Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y cinco
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Treinta y cinco

Sombra

La casa estaba en completo silencio, porque todos habían salido, y el peso de la quietud cerró las paredes a mi alrededor mientras me colaba por la puerta principal de la mansión, con cuidado de cerrarla a mi espalda sin hacer ruido.

Ya había estado aquí antes, observándolos desde fuera, aprendiéndome sus rutinas, pero esta vez era distinto.

Esta vez estaba dentro y la emoción que sentía me provocó un escalofrío que me recorrió la columna.

Me abrí paso por la casa, con cuidado de evitar las zonas donde pudiera verme alguien. No debería haber nadie allí, pero no pensaba arriesgarme a que me descubrieran.

Por fin, llegué al vestíbulo y a las escaleras que llevaban a la planta superior, donde se encontraban los dormitorios.

No me había costado demasiado descubrir cuál era su habitación.

Todo lo que tenía que ver con Evie parecía impregnado de una energía imposible de ignorar.

Subí por las escaleras, con cuidado de comprobar cada escalón antes de dejar caer mi peso encima, por si crujía demasiado.

Una vez arriba, el pasillo que se abrió ante mí me llevó directamente hacia su dormitorio.

Había dejado la puerta ligeramente entreabierta y un tenue rayo de luz iluminaba la estancia, procedente de la pequeña lámpara de neón que se había dejado encendida.

Empujé la puerta y me adentré en su espacio.

Su aroma me envolvió de golpe: suave y dulce, entremezclado con un olor mucho más fuerte y afilado debajo. Vainilla, sí, pero con un toque picante. Encajaba con ella perfectamente. Respiré hondo, dejando que su olor se asentase en mis pulmones.

La habitación estaba perfectamente recogida, casi demasiado para alguien como ella, pero pude vislumbrar el caos que se escondía bajo aquella ordenada apariencia.

La cama estaba hecha, la ropa doblada sobre la silla, pero a través de aquellos detalles pude entrever el caos que reinaba en su cabeza, los secretos que escondía a plena vista.

Empecé revisando su escritorio. Si había descubierto algo sobre Veritas, seguro que lo encontraría allí.

Recorrí la superficie de madera con los dedos, apartando los papeles y los bolígrafos que había desperdigados encima.

La mayoría de los documentos que encontré eran de lo más anodinos: horarios de trabajo, notas garabateadas sobre el taller.

Cogí un cuaderno y fui hojeándolo rápidamente, pero lo único que encontré fueron más notas sin sentido. Nada útil. Nada peligroso.

Pero entonces lo vi, estaba medio escondida bajo toda una pila de papeles, una hoja impresa con una dirección garabateada en la parte superior.

La palabra «Veritas» aparecía estampada en mayúsculas en la parte de arriba, junto con una dirección de la ciudad.

Y, justo debajo, dos palabras escritas con su puño y letra que hicieron que me diese un vuelco al corazón.

«La Orden».

¿Ya había descubierto qué era? ¿ Quiénes eran?

Esas dos palabras no estaban escritas como el resto del documento, con todo claramente enumerado. No, estaban garabateadas, como si las hubiese escrito a toda prisa.

Eso era. Esa era la conexión que había encontrado. No era ninguna coincidencia. Había hallado una pista, una que tan solo serviría para meterla en un buen lío.

Me guardé el papel en el bolsillo y eché otro vistazo a mi alrededor. Cuando le llevase aquello, mi jefe se quedaría más que satisfecho, pero yo todavía no había acabado.

La cama se encontraba en el centro de la habitación, con las mantas bien estiradas y las almohadas perfectamente mullidas.

Crucé la habitación y pasé los dedos por el borde del edredón, deleitándome con lo suave que era.

El simple hecho de imaginármela allí tumbada, por la noche, completamente ajena a que yo había estado tan cerca, en su espacio, hizo que la sangre me vibrara de emoción en las venas.

Me agaché y presioné una mano contra la almohada, imaginándomela apoyando la cabeza ahí mismo, con su cabello del color de la miel esparcido a su alrededor como una aureola.

