Treinta y siete
Evie
«Tus padres no tuvieron elección. Por eso se unieron a Veritas. Por eso nunca se marcharon».
Estaba tumbada en la cama, sola, con la mirada clavada en el cajón medio abierto de mi cómoda (estaba inclinado, como si alguien lo hubiese intentado cerrar en un ángulo extraño), sin poder dejar de darle vueltas a aquello una y otra vez.
Había pasado muchos años creyendo que los habían asesinado solo por ser buenas personas, porque habían hecho algo honorable, algo por lo que mereciera la pena morir. Pero ¿y si la verdad no era tan sencilla? ¿Y si en realidad no habían sido héroes, sino prisioneros?
¿Y si me había estado equivocando en todo desde el principio?
Supongo que eso significaba que iba por buen camino. Que todo lo que había descubierto hasta el momento no había sido tan solo una mera coincidencia, que era peligroso.
Aiden no había estado aquí conmigo anoche, al menos que yo supiera.
Claro que se le estaba empezando a dar extrañamente bien eso de entrar y salir de mi habitación a escondidas, pero me estaba acostumbrando a dormir con él a mi lado, así que esta mañana la cama fría me resultaba mucho más solitaria.
Nunca me había atrevido a admitirlo en voz alta, bueno, salvo con Aiden, pero siempre había querido tener mi propia historia de amor que pareciese sacada de una película romántica.
De esas en las que el protagonista logra que te enamores perdidamente de él y se niega a dejarte marchar.
Siempre había creído que era imposible que la llama del amor verdadero ardiese por siempre, pero ¿la de la obsesión?
Esa hacía que el «para siempre» sí que pareciese un poco más posible.
Como si una confesión de amor que te oprimía el pecho significara que ese sentimiento podría durar toda la vida.
Respiré hondo, haciendo a un lado aquellos pensamientos, y rodé sobre la cama, y fue entonces cuando vi la figurita del gato.
Alargué una mano hacia ella, cerrándola alrededor de la fría porcelana.
No recordaba haber añadido esa baratija a mi colección, aunque tampoco me habría resultado demasiado extraño que la hubiese comprado y me hubiera olvidado.
Pero no recordaba haber comprado esta en concreto.
A lo mejor había sido Aiden quien me la había dejado ahí.
Esa idea me hizo sonreír mientras la observaba, justo antes de volverla a dejar en su sitio, sobre mi mesilla.
Mi portátil estaba justo al lado, así que me lo acerqué, lo abrí y me sumergí de lleno en la investigación que había empezado la noche anterior.
Una hora después llamaron a la puerta y me levanté de la cama, cerrando el ordenador a toda prisa.
—¿Sí? —pregunté, y sonreí de oreja a oreja cuando Harper entreabrió la puerta y se asomó por la rendija.
—¿Estáis presentables? ¿Hay alguien desnudo? —preguntó, con los ojos bien cerrados.
—Harper, estoy sola.
—Ah —soltó, abriendo un ojo—. ¿Es que Aiden se ha escondido en el armario?
—Supongo que debe de seguir en el taller o en su cuarto.
—Ah —repitió, y se adentró en mi habitación, dejando caer los hombros—. Creía que os pasabais el día aquí encerrados, escondidos del resto del mundo.
—No, estoy yo sola con mi ordenador.
Harper negó con la cabeza e hizo una mueca.
—Y yo que le dije a ese tío que fuese a saco contigo... ¿Esto es lo que significa para él ir a por todas?
—¿Perdona? ¿En qué se supone que tiene que ir a saco conmigo?
—En asegurarse de no dejarte escapar.
La observé boquiabierta, esperando a que me diese alguna respuesta más clara, pero Harper no añadió nada más.
—¿Qué? Dejó bastante claro que estaba intentando conquistarte y no dejarte ir jamás, pero parece que el plan no le está saliendo tan bien como esperaba.
—¿Cuál era el plan?
—Comportarse como tú hasta que estuvieses loca por él —respondió, conteniendo una carcajada—. A mí me pareció una genialidad. ¿Quién narices no se enamoraría de un hombre que se comporta como un loco solo porque está profundamente obsesionado contigo?
—Espera un momento —dije, cruzándome de brazos, sin pararme a darle vueltas al hecho de que hacía un instante le estaba suplicando al universo que un hombre se obsesionase conmigo hasta el punto de llevarlo a la locura—.
¿Por eso se ha estado colando últimamente en mi cuarto por las noches, para intentar volverme loca?
Harper se echó a reír a carcajadas, doblándose de la risa.
—Si es que os tengo que querer. Sois la pareja más demente que conozco. Yo estoy loca por vosotros, pero, claro, llevo obsesionada con vosotros dos desde que os conocí, así que tampoco puedo culpar a Aiden por volverse loco por ti.
Regan nos llamó a gritos desde el final del pasillo, pidiéndonos que nos diésemos prisa. Harper esbozó una sonrisa divertida.
—Los chicos han llamado para avisar de que iban a llevar a alguien al taller. Al parecer, el tipo podría darnos alguna pista sobre la Orden, sea lo que sea eso. ¿Estás lista?
Bajamos a la cocina y, cuando entramos, se me cortó la respiración.
