Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y siete #3
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Treinta y siete #3

Me clavó los dedos en la cintura, obligándome a cabalgarlo más fuerte y más rápido, hasta que ya no pude soportarlo más. Todo mi cuerpo se puso en tensión y, con la siguiente embestida de mis caderas, llegué al clímax.

Gemí de nuevo contra su mano, y todo mi cuerpo se relajó al instante sobre su pierna, pero Aiden me abrazó contra su pecho.

—Mírate, tan satisfecha y empapada... Seguro que estás lista para otra ronda.

—Por favor —le supliqué.

—¿Ahora me suplicas? Te lo dije, eres un ángel. Pero no, prefiero que te pases el resto de la noche incómoda y esperando a que llegue el momento en que me hunda en tu interior.

—¿Vas a hacerlo?

Aiden se llevó una mano a los labios y deslizó un par de dedos dentro de su boca.

—¿Vas a portarte bien esta noche?

Sonreí, excitada de nuevo.

—Probablemente no.

—Estupendo, porque eso es lo que más me gusta de ti.

Me ayudó a bajar y a apoyar los pies en el suelo, y me dio la mano mientras me observaba atentamente.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Me apartó el pelo de la cara en una caricia, recorriendo mi rostro con la mirada.

—Nada, no pasa nada —dijo.

Una chispa de ira despertó en mi interior cuando me di cuenta de algo.

Quería a Aiden.

Y sabía que jamás dejaría de hacerlo. Así que o me aseguraba de que fuera mío para siempre o tendría que pasarme el resto de mi vida alejada de él, amando desde la distancia a alguien a quien jamás podría tener, condenada a mantener mis sentimientos ocultos para siempre.

—Nada, aparte de que tenemos que seguir manteniendo esto en secreto porque no quieres que los demás se enteren. ¿Siempre tendrá que ser así? ¿Crees que yo quiero que nos sigamos escondiendo durante semanas, meses, o incluso años, joder?

Puede que fuese una rosa. Una flor delicada y suave que a la gente le encantaba admirar, pero las rosas también tenían espinas. Esas púas afiladas y furiosas que te rasgarían la piel como se te ocurriese acercarte demasiado a ellas, y, en ese momento, Aiden estaba demasiado cerca de mis espinas.

La ira me aportaba seguridad, era como un escudo protector cuando mi corazón me gritaba que me agarrase a él, pero no podía..., no mientras quisiera que fuésemos un secreto.

Me recorrió el rostro con la mirada, pero en sus ojos había ahora mucho más pánico que deseo.

—¿De qué estás hablando? ¿Me he perdido algo? Creía que los dos estábamos de acuerdo en no decirle nada a nadie todavía.

—Sí, ¿y cuándo terminará ese «todavía»? ¿Y si yo no quiero seguir ocultándolo? ¿Te has parado a pensar en lo que yo podría querer, o solo te has preocupado por lo que tú quieres?

—Evie, sabes que eso no es justo. Tú no eres la que se lo está jugando todo.

—¿No? Porque a mí sí que me lo parece —le solté, aunque no estaba lista para acabar esa frase.

Porque Aiden lo era todo para mí, y estaba empezando a pensar que yo también lo estaba arriesgando todo por estar con él.

La simple idea me parecía patética.

Llevaba enamorada de Aiden desde que tenía uso de razón, y lo único que deseaba era que algún día se despertase y se diese cuenta de que él también estaba enamorado de mí. Que la nuestra fuera una historia de amor digna de una película romántica.

No una que tuviésemos que ocultarle a todo el mundo.

Aiden alargó las manos hacia mí para volver a abrazarme, pero yo me alejé de él a toda prisa.

—No. No pienso seguir así. No quiero seguir escondiendo lo nuestro.

—Así que, en vez de hablarlo conmigo, ¿prefieres alejarme de ti y enfadarte?

—¿Acaso importa? ¿Es que vas a salir ahí fuera y contarles a los demás lo que acabamos de hacer? No, pues claro que no, así que ¿qué sentido tiene?

—No, no voy a hacerlo, pero eso no significa que no vaya a contárselo nunca.

Y el que me alejes de ti a la mínima de cambio es precisamente el motivo.

¿Cómo se supone que voy a poder confiar en que esto es lo que realmente quieres cuando, siempre que las cosas no salen como pensabas, me alejas y te enfadas conmigo?

—Ah, ¿así que ahora es culpa mía?

Aiden se pasó una mano por la cara y suspiró con fuerza.

—No, en absoluto, pero ni siquiera nos estás dando una oportunidad; al contrario, te has convertido en la Evie psicópata de siempre, esa que solo quiere acabar con todo lo que podría ser mínimamente bueno.

Sus palabras me cayeron como un jarro de agua helada, y dejé que se me clavasen en el corazón.

—Entonces supongo que es una suerte que ya me haya encargado yo de acabar con esto antes de que arruinases tu vida por una relación que no tenía futuro.

—Me di media vuelta, lista para salir corriendo de allí, pero me detuve—.

Y no necesito ningún guardaespaldas, ni ningún amigo, ni nada por el estilo, así que no te sientas obligado a seguirme.

Te aseguro que, esta vez, no soy tu responsabilidad.

Me marché de allí y me encaminé directamente hacia la puerta trasera del taller, hacia uno de los coches.

No le di la oportunidad a nadie de decir nada, porque, de todos modos, tampoco podía explicarles qué estaba ocurriendo, y me marché, dirigiéndome al único lugar donde sabía que Aiden no me encontraría.