Treinta y siete #2
—Muy bien, juguemos —dije, antes de encaminarme hacia Aiden. Mantuve la compostura mientras observaba atentamente al hombre que estaba maniatado en la silla—. ¿Qué es la Orden? —pregunté.
Rook enarcó las cejas y se levantó, haciéndose a un lado.
El tipo permaneció callado, así que me incliné hacia Aiden.
—¿Quieres empezar poco a poco o prefieres ir directamente al grano? —le pregunté.
—Lo que tú me pidas, pequeña Psycho.
El hombre ladeó la cabeza al oírle llamarme así.
—Empieza por las manos —dije, tendiéndole un pequeño soplete que había dentro de la caja de herramientas que tenía al lado.
—¡Oh! —gritó Hero. Me volví y me lo encontré sentado en el sofá, con Harper en el extremo opuesto—. Muy buena elección —añadió.
Aiden hizo lo que le pedí, prendió el soplete y lo acercó al dorso de la mano del hombre. El tipo gritó de dolor y yo volví a hacerle la misma pregunta de antes.
Permaneció callado, así que continué entregándole a Aiden cualquier objeto que pudiese sernos útil y que lograse encontrar, desde un cuchillo hasta un taladro, hasta que el hombre pareció cambiar de opinión y por fin nos contó algo.
Para cuando acabamos con él, ya habíamos descubierto que la Orden era un grupo de hombres ricos a los que les encantaba ayudarse los unos a los otros, que Anderson era uno de sus miembros, y que en realidad no era más que un simple mensajero, porque ninguno de los demás le confiaba más que algún que otro encargo esporádico.
Incluso nos dio el nombre del hombre que parecía estar dirigiendo todo el cotarro.
Frank Patterson.
Así que solo me quedaba suponer que era el mismo «Patterson, F.» con el que me había topado hacía unos días.
En cuanto Hero y Mason sacaron el cadáver a rastras del taller, estaba más que satisfecha con lo que habíamos averiguado, pero mi mente se encontraba muy lejos de allí, plagada de preocupaciones, trabajo y preguntas sin respuesta.
Sin embargo, toda mi atención estaba puesta sobre el hombre que tenía delante.
El sudor le impregnaba el pecho tatuado, los vaqueros le colgaban de las caderas, lo suficientemente bajos como para dejar al descubierto los músculos marcados de su vientre.
En ese momento, se irguió todo lo alto que era, moviendo los hombros para librarse de la tensión, y se volvió hacia mí, con una expresión oscura en su rostro.
Con solo una mirada, una oleada de deseo me recorrió entera. Sentí como si todo mi cuerpo estuviese ardiendo, como si cada una de mis células le estuviese suplicando que apagase el incendio que había desatado en mi interior.
Pero Aiden ya lo sabía. Lo supo en el momento en que su mirada se posó sobre mí.
Porque él me conocía mejor que nadie en el mundo y, aunque este deseo imparable fuese algo nuevo entre nosotros, sabía perfectamente qué era lo que necesitaba.
—Ven conmigo —me pidió, señalando con un gesto de la cabeza hacia la entrada de Maverick Moto, que ya habíamos cerrado.
—¿Qué quieres?
—Necesito que me eches una mano con una cosa. Ven conmigo.
Aquello encajaba a la perfección con el inicio de una de nuestras discusiones habituales, con ese deje enfadado que hizo que a nadie le extrañase que yo lo siguiese poco después al interior prácticamente a regañadientes.
La puerta se cerró de un portazo a nuestra espalda, pero él guardó silencio.
Antes de que pudiera decir nada, Aiden me estampó contra la pared y me levantó hasta que mis pies dejaron de tocar el suelo.
—Te gusta darme órdenes —dijo, con voz grave y ronca.
—Sí. Y resulta incluso más divertido cuando te pones violento.
Me mordió el labio inferior al mismo tiempo que me pasaba un brazo por la espalda, obligándome a arquearme contra su pecho.
—A mi pequeña psicópata le gusta ir por ahí dándole órdenes a la gente —comentó en un susurro—. Es un angelito al que le encanta ver que los demás derraman sangre por ella.
—¿Soy un ángel o una psicópata, Aiden? Aclárate.
—Eres un ángel precioso y dulce que me va a clavar las uñas en la espalda y me va a arrastrar al infierno como una auténtica psicópata.
Me bajó una mano por el costado, antes de meter una pierna entre las mías.
Yo me froté contra su muslo, porque como no encontrase algo de fricción para saciar mi deseo iba a ponerme a gritar.
—Por favor, Aiden.
—Por favor ¿qué? Lo estás haciendo genial, ángel. Córrete sobre mi pierna. Demuéstrame lo mucho que deseas mi polla y te prometo que luego será toda tuya.
—No creo que ahora estés en posición de poner tú las condiciones —repliqué, apretando los dientes con fuerza.
—Yo creo que sí, teniendo en cuenta que te estás frotando contra mi pierna para correrte.
Me ardían las mejillas de la vergüenza. Alcé las manos hacia su pecho e intenté apartarlo de un empujón.
Pero Aiden me sostuvo con fuerza, sin mover la pierna de entre las mías.
Se inclinó un poco más hacia mí, bajando los labios hacia mi oreja.
Pude sentir el calor que desprendía su cuerpo; el recuerdo de haber contemplado esos mismos músculos que ahora me sujetaban parecía sacado de una película romántica...
, o quizá, más bien, de una película porno, teniendo en cuenta los pensamientos lascivos que tenía sobre él.
Y, en ese momento, esos pensamientos se apoderaron de mí.
Volví a moverme contra su pierna, sin perder el ritmo. Gemí de placer, y el sonido vibró entre las paredes del local. Aiden bajó los labios hacia los míos a toda prisa, intentando ahogar mis gemidos.
—Tienes que estar callada —susurró.
Negué con la cabeza mientras mi placer se intensificaba. Estaba a punto de correrme y tenía la mente nublada por el orgasmo.
Intenté preguntarle por qué, porque ya no necesitaba ni tampoco quería seguir ocultando lo que había entre nosotros, pero no me salieron las palabras.
No pude hacer otra cosa más que negar con la cabeza.
No quería seguir ocultando lo que teníamos.
Lo quería solo para mí, y quería que todo el mundo lo supiera.
—¿Qué pasa? ¿Es que pretendes ponerte a gritar para que nos descubran?
Asentí y grité con fuerza contra sus labios. Él ahogó mis gritos con un beso, y eso solo hizo que yo quisiera gritar más aún.