capaz de ignorar.

—Tienes que agarrarte bien a mí —me dijo, y su voz sonó ronca a través del intercomunicador del casco.

No me molesté en responder.

—Evie.

Me volvió a apretar el muslo con suavidad, trazando círculos perezosos sobre la tela de los vaqueros con el pulgar, prendiendo fuego a todas mis terminaciones nerviosas.

—He montado mil veces en moto. Sé cómo no caerme sin tener que agarrarme a ti.

—Me sentí valiente al decir aquello, pero me temblaban las manos de las ganas que tenía de tocarlo.

¿Y si esa era la última vez que podía hacerlo?

¿Podría seguir yendo a todas partes con él si teníamos que poner fin a lo que apenas habíamos empezado?

—Puedo sentir cuando estás enfadada conmigo. Joder, es como si me faltara el aire. Da igual si estás al otro lado de la habitación o en la otra punta de la ciudad, lo noto. Es asfixiante, y lo único que quiero es hacerte feliz para poder volver a respirar.

Apreté los dientes con fuerza, mordiéndome la lengua para no soltar lo que en realidad quería decir.

Quería gritarle, pedirle que admitiese que esta vez era culpa suya que estuviera cabreada con él.

Pero, en cambio, dejé que mis manos se deslizasen lentamente por su cuerpo, bajando de sus hombros hacia su pecho, clavándole las uñas con delicadeza en la piel, lo suficiente como para hacer que se estremeciera, antes de volver a apartarlas.

Se le entrecortó la respiración. Y se aferró con más fuerza al manillar.

—Evie —me advirtió—. Por favor.

Una sonrisa irónica se dibujó en mi rostro mientras me pegaba un poco más a él, rozándole la nuca con los labios.

—¿Qué?

La moto se tambaleó ligeramente, pero Aiden se apresuró a estabilizarla de nuevo y siguió recorriendo la carretera con calma. Volví a alejarme de él, apartando las manos de su cuerpo.

—Vuelve a tocarme —me pidió.

—No. ¿Para qué? Tú quieres mantener lo nuestro en secreto para siempre y yo no. Ninguno de los dos va a poder tener lo que desea, así que se acabó.

Aiden soltó una maldición entre dientes y tomó un camino que llevaba hacia un mirador apartado. Las ruedas se hundieron en la grava, levantando pequeñas piedras a su paso, y apagó el motor.

En cuanto se quitó el casco, lo vi; ese fuego en sus ojos, la guerra que estaba librando en su interior. Su autocontrol pendía de un hilo, y eso me encantó.

Todo su cuerpo estaba en tensión, como un depredador listo para atacar a su presa, y aquello me aceleró el corazón. Me encantaba.

—Eso es exactamente a lo que me refiero —contestó, con voz seria y un deje peligroso.

Me bajé de la moto de un salto y me quité el casco de un tirón, dejando que mi cabello cayera en cascada a mi espalda.

—¿A qué? ¿Es que te jode que te diga la verdad?

—No —gruñó, acercándose un paso a mí, reduciendo así el espacio que nos separaba en un abrir y cerrar de ojos—.

Lo que me jode es que te hayas rendido antes incluso de que lo hayamos intentado.

No pienso mandar a la mierda todo lo que he construido solo para que tú salgas corriendo a la mínima de cambio cuando algo no sea perfecto.

Sentí que se me encogía el corazón y que el calor se extendía por todo mi cuerpo.

Pude notar la intensidad que irradiaba, la atracción que palpitaba entre nosotros, tan afilada que podría haber cortado el aire.

Quería desafiarlo, ver hasta dónde estaría dispuesto a llegar antes de perder el control.

—¿Perfecto? ¿En serio crees que lo que tenemos es perfecto? Sí, desde luego, es una historia de amor digna de película, Ace. Un día, chantajeé al hombre de mis sueños y luego se vio obligado a enamorarse de mí.

Frunció el ceño y se volvió a echarle un vistazo a la calle desierta, antes de girarse de nuevo hacia mí.

—¿Se supone que yo soy el hombre de tus sueños?

—Ah, que te jodan, Aiden. ¿De quién sino iba a estar hablando?

Una sonrisa traviesa se dibujó entonces en su rostro, pero supe que lo que estuviese a punto de salir de entre sus labios iba a hacerme enfadar más de lo que ya estaba.

—Bueno, es que no estaba seguro de si...

