Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y nueve #2
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Treinta y nueve #2

—Pues claro que lo quiero —replicó, con voz grave y rota—.

Te quiero a ti . Pero si lo admito..., si me permito tenerte...

—Deslizó los dedos entre mis mechones y cerró la mano a su alrededor en un puño, como si estuviese librando una batalla consigo mismo y yo fuese lo único que lo anclase al presente—. Si te perdiese, no sobreviviría.

Mi pecho subía y bajaba agitado con cada respiración.

—¿Esa es tu excusa? —susurré—. ¿Que te daba demasiado miedo estar conmigo?

Aiden apretó la mandíbula con fuerza.

—No me da miedo quererte, Evie. Joder, me da miedo lo que pueda ocurrir si te pierdo. Si mandamos a la mierda nuestras vidas tal y como son y luego tú te cansas de mí y te vas con otro..., no sé cómo podría soportarlo.

Tragué saliva con fuerza y sentí que una oleada cálida me recorría de arriba abajo, con la ira y el deseo entremezclándose hasta formar una combinación peligrosa.

—Mira a tu alrededor, Aiden —murmuré, apoyándole las manos en el pecho—. Ya me tienes. Y lo único que estás consiguiendo con todo esto es perderme.

Me fijé en cómo se le tensaron los músculos de la mandíbula.

Su mano bajó lentamente por mi cuello, deslizándose después por mi brazo hasta que sus dedos se cerraron alrededor de mi cintura, atrayéndome hacia él.

Su pecho subía y bajaba con fuerza con cada respiración agitada, al mismo ritmo que el mío, en perfecta sincronía.

—Siempre estamos haciendo lo mismo —jadeó, dejando caer la frente sobre la mía—. Enredados en este maldito tira y afloja.

—Porque no te decides sobre si quieres romper las reglas y estar conmigo o si prefieres seguir siéndole fiel a mi hermano, seguir siendo su segundo al mando. Eso no es culpa mía.

—Nunca he tenido tanto que perder, en toda mi vida —dijo—.

Sabes que nunca he tenido una familia que me quisiera.

Y ya sabes lo que diría Rook, lo que podría hacer si se enterase de lo nuestro.

Sé perfectamente qué decisión te obligaría a tomar.

¿En serio me estás diciendo que me elegirías a mí por encima de él?

¿Por encima de tu propia familia? Jamás podría dejar que lo hicieras, que lo perdieses.

—¿En serio crees que Rook te obligaría a marcharte?

—Sí —respondió, aferrándose a mí con más fuerza—. Lo creo.

—Tal vez eso no sea decisión suya.

—Le he mentido. He hecho justo aquello que me pidió que no hiciera. Se merece tener la opción de tomar esa decisión. ¿Y si decide echarme? —Se inclinó hacia mí, tan cerca que podría haberme besado, pero no lo hizo.

Una oleada de tristeza me invadió, porque sabía lo mucho que quería protegernos, y lo aterrado que estaba ante la mera posibilidad de perdernos, incluso aunque solo fuera a uno de los dos.

Yo no podía imaginar un mundo sin él. Aiden nunca había tenido una familia que lo quisiera, y solo de pensar en hasta qué punto había puesto en peligro aquello por lo que había luchado durante tanto tiempo se me revolvió el estómago.

Para mí, elegirlo había sido tan natural como respirar.

Y sé que para Rook y para el resto del grupo también, nunca habían tenido ninguna duda. Y sabía que, incluso aunque se enterasen de lo nuestro, lo seguirían eligiendo una y otra vez.

—Lo siento —le dije en un susurro. Quería contárselo todo; lo mucho que lo necesitaba, lo cerca que había estado de rendirme, pero las palabras se me quedaron atoradas en la garganta.

Un solo paso en falso y todo podría venirse abajo.

Podía oír el latido acelerado de mi corazón en los oídos cuando me di cuenta de que en realidad todo eso me daba igual.

Porque solo lo quería a él—. Pero te elijo a ti.

Ahora. Ayer, y en todos los años que vinieron antes. Siempre te elegiré a ti.

Los dos nos quedamos callados, y el silencio, denso y pesado, nos envolvió por completo, reduciendo nuestro mundo a solo nosotros dos y al ronroneo del motor.

Mi cuerpo lo anhelaba, el calor se había empezado a acumular entre mis piernas, y el deseo había prendido fuego a cada una de mis terminaciones nerviosas.

Aiden me pasó un brazo por la cintura, pegándome a él, fusionando nuestros cuerpos como si quisiera que fuesen uno.

Y entonces sus labios se encontraron con los míos, bruscos e insistentes, y yo me relajé de inmediato contra su pecho.

El beso fue ardiente, cálido y desesperado, de esos que hacen que te flaqueen las rodillas y te roban el aliento.

Solté un gemido ronco contra su boca, dejando que mis manos vagasen por su espalda, memorizando los contornos firmes de sus músculos con los dedos.

Él bajó rápidamente las manos hacia mi trasero y me alzó antes de acomodarme sobre su regazo mientras se subía de nuevo a la moto.

Yo me pegué a él todo lo que pude, moviendo instintivamente las caderas, tratando de seguirle el ritmo. Su agarre era firme pero implacable, sosteniéndome con fuerza sobre su regazo, mientras nuestros cuerpos se mecían al compás.

