Treinta y seis
Aiden
Unos cuantos días después de que comenzara todo este caos, desperté junto a Evie, envueltos por la quietud de la mañana.
Claro que ella no tenía ni idea de que yo estaba allí.
Había vuelto tarde anoche, después de terminar un encargo, y tan solo me había pasado por mi habitación lo justo para cambiarme de ropa, antes de abrir su puerta con sigilo y colarme en su cuarto para meterme en la cama con ella.
Evie apenas se había movido, solo un poco para acurrucarse contra mi pecho.
El sol ya entraba a raudales por las ventanas, alargué una mano hacia mi teléfono, que había dejado sobre la mesilla, y tiré una figurita de un gato en el proceso.
—¿Qué cojones...? —murmuré, antes de estirar el brazo para ponerla de nuevo en su sitio.
No tenía ni idea de cuándo habían empezado a gustarle a Evie los gatos, claro que con ella siempre me había costado estar al corriente de sus últimas obsesiones.
Las diminutas baratijas que había desperdigadas por toda su habitación lo demostraban.
Abrí la cámara de mi teléfono y sonreí mientras me sacaba una foto con ella durmiendo profundamente a mi lado.
Sabía que, cuando la viera, se cabrearía muchísimo. En primer lugar, porque me hubiese colado en su cuarto sin haberla despertado, y, en segundo, porque seguro que no le haría ninguna gracia que hubiese por ahí una foto en la que saliese babeando la almohada.
Me guardé el móvil en el bolsillo y me levanté de la cama, recogiendo mi camiseta del suelo y poniéndomela a toda prisa. Evie se movió sobre el colchón, rodó sobre la cama y yo me quedé totalmente helado, aguardando a volver a escuchar su respiración calmada antes de seguir vistiéndome.
Cuando salí de su habitación, una vez en el pasillo, le di a enviar.
Mi mente se puso a divagar mientras bajaba las escaleras, plenamente consciente de que mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados, independientemente de si Rook se acababa enterando de lo nuestro o no.
Porque había descubierto lo que se sentía al estar con Evie de verdad, y ya nunca volvería a ser el mismo.
No podía dejar de pensar en ella, en cómo su risa se había abierto hueco en mi pecho, en cómo su mirada podía encontrarme sin importar que estuviéramos en extremos opuestos. ¿De verdad ella sentía lo mismo por mí? ¿Podría convencerla de que fuera mía, de tal forma que ya no hubiese vuelta atrás?
Me quedé mirando fijamente la pantalla de mi teléfono, donde una foto suya de hacía unos días me devolvía la mirada, y sentí que me daba un vuelco al corazón.
Me daba igual si Rook se enteraba de lo nuestro o lo que pensasen los demás al respecto.
Lo único que me importaba era Evie, y asegurarme de que no le quedara otra opción más que permanecer a mi lado.
Me adentré en el salón, y bloqueé mi teléfono en cuanto vi a Rook.
—¿Qué pasa? —le pregunté mientras me encaminaba hacia el otro extremo del enorme sofá.
Todos nos solíamos despertar a distintas horas y de lo más aleatorias.
Había veces en las que ni siquiera pegábamos ojo para que estar despiertos a primera hora de la mañana nos resultase un poco más sencillo.
Al parecer, esta mañana Rook era el único despierto.
—¿Hoy vas a venir con nosotros?
—Eso tenía pensado, sí.
—Muy bien, tenemos que salir de aquí para las once. Aparte de eso, Anderson ha desaparecido otra vez, pero se me ha ocurrido que podríamos indagar un poco por nuestra cuenta en todo eso de la Orden, para ver qué tiene que ver con él o con Evie, mientras esperamos a que aparezca para darle caza.
—Yo puedo ayudar a Evie y ver qué encontramos. Últimamente ha estado examinando unos cuantos documentos antiguos. Puede que exista alguna clase de conexión.
Rook se pasó una mano por la cara.
—Esto ya ha durado demasiado. Tenemos que encontrarlos. Sean quienes cojones sean.
Debería haberle contado lo que había estado haciendo Evie.
Rook tendría que saber que su hermana había estado hurgando en las vidas de sus padres, sobre todo ahora que parecía que todo estaba conectado de algún modo.
Observé a mi amigo de arriba abajo. Gracias a Regan, últimamente parecía estar durmiendo mucho mejor, y también había reducido notablemente su carga de trabajo, pero seguía pareciendo bastante abrumado.
Siempre asumía todo lo que podía y sabía que, en cuanto le contase lo que estaba ocurriendo, también se encargaría de solucionar esa tarea.
Una que en realidad no formaba parte de su trabajo, y que no era más que un laberinto en el que Evie se había adentrado solo para poder dejar atrás la historia de sus padres y seguir adelante con su vida, al igual que había hecho Rook al acabar con Cameron.
Vacilé. Porque, si se lo contaba, me aseguraría de que Evie estuviese a salvo, pero también supondría que cualquier progreso que hubiésemos podido hacer Evie y yo se esfumaría.
Mantener a Evie a salvo siempre había sido mi prioridad, pero ahora tenía un nuevo objetivo: asegurarme de mantener a Evie a mi lado.
Si no le contaba a Rook en qué estaba metida, tendría una excusa para pasar cada segundo de cada día con ella.