Aparté la manta, me metí bajo las sábanas y hundí la cara en su almohada. Olía a ella.

Daría lo que fuera por poder cortarle un mechón de pelo y quedármelo para mí.

Desvié la mirada inevitablemente hacia su cómoda y me levanté de un salto al ver que uno de los cajones estaba entreabierto.

No pude contenerme. Lo abrí del todo, deslizando los dedos por la ropa que había cuidadosamente doblada en su interior.

Estaba lleno de camisetas cortas, suaves y desgastadas, todavía impregnadas con su olor.

Las volví a dejar en el cajón y deslicé los dedos por la ropa interior de encaje que había a un lado, delicada e íntima.

Torcí los labios al imaginármela poniéndose esa ropa para Aiden. Él no tenía derecho a disfrutar de verla con eso puesto.

Evie no tenía ni idea de que yo estaba allí, tocando sus cosas, hurgando en su vida como si me perteneciera y pudiese explorarla a mi antojo. Estaba en su espacio, en su mundo, y ella no sabía nada. La simple idea me resultaba embriagadora.

No tenía ni idea de lo cerca que estaba en realidad. De lo fácil que me resultaría encontrarla y quedarme a solas con ella. Hacerla pagar por meterse donde no la llamaban.

Me acerqué entonces a su armario y abrí las puertas para encontrarme con varias filas de ropa perfectamente colgada y ordenada. Recorrí las perchas hasta que lo vi.

El pañuelo rojo que había usado como camiseta la otra noche.

En el que había escrito la palabra «Psycho» con piedrecitas plateadas, todavía ligeramente arrugado, como si se lo hubiera quitado de un tirón y lo hubiese lanzado al armario sin cuidado alguno.

Todavía recordaba cómo se le había pegado a la espalda esa noche en el cementerio, impregnado con su calor, con la tela empapada en sudor.

Todavía podía recordar la curva de sus hombros cuando se había recogido el pelo, para dejar al descubierto sus clavículas.

Y el momento en que Aiden se lo había arrancado del pecho y se lo había atado sobre los ojos.

Lo desenganché de la percha y me lo llevé a la cara. Evidentemente ya no conservaba su calor, pero me lo imaginé igualmente. Cómo sus pechos habían estado pegados a esa misma tela, cómo se le había amoldado a la cara mientras gritaba de placer.

Prácticamente podía saborearlo. La sal. Su suave perfume. Y entonces fue como si algo despertara en mi interior.

Esta vez no pensaba irme con las manos vacías.

Pero, si iba a llevarme algo, tendría que dejarle algo a cambio. Un regalo. Un recordatorio.

Me llevé una mano al bolsillo de la chaqueta y lo saqué: un pequeño gatito de porcelana.

Estaba un poco descascarillado y le faltaba un ojo; en su día había formado parte de un juego de figuritas que le había robado a un vecino hacía unos cuantos años.

Me pregunté si le gustarían los gatos. Quería saberlo todo sobre ella.

Le dejé el gatito sobre la mesilla, justo al lado de su cargador, lo bastante cerca como para que lo tirase al alargar una mano para coger su teléfono, cuando se despertara por la mañana. Sonreí al imaginármelo.

¿Gritaría? ¿Se quedaría helada? ¿Descubriría por fin que alguien había estado allí, observándola, lo bastante cerca como para tocarla mientras dormía?

Eché un último vistazo a mi alrededor, comprobando que todas las perchas seguían en su sitio y que las mantas y las sábanas estaban perfectamente estiradas. Pero la camiseta roja ahora era mía. Me pertenecía. Me la guardé dentro de la chaqueta, pegándola a mi pecho.

Y luego me volví hacia la puerta.

Después de salir sigilosamente de su habitación, dejé que la puerta se cerrase con un suave chasquido a mi espalda, guardándome el secreto de que había estado allí. La camiseta estaba caliente junto a mis costillas. El papel me quemaba en el bolsillo. Su mundo estaba a punto de desmoronarse.

Y muy pronto se daría cuenta de que... había sido ella quien me había dejado entrar.