Treinta y ocho
Aiden
Para cuando salí, Evie ya se había marchado, y mi coche había desaparecido con ella.
El resto del grupo me siguió fuera, apiñándose detrás de mí sin mediar palabra.
Al final, fue Hero quien rompió el silencio.
—¿Qué has hecho esta vez para cabrearla tanto?
Lo fulminé con la mirada, con la esperanza de que comprendiese que no estaba de humor para hablar del tema.
Hero permaneció callado a mi lado, aguardando mientras los demás regresaban al taller, todos ellos achacaban aquella reacción al comportamiento habitual de Evie.
El mundo se quedó en completo silencio, pero sabía que este no duraría demasiado.
—Bueno, ¿qué le has hecho esta vez? —preguntó Hero.
—Cabrearla, ¿qué otra cosa iba a haber hecho?
—No me refiero solo a eso, sino también a la parte en la que te has quedado viéndola marchar como un perrito abandonado y patético, porque eso es nuevo. Normalmente, la dejarías ir sin más o saldrías corriendo tras ella como si quisieras asesinarla.
—Esta vez he decidido darle un poco de ventaja —respondí, aunque en ese momento me di cuenta de que, en realidad, esta vez no tenía ni idea de por dónde empezar a buscarla.
Lo más probable era que no hubiese vuelto a casa, y seguramente se habría marchado a alguna parte donde pudiese rumiar su enfado sin que nadie la molestase.
—Lo dudo, suenas un tanto asustado. Y un poco más desesperado que de costumbre.
—Vale, que te jodan, Hero, deja de psicoanalizarme. Esto no es más que otra de las tonterías de Evie, y yo... —Dejé la frase a medias, incapaz incluso de inventarme una mentira.
Aquello no era otra más de las tonterías de Evie. Todo era culpa mía.
Lo único que ella me había pedido era que les contásemos a los demás que estábamos juntos.
Pero ¿estábamos juntos? No habíamos hablado del tema y, desde luego, nuestra situación no era precisamente la de una pareja normal y corriente.
—No te pongas a gritarme a mí, ve y grítale a ella —dijo Hero—.
Evie puede ser un puñetero grano en el culo, pero, si alguien puede apaciguarla, ese eres tú.
Y ni se te ocurra ponerte a soltarme las mierdas que le sueltas a Rook, está claro que estáis follando o algo por el estilo, y, por cómo se ha puesto, la has debido de cagar a base de bien.
Me volví hacia él como un resorte, boquiabierto.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no soy idiota y me fijo en los detalles.
No me insultes fingiendo que no es así porque habría que ser tonto para no darse cuenta de cómo llevas suspirando por ella desde que os conozco.
Y no me insultes aún más fingiendo que no habéis empezado a tener algo más que solo una amistad en estos últimos meses.
Me salió una pequeña sonrisa ladeada.
—Técnicamente hace unos meses no teníamos nada. Lo que pasa es que Evie me chantajeó y yo acabé cediendo ante la presión.
—¿Que qué?
—Ya, es patético. Literalmente me da la más mínima oportunidad de tenerla y voy yo y me abalanzo sobre ella.
—Dios, adoro a esa mujer —dijo, y yo me puse automáticamente en tensión—. Anda, relájate, Casanova, puedo adorar a una mujer sin querer meterle la polla hasta el fondo. Aunque, mis respetos por haberlo hecho. Pero ahora entiendo incluso menos qué coño estás haciendo aún aquí como un pasmarote.
—Te lo he dicho, no tengo ni idea de a dónde ha podido ir.
—Pero se ha llevado tu coche, imbécil. Puedes rastrearlo. —Hero negó con la cabeza mientras yo sacaba mi teléfono del bolsillo—. Si al final va a ser cierto eso de que el amor vuelve estúpida a la gente. No entiendo por qué cojones iba alguien a enamora...
La aplicación tardó un momento en abrirse y, en cuanto vi dónde estaba mi coche, solté una palabrota.
—Ese maldito gilipollas... —murmuré, y Hero le echó un vistazo a la pantalla por encima de mi hombro.
—Mierda —soltó—. ¿Qué vas a hacer ahora? Porque no puedes matar a ese tío.
—¿Y por qué cojones no?
—Porque hundirías nuestro negocio, está claro —dijo Hero, casi como si se tratase de una pregunta.
—¿Sabes qué? Llevo semanas preocupándome por si hacía algo que pudiese arruinarlo todo. Pero ahora me importa una mierda.
Hero soltó una sonora carcajada, porque nunca se tomaba nada en serio.
—Bueno, no te preocupes, seguro que luego encontramos la manera de reconstruir el negocio. Será mejor que te des prisa. Lo más probable es que a estas alturas ya esté subiendo a su ático con él.
Me di media vuelta, regresé al interior del taller y saqué mi moto, sin molestarme en responder a ninguna de las preguntas que me hicieron antes de alejarme de allí a toda velocidad.
Y me marché directamente hacia casa de Asher, a recuperar a Evie.
Aunque Valeport estaba a unos veinte minutos en moto, llegué en diez. Aparqué frente al edificio de Asher sin saber cómo había llegado hasta allí, porque había conducido prácticamente en piloto automático.
Asher ya sabía que estaba allí.
No me cabía la menor duda de que me había visto llegar y encaminarme a zancadas hacia su ascensor privado, con una sonrisa estúpida en la cara.
Las puertas se abrieron y me adentré en el ático. Todo el lugar irradiaba riqueza, desde las paredes de terciopelo hasta los suelos de mármol. A Asher le gustaba el dinero, y le gustaba aún más presumir de él; nada le impedía alardear de lo que poseía.