Aiden estaba recostado contra la encimera, mirando algo en su móvil, tamborileando con los dedos sobre la pantalla.
Parecía totalmente ajeno a lo que estaba ocurriendo a su alrededor, con los hombros anchos relajados y una bota cruzada sobre la otra.
La suave luz de la cocina proyectaba sombras sobre sus rasgos marcados, y al verlo el corazón me dio un vuelco sin motivo alguno.
Ni siquiera estaba haciendo nada especial, tan solo estaba ahí, con ese aspecto que era inherente e irritantemente suyo, un poco demasiado arrogante, un poco demasiado inalcanzable.
Pero, joder, me moría por tocarlo.
—Me han dicho que tengo que llevaros al taller —dijo con una sonrisa dibujada en la cara mientras me echaba un vistazo de arriba abajo.
—Vaya, ¿hoy te toca hacer de guardaespaldas y de chófer? —pregunté, sin atreverme a mirar a Harper mientras le soltaba la pullita de siempre—. ¿Qué otros trucos sabes hacer?
La sonrisa de Aiden se ensanchó, pero bajó la mirada hacia sus botas y su expresión se oscureció.
—Ya te gustaría saberlo...
Noté que me acaloraba, porque cada centímetro de mi cuerpo recordaba muy bien la clase de trucos que sabía.
—Muy bien, vosotros dos —dijo Regan—. Vamos al taller antes de que os abalancéis encima del otro.
Harper tuvo que apretar los labios con fuerza para contener la risa y le di un puñetazo en el brazo.
—Vámonos —respondí—. Ya.
Había un hombre atado con cinta aislante a una silla en medio del taller, y todos estaban reunidos a su alrededor como si aquello fuese alguna especie de atracción un tanto siniestra.
Mason estaba recostado contra el banco de trabajo, abriendo y cerrando una navaja suiza sin parar, y quejándose del calor que hacía allí dentro.
Harper se había sentado sobre el capó del coche de Regan y estaba mirando algo en el móvil, distraída y con cierto aire de aburrimiento; no le gustaban especialmente esta clase de cosas, pero tampoco quería perderse nada de lo que ocurría.
El teléfono de Hero volvió a sonar, interrumpiéndonos de nuevo.
—Joder —soltó Harper, sin molestarse en apartar la vista de la pantalla de su móvil—. ¿Quién narices no para de llamarte? Como te vuelva a sonar el teléfono, te juro que haré que te lo tragues.
—Es importante —murmuró Hero, antes de alejarse para responder—. Y no es asunto tuyo.
—Ajá —respondió Harper, con un tono tan afilado que podría haber cortado la cinta aislante que ataba al tipo a la silla con solo una palabra.
Mientras discutían, Aiden se apoyó contra la pared que tenía justo enfrente, apoyando una bota en la pared, de brazos cruzados y clavando la mirada en mi rostro.
Rook me lanzó un cuchillo para que se lo diera a Aiden.
Nuestros dedos se rozaron cuando cerró una mano alrededor de la empuñadura.
Aunque no por accidente. No fue un roce lento, sino más bien una caricia rápida, pero bastó para despertar cada una de mis terminaciones nerviosas antes de que retrocediese de nuevo.
El tipo al que habían maniatado se revolvió inquieto en la silla cuando vio a Aiden acercarse. Hero y Harper se encontraban a su izquierda, y Harper se estaba asomando por encima del hombro de Hero para tratar de leer lo que quiera que le hubieran escrito.
—Puaj, qué asco —soltó Harper—. Por favor, dime que esta no es tu forma de ligar.
—En realidad creo que a esto se le llama sexting —replicó.
—«Te encontraré y acabaré contigo como no me pagues lo que me debes» —leyó Harper en voz alta.
—Muy bien, vosotros dos, dejaos de preliminares —les dijo Rook, colocándose justo frente al tipo al que habían secuestrado.
Su voz sonaba muy tranquila, lo que solo auguraba problemas—.
Tengo hambre y me gustaría acabar con esto cuanto antes.
—Se agachó delante del hombre, con Aiden de pie a su derecha—.
Nos vas a contar todo lo que sepas sobre la Orden, y vas a hacerlo rápido, porque mi paciencia está a puntito de agotarse y estamos todos bastante tensos.
Mason se colocó a mi lado y bajó la cabeza hacia mí, para susurrarme al oído.
—Es curioso cómo Aiden no deja de mirarte constantemente —comentó.
Mi mirada se desvió rápidamente hacia Aiden, que en ese momento nos estaba dando la espalda.
—No sé de qué estás hablando —respondí.
Mason puso una sonrisa divertida.
—¿Te apetece jugar a algo? —me preguntó.
A Mason siempre se le había dado de lujo meter a la gente en problemas.
Su «jugamos a algo» venía a ser su manera de decir «jugamos a verdad o reto», y normalmente las partidas acababan con todos metidos en un buen lío, salvo él, claro.
Él siempre acababa echándose unas buenas risas a nuestra costa.
—Podemos jugar a «ver hasta dónde está dispuesto a llegar Aiden con la tortura por ti».
—Ya sabes que Aiden haría cualquier cosa por mí.
—¿Ah, sí? Quizá deberíamos ponerlo a prueba.
Sonrió de oreja a oreja, y yo no pude evitar acabar imitándolo.