—¿Me eliges también ahora? —me preguntó, en apenas un susurro.

Asentí con la cabeza y pegué mis labios a los suyos, intensificando el beso.

—Te gustaría follarme así, ¿verdad? —me preguntó, enredándose mi pelo en la mano y tirando de mí hacia atrás, hasta recostarme sobre el depósito—.

Encima de la moto, con las piernas alrededor de mi cintura, mientras estás tumbada sobre el depósito, donde cualquiera podría vernos.

Dios, imagina que alguien estuviera mirando...

, sabría perfectamente qué estamos haciendo, que te estás corriendo para mí y solo para mí.

Una oleada cálida se acumuló entre mis piernas. El riesgo, la emoción... eran casi insoportables. Me recosté un poco más sobre la moto, arqueándome sobre el depósito, provocándolo.

—A ti también te gustaría eso, ¿verdad?

—Joder, me volvería totalmente loco demostrándole a quienquiera que nos estuviese mirando que eres mía —admitió, en voz grave y ronca.

Jadeé, temblando, mientras su mano se deslizaba por mi espalda, atrayéndome de nuevo hacia su pecho. El movimiento fue brusco, autoritario, excitante, y no pude evitar echar la cabeza hacia atrás. Percibí el leve aroma de su colonia, mezclado con el calor que irradiaba su cuerpo.

—Eres mía —gruñó, y no era ninguna pregunta. Cada sílaba de aquellas dos palabras resonó en mi interior.

Me arqueé de nuevo contra su cuerpo, pegando mi pecho al suyo, tratando de seguirle el ritmo a sus caderas. Entonces, por fin, su polla se encontró con mi centro, tensando la tela que me cubría. Se me cortó la respiración, y el deseo se volvió demasiado intenso y doloroso.

—¿Lo notas? —siseó mientras cerraba los dedos alrededor del manillar por encima de mis muñecas, sujetándome en mi sitio—. Cómo cada centímetro de tu cuerpo está perfectamente moldeado al mío. Cada gemido, cada estremecimiento..., es todo mío.

Me quitó la ropa a toda prisa, arrancándomela tan rápido que apenas tuve tiempo de respirar.

No pude responder con palabras; tan solo se me escapó un gemido tembloroso de entre los labios mientras contoneaba las caderas contra las mías.

Me mordí el labio inferior, estremeciéndome ante sus palabras.

Entonces empujó su miembro hacia mi centro, con fuerza e implacable, y la punta se introdujo ligeramente en mi interior, provocándome.

Lo deseaba con locura, necesitaba que se hundiese de una vez dentro de mí, que me reclamase.

Aiden se echó hacia delante, pegando su pecho al mío, y bajó los labios hacia mi oído.

—Ábrete para mí —me ordenó, y yo le obedecí al momento, estremeciéndome ante su mirada, ardiente y posesiva.

Entonces bajó una mano lentamente hacia mi sexo, antes de introducirse en mi interior con un gruñido, dilatándome a su alrededor.

—Joder, cómo me aprietas —gimió, antes de alzarme la barbilla para obligarme a mirarlo a los ojos mientras se hundía un poco más—. Tan húmeda, tan excitada. Puedo sentirlo todo.

Gemí con fuerza, y noté que el calor iba acumulándose en mi centro con cada una de sus embestidas, al principio lentas y deliberadas, pero después mucho más rápidas, y la fricción tan solo se vio intensificada por la vibración del motor de la moto.

Su agarre cambió de repente, y se aferró a mi cintura con una mano, mientras deslizaba la otra por mi mejilla en una caricia, acercándose un poco más a mí, antes de bajar los labios hacia mi mandíbula y morderme con suavidad la piel, provocándome más placer, marcándome.

—Mírate —siseó, con voz grave y ronca—. No puedes ocultarlo. Cada centímetro de tu cuerpo está envuelto alrededor del mío, cada temblor, cada jadeo..., puedo sentirlos. Puedo sentir lo mucho que me deseas. Siéntelo tú también. Siente cómo te lleno.

Me arqueé con más fuerza, con mi pecho pegado al suyo y todo mi cuerpo temblando.

Podía sentir el calor de su piel contra la mía, ese implacable tira y afloja...

, era demasiado y, a la vez, no lo suficiente.

Cerré las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo aún más hacia mí, buscando desesperadamente más fricción.

Cada embestida me hacía gemir, arqueándome contra él, con su polla enterrada en mi interior, marcándome, reclamándome. La excitación de que estuviésemos haciendo eso donde cualquiera podría vernos acentuaba cada sensación, volviéndola mucho más intensa e imposible de ignorar.

—Muévete —gruñó contra mi piel, presionándome contra la moto, embistiéndome sin cesar—. Cabálgame como si lo deseases de verdad, como si quisieras que te hiciera mía aquí mismo, donde cualquiera podría vernos.

Y eso hice, pegando mi cuerpo por completo al suyo, igualando cada uno de sus movimientos, meciendo mis caderas contra las suyas, jadeando y gimiendo sin parar, llevando las manos a sus hombros y aferrándome a ellos mientras él me sujetaba contra su cuerpo, obligándome a mirarlo a los ojos mientras me dejaba llevar por el placer.