Me vi de refilón en el espejo del pasillo, y lo único en lo que pude pensar fue en el mal aspecto que tenía, sobre todo en comparación con aquel lugar.
Llevaba el pelo hecho un auténtico desastre, y tenía los brazos cubiertos de sangre y tatuajes. Mi camiseta estaba sucia de haberme pasado todo el día trabajando, y mi expresión parecía indicar que había ido allí para cometer un asesinato.
Y una parte de mí sí que se moría por asesinar a alguien.
—¡Evie! —la llamé a gritos, y mi voz resonó por el pasillo que llevaba hacia el salón.
Ella no respondió, pero sabía exactamente dónde se estaba escondiendo.
Clavé los dedos en el respaldo del sofá y me incliné hacia delante. Me encontré a Evie ahí tumbada, fulminándome con la mirada.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me preguntó.
—Yo podría hacerte la misma pregunta.
—He venido para alejarme de ti y de los demás, para que no pudiesen preguntarme qué me pasaba, porque no podía decirles la verdad. Te toca.
—Bueno, yo he venido a buscarte porque has salido corriendo, y, siempre que lo haces, me haces perder la puta cabeza.
Su mirada se suavizó por un momento, antes de volver a endurecerse de nuevo. Me incliné para apartarle el pelo del rostro y extenderlo sobre la almohada.
—¿Por qué has salido corriendo? —le pregunté en un murmullo.
Evie se incorporó, y la rabia volvió a arder con fuerza en su mirada.
—Solo he hecho lo que se supone que debía hacer, ¿no? La Evie psicópata solo sabe arruinarlo todo y...
—No finjas que es la primera vez que te llamo así. Siempre has sido, y siempre serás, mi psicópata favorita.
—Que me llames «Psycho» no quita que siga siendo un insulto.
Y, vale, sí, puede que cuando solo era la hermanita pequeña de tu mejor amigo pudieras llamarme psicópata para meterte conmigo, pero ya no soy solo eso.
—Negó con la cabeza, y frunció el ceño de nuevo—.
Pero esa ni siquiera es la cuestión. No es por eso por lo que me he enfadado.
Me dejé caer de rodillas, apoyando los brazos sobre el respaldo del sofá. Pero, antes de que pudiera decir nada, Asher se adentró en el salón.
—Lo siento, ¿os estoy interrumpiendo en mi propia casa? —preguntó con tono calmado y grave, como un ricachón al que no le importara nada ni nadie.
Aquello me hizo echar un vistazo alrededor, fijándome bien en dónde me encontraba, y en Asher. Él sí que encajaba en aquel lugar, había creado su mundo a su medida, y no al revés, lo que solo evidenciaba aún más que yo no pertenecía a aquel mundo.
Pero puede que Evie sí.
—No —respondió Evie—. No estás interrumpiendo nada. ¿Listo para poner la película?
Sabía que a veces la gente decía que, cuando tenías un accidente, veías toda tu vida pasar ante tus ojos, y yo mismo lo había experimentado en mis propias carnes. Lo que no sabía era que también podía ocurrirte un viernes cualquiera, en medio del salón de Asher.
La simple idea de que pudiese dejar a Evie allí y de que ella pudiese, tal vez, seguir con su vida así, con Asher a su lado... Que pudiese vivir aquí y enamorarse de él...
Se me revolvió el estómago y se me pusieron los nervios de punta.
De ninguna puta manera iba a permitir que Asher se quedase con Evie cuando por fin tenía la oportunidad de que fuera mía.
—Ni de coña pienso dejar que te acurruques con él en el sofá a ver una puta película. —Estuve a punto de saltar por encima del respaldo del sofá para alcanzarla, pero mantuve la compostura lo suficiente como para rodearlo—. Nos vamos, Evie. Tenemos que hablar.
Me incliné hacia ella, acercándome lo suficiente como para oler el ligero aroma a vainilla que la seguía allá donde fuese.
—Esta noche no te vas a quedar con él. Te sacaré a rastras de aquí si hace falta, aunque te pongas a patalear y a gritar.
—Como si él fuese a dejarte hacerlo.
—Si hay algo que Asher no puede hacer es decirme cómo lidiar contigo.
—¿Lidiar conmigo? ¿Es que ahora soy un perro?
—Tengo la sensación de que me he metido sin querer en medio de una pelea de pareja —comentó Asher, sin siquiera molestarse en apartar la mirada de su teléfono.
—Porque lo has hecho —dije, pero Evie contestó al mismo tiempo.
—No lo has hecho.
—Sí que lo ha hecho, joder. Para ser más exactos, fue Evie quien ha traído la pelea de pareja a tu puerta, pero ahora pienso llevármela de vuelta a casa. A nuestra casa, porque vivimos juntos.
Evie puso los ojos en blanco.
—Lo dices como si no llevásemos viviendo juntos desde hace años, sin que pasara nada entre nosotros.
—Bueno, pero ahora sí que han pasado cosas entre nosotros, y tenemos que hablar, así que ¿vas a venir conmigo por las buenas o voy a tener que sacarte de aquí a rastras?
—Inténtalo y verás —dijo—. Asher no te lo permitirá.
Ni siquiera me molesté en girarme a mirarlo, porque estaba demasiado ocupado observando a Evie.
—Asher, como se te ocurra interponerte en mi camino, te juro que te mato. Y me importará una puta mierda quién seas.
Pude ver su reflejo en uno de los espejos del fondo del salón y observé que levantaba las manos.
—Por mí no te cortes. Me interesa más ver cuánto más puedes cabrear a Evie antes de que ella te mate.
Evie sonrió, pero yo aproveché aquella oportunidad para agacharme, apoyándole el hombro en el vientre y echármela encima. Iba a llevármela de vuelta a casa, le gustase o no.