—¡Aiden Hayes, como no subas aquí arriba ahora mismo te juro que bajaré yo y te subiré a rastras por las escaleras! —gritó Evie desde el balconcillo que se asomaba al vestíbulo de la casa—. ¡O lanzaré todo lo que tienes en tu habitación desde aquí arriba!
Rook enarcó las cejas.
—Últimamente parece que estás cabreando a Evie más de lo normal.
—Digamos que no le hace mucha gracia que la esté vigilando constantemente —respondí, antes de levantarme, intentando contener una sonrisa—.
No tengo ni idea de qué se supone que he hecho ahora, pero creo que será mejor que suba a descubrirlo antes de que se ponga a lanzar todas mis cosas desde ahí arriba.
—O antes de que vuelva a bajar con ese maldito cuchillo suyo.
— Touché .
Mi sonrisa se ensanchó en cuanto me alejé de Rook.
Me invadieron los nervios, pero no por culpa de la mujer enfadada a la que me iba a tocar enfrentarme, sino por su hermano, que seguía detrás de mí y que se encargaría personalmente de clavarme ese mismo cuchillo que había mencionado por la espalda si descubriese lo que estaba ocurriendo entre nosotros.
Subí las escaleras de dos en dos y, al llegar arriba, fui directamente hacia Evie. Ella se puso a gritarme de inmediato, con el teléfono en la mano, pero no le hice ni caso. Por el contrario, seguí caminando, la agarré por la cintura y la arrastré por el pasillo hacia mi habitación.
Abrí la puerta de un empujón, antes de darnos la vuelta y cerrarla de un portazo. La estampé de espaldas contra el marco y la levanté en brazos, inmovilizándola entre mi cuerpo y la pared.
—¿Tienes algún problema? —le pregunté, bajando mis labios hacia los suyos.
—Uno muy pequeño. ¿Te importaría explicarme por qué me he despertado con una foto tuya en mi cama, aunque no recuerdo que hayamos dormido juntos? Habría sido mucho más romántico si el chico le hubiera avisado a la chica de que estaba en su cama con ella.
—No, no me apetece explicártelo —respondí, inclinándome hacia ella y besándola con pasión.
Evie se derritió de inmediato entre mis brazos, y todo su cuerpo se relajó mientras yo la sostenía con fuerza.
Al principio, sus labios eran muy suaves, pero, con cada caricia de su lengua, el beso se fue volviendo más y más exigente.
Me clavó las uñas en los hombros, y ese pequeño destello de dolor me animó a seguir.
Pero teníamos que parar.
—Vístete.
—¿Por qué? —me preguntó, respirando hondo, hinchando el pecho.
—Tenemos trabajo que hacer.
—Pero si es fin de semana.
—Y Dimitri va a trasladar los coches hoy mismo. Así que tenemos que estar allí cuando lo haga, por si acaso alguien pretende atacar. Estamos cerca de descubrir quién ha estado detrás de los robos.
—Yo ya hice mi parte programando los localizadores.
—Se dieron cuenta de que los habíamos puesto y llevan desde entonces dando vueltas por la ciudad para tratar de despistarnos.
Evie puso los ojos en blanco, restregándose contra mí de la forma más cruel que se le ocurrió.
—¿En serio se supone que tenemos que seguir con nuestro día como si nada, ocultando lo que está pasando entre nosotros? —preguntó.
—Sí —respondí, depositándola con delicadeza en el suelo—. Así que vístete. Y ponte algo cómodo, que vamos a tener que pasar varias horas sobre la moto.
Evie puso una sonrisa divertida mientras se colocaba la camiseta.
—¿Mi camiseta de «Psycho» te parece lo bastante cómoda?
El corazón me dio un vuelco y Evie puso los ojos en blanco.
—Estoy de coña.
No dije nada, porque sabía perfectamente que, como se le ocurriese ponerse esa camiseta otra vez, no iba a poder controlarme. Mi autocontrol ya pendía de un hilo de las ganas que tenía de lanzarla a mi cama y pasarme todo el día con ella entre las sábanas.
Rook nos llamó a gritos desde la planta inferior, ordenándonos que bajásemos de una vez y que nos preparásemos para salir.
Me incliné de nuevo hacia ella, le agarré del pelo y la atraje de nuevo hacia mí para besarla con fuerza.
—Hora de irnos. Como se te ocurra ponerte esa camiseta, te juro que te cambiaré de ropa yo mismo —le advertí en un siseo.
—Eso no suena tan...
Alcé una mano a toda prisa hacia sus labios, tapándole la boca, y Evie me miró con los ojos abiertos de par en par.
—Te prometo que te pondré la ropa más fea, incómoda y áspera que encuentre, y sé a ciencia cierta que en el ático hay una caja llena de ropa vieja que seguro que te vale.
—No te atreverías. Esa ropa tiene que estar hecha un asco.
—Oh, pues claro que me atrevería, y después te obligaría a ir en la moto con Mason.
—Te pondrías demasiado celoso si fuese en la moto con otro.
Sonreí, aunque sabía que tenía razón.
—Claro que sí, y disfrutaría de cada segundo de esa maldita tortura. Llevo soportándola desde hace años, a estas alturas me resulta tan natural como coquetear ahora contigo.
—Vale. Voy a vestirme, y no voy a ir en la moto con nadie que no sea contigo.