Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y seis #4
74%

Treinta y seis #4

Seguí bajando la velocidad para quedarme un poco rezagado y suspiré aliviado cuando uno de los hombres de Dimitri nos alcanzó.

Ahora sería cosa suya perseguir al ladrón, adelantarlo, y después recuperar su coche y acabar con ese tipo.

Normalmente nosotros también nos encargábamos de esa parte del trabajo, pero a Dimitri no le gustaba tener que pagar el recargo que aplicábamos por ese servicio, así que había optado por la opción más barata y había contratado a unos asesinos a sueldo cualquiera que se encargarían del resto.

Claro que en ese momento me importaba una mierda que hubiésemos perdido esa parte del encargo. El corazón me latía acelerado, la adrenalina que me corría por las venas me gritaba que aparcase a un lado de la calzada y me follase a Evie allí mismo, impidiéndome pensar en cualquier otra cosa.

Tomé la siguiente salida, bajando la velocidad y recostándome contra el pecho de Evie. Ella captó la indirecta de inmediato, y me pasó un brazo alrededor del pecho mientras con la otra mano continuaba su tortura.

Aparqué a un lado de una carretera prácticamente desierta. Debería haberme preocupado un poco más por nuestra seguridad, pero, en ese momento, solo pude pensar en la cálida presión que estaba ejerciendo la mano de Evie sobre mi polla necesitada.

Sabía perfectamente cómo tenía que tocarme, qué ritmo debía seguir para hacer que una oleada de placer me bajase por la espalda e hiciese que me hirviera la sangre.

Sus dedos se cerraron alrededor de mi erección con exigencia y delicadeza a la vez, recorriéndome de arriba abajo, con una actitud que encajaba a la perfección con la Evie que conocía.

Siempre precisa, temeraria, salvaje. Lo era todo.

Se acercó un poco más a mí, pegándome los pechos a la espalda.

—¿Esto te gusta? —me preguntó en un susurro, y sus palabras retumbaron en el interior del casco. Aquella sensación me provocó un escalofrío que me bajó por la columna—. ¿Quieres que siga? ¿Quieres hundir tu polla en mi interior, embestirme con fuerza mientras grito tu nombre?

Apenas podía respirar, así que ya no digamos hablar. El corazón me latía acelerado mientras ella continuaba su implacable asalto. Con cada caricia, me provocaba una nueva oleada de placer, complicándome la tarea de pensar en otra cosa que no fuera en el deseo salvaje que había despertado en mí.

Evie abrió un poco más las piernas a mi espalda, recordándome que estaba lo suficientemente cerca de ella como para follármela si era eso lo que deseaba. Se frotó contra mi trasero, y su mano libre me recorrió entero, vagando por mi cuerpo.

—Esto es lo que quieres, ¿verdad? —volvió a susurrar, con un tono grave y seductor—.

Me deseas tanto que en lo único en lo que puedes pensar es en hundirte en mi interior, en sentir cómo me contraigo a tu alrededor, cómo me corro solo para ti.

Quieres poseerme, marcarme para que todos sepan que soy tuya.

Su mano continuó moviéndose sobre mi polla, y supe que no iba a poder aguantar mucho tiempo más.

Ya ni siquiera podía pensar de forma racional, así que mucho menos resistirme a sus avances.

Las ganas que tenía de follármela allí mismo me consumían, y su habilidosa mano solo lo estaba empeorando todo.

—Yo también lo quiero —dijo, en apenas un susurro—. Quiero que me folles otra vez. Quiero que me llenes y me hagas tuya.

Gemí, echándome hacia delante, con la polla tensa contra la tela de los vaqueros, ansioso por correrme de una vez.

Su mano continuó moviéndose a un ritmo implacable, y sus caricias eran tan perfectas que por un momento pensé que estaba soñando.

Noté como la presión se iba acumulando en mi bajo vientre y como las ganas de correrme se volvían casi insoportables.

—Evie, me voy a correr.

—Nadie te lo impide. Hazlo —me ordenó en un susurro, con voz grave y seductora—. Córrete.

Solté un gruñido ronco, perdiendo por completo el control.

—Joder —dije, echándome de nuevo hacia atrás cuando el orgasmo me atravesó. Dejé que me dominara, y cada espasmo me proporcionó más y más alivio.

Apenas podía respirar, el mundo se desvaneció mientras intentaba cabalgar aquella oleada de euforia y regresar al presente. Ya nos habíamos acostado, pero, de alguna forma, tuve la sensación de que aquella era la primera vez que Evie me tocaba.

Nos quedamos en silencio, pero entonces ella me atrajo hacia sí, abrazándome contra su pecho mientras yo recobraba el aliento.

—No me puedo creer que hayas hecho eso —dije.

—Yo no me puedo creer que me hayas dejado hacerlo.

—Te he dejado hacerlo, pero no pienso dejar que te vayas de rositas después de esto.

—¿Por qué? ¿Qué piensas hacer al respecto? —me preguntó, mientras me incorporaba sobre el asiento y regresaba a la carretera.

Sonreí, acelerando y haciendo un caballito sobre la calzada, y Evie se rio a carcajadas. Cuando por fin volví a poner las dos ruedas sobre el asfalto, Evie me abrazó con fuerza, aferrándose a mí.

—Voy a destrozarte —respondí, pero, aunque ella se rio, mi mente se encontraba muy lejos de allí. Porque Anderson seguía ahí fuera, moviendo piezas que yo todavía no podía ver, y cada segundo que pasaba sonriendo con Evie me recordaba todo lo que había en juego.

No podía permitirme bajar la guardia. La caza continuaría mañana, y tenía que estar preparado para mantenerla a salvo.