—Como se te ocurra mencionar a Asher, te juro que te dejo aquí tirado y vuelvo sola a su casa en tu moto.

—Me eché un par de mechones rebeldes a la espalda antes de acercarme a la moto en un par de zancadas—.

Pero ¿sabes qué? Ahora que lo pienso, Asher no tendría ningún problema en llamar a Rook para decirle que estamos juntos, a diferencia de ti, que quieres mantener lo nuestro en secreto hasta que tengamos ochenta años y no podamos siquiera mover un dedo.

—Bueno, no esperaría hasta que tuviéramos ochenta años para contárselo. ¿Quizá hasta los sesenta? A esa edad aún podría darme un puñetazo si quisiera, pero no me haría tanto daño —respondió Aiden, con una sonrisa engreída.

—Olvídalo —dije, sacudiendo la cabeza mientras me daba la vuelta para marcharme—. Me da igual si tengo que volver andando. No pienso quedarme aquí oyendo cómo te burlas de mí toda la noche.

Antes de que pudiese dar otro paso más, Aiden me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia atrás con ganas.

Contuve el aliento al chocar contra su pecho, apoyándole las manos en los hombros.

Me sujetó con fuerza de la muñeca, mientras que con la otra mano me agarró el otro brazo y me estampó contra la moto.

—Ya se lo dije una vez —dijo, en un susurro urgente. Dejó caer la cabeza con un suspiro, antes de seguir con su confesión—. Hace unos años le dije a Rook que me gustabas.

Una punzada de culpa me atravesó el pecho.

Al admitirle aquello a mi hermano hacía años, había puesto en peligro toda su vida, había arriesgado todo lo que había conseguido hasta el momento, y ahora yo llevaba meses obligándolo a admitirlo de nuevo.

¿Cuántas veces le había provocado hasta llevarlo al límite sin darme cuenta?

Me alejé ligeramente de él, sorprendida.

—¿Qué?

—Fue antes de que pusiese ninguna norma o de que saliese con esa tontería de que teníamos que dejarte en paz. Le dije que pensaba que eras increíble, un puto sueño hecho realidad, y le confesé que siempre me habías gustado.

—Dios, ¿y qué dijo él?

—Me dio un puñetazo en la cara. Con ganas.

—Aiden esbozó una sonrisa divertida mientras sus manos bajaban lentamente hacia mis piernas y trazaban círculos perezosos sobre mis muslos—.

Y después se aseguró de dejarme bien claro que jamás podría tenerte a ti y al mismo tiempo conservar la vida que estaba construyendo.

Que jamás pondría en juego tu bienestar solo por un estúpido flechazo.

Al principio pensé que se me acabaría pasando.

Que acabaría entrando en razón y mi vida volvería a la normalidad.

—Y luego acabaste cumpliendo sus reglas tan a rajatabla que me hiciste creer que me odiabas.

—Pues claro que te odiaba, porque te deseaba y sabía que jamás podría tenerte —respondió, antes de tirar de mí con fuerza para pegarme a su pecho—.

Odiarte fue la única manera que se me ocurrió para mantenerme cuerdo y no querer besarte a cada segundo de cada día.

Porque mi vida jamás volvió a la normalidad después de aquello, Evie.

Tú te convertiste en mi vida. Solo podía pensar en ti, día y noche, o en lo que necesitabas, en lo que querías y, sobre todo, en cómo podía solucionar cualquier problema que tuvieses.

Nunca dejé de quererte, el flechazo se acabó transformando en algo mucho más profundo y, un día, me desperté y me di cuenta de que jamás podría vivir sin ti.

—Y ahora eso es justo lo que quieres. Porque no quieres contarle a nadie que estamos juntos.

—No, no quiero hablarle a nadie de lo nuestro si eso significa que podría perderte.

—No me mientas. También te da miedo que vaya a poder cambiar de opinión de la noche a la mañana. Tú mismo lo has dicho antes, por eso me fui.

Aiden me acarició con suavidad la mejilla antes de retroceder un paso.

—Solo lo dije porque estaba enfadado. Creía que querías arruinarlo todo solo para protegerte a ti misma y, en mi defensa, eso es justo lo que has acabado haciendo. Aunque jamás debería haber dicho eso. La cagué y lo sé, pero ahora estoy aquí porque quiero arreglarlo.

—¿Por qué? Ni siquiera quieres esto —dije, señalándonos con un gesto de la mano.