Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y cuatro #3
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Treinta y cuatro #3

—Si quieres catalogar a tu hermano como un «tío buenorro» no voy a ser yo quien te lo discuta —respondió, con una sonrisa de oreja a oreja, tan grande que seguro que le dolían las mejillas.

Yo solo pude dedicarle una mueca como respuesta—.

Pero sí, vamos a ir a dar una vuelta y espero que también paremos por la pastelería a por unas galletas.

Por eso necesitaba la camiseta, para ver si con ella puesta logro convencerlo.

—Puaj. —Arrugué la nariz—. Además, como si no fuese a estar dispuesto a comprarte la pastelería entera si se lo pidieses.

Regan enarcó las cejas.

—Evie, eres un genio. ¿Un suministro infinito de galletas? Tengo que irme, pero... —Miró hacia la cama—. ¿He interrumpido algo?

—¿A qué te refieres? —pregunté, echando un vistazo a mi alrededor.

Ni siquiera nos habíamos empezado a quitar la ropa. Aiden tampoco había dejado su teléfono por ahí. Pero entonces me fijé en las dos latas de refresco que había sobre mi mesilla.

—Ah, no, es que me iba a hacer un maratón de cine esta noche y no me apetecía moverme de la cama.

Aquello la hizo reír y enarcar de nuevo las cejas, pero se dio la vuelta para marcharse.

—Me habré equivocado entonces, pásatelo bien.

Cerré la puerta a su espalda, esta vez echando el pestillo, y no pude evitar preguntarme si eso último lo había dicho con un tono distinto o no.

Aiden salió del armario, negando con la cabeza.

—Tienes pinta de haber visto a un fantasma —comenté, adoptando de nuevo el mismo tono burlón de antes.

—Preferiría tener que lidiar con un fantasma que con tu hermano.

Le agarré con fuerza del pecho de la sudadera, atrayéndolo hacia mí. Y después comencé a retroceder hacia la cama, sin detenerme hasta que los dos caímos sobre el colchón, con él encima de mí, apoyándose en los codos en el último momento.

—¿Estás segura de que quieres esto, Evie? —me preguntó en un susurro, dejándome un reguero de besos suaves por la mandíbula.

—¿A ti? —respondí—. Hace años que estoy segura de ello. Supongo que yo podría hacerte la misma pregunta. Porque hasta hace poco pensaba que para ti no era más que la hermana pequeña de tu mejor amigo.

—Tal vez al principio sí, cuando los dos éramos jóvenes. Pero entonces te empecé a ver de una forma distinta. Como algo más.

—¿Sí? ¿Como qué exactamente?

Aiden rodó sobre el colchón hasta tumbarse de lado, sin soltarme en ningún momento.

—¿Sabes cuántas noches hemos pasado juntos?

—dijo en voz baja, como si estuviese contándome un secreto—.

Viendo alguna película, saliendo por ahí, trabajando en el taller.

Y todos esos días que nos hemos pasado subidos en mi moto durante horas, trabajando mano a mano en arreglar algún motor, devorando comida basura, discutiendo por todo y por nada.

A pesar de todo..., tú siempre conseguías hacerme reír, me retabas a cada paso...

—Su sonrisa se torció, casi a regañadientes—. Me arruinaste la vida.

—¿Esto es una confesión de amor o estás a punto de ponerte a echarme la bronca otra vez?

—Lo que quiero decir con todo esto es que te has convertido en mi mejor amiga, Evie.

Y sí, Rook también lo es, pero tú... —Nuestras miradas se encontraron, firmes y sin pestañear—.

Tú eres a la que siempre le cuento aquello que no puedo contarle a él.

A quien le hablo de mis miedos. De mis sueños.

De todas esas cosas que no me atrevo ni siquiera a admitirme a mí mismo la mitad de las veces.

Porque tú me entiendes, a mi verdadero yo, y no sé qué haría si perdiera eso. Si te perdiese a ti.

Las lágrimas me anegaron los ojos, y Aiden sonrió.

—He conseguido derretir el corazón de hielo de mi pequeña psicópata.

Le di un puñetazo en el brazo, devolviéndole la sonrisa.

—No tengo un corazón de hielo.

Aiden se acercó un poco más a mí, rozándome los labios con los suyos, antes de volver a apartarse ligeramente.

—Creo que más bien eres un tanto exigente a la hora de seleccionar a quién le abres tu corazón, lo que no es nada malo.

—¿Y hago bien en abrírtelo a ti?

Se quedó helado, dejando que aquellas palabras flotasen entre nosotros como si las sostuviese un hilo frágil.

—No estoy seguro —admitió en voz baja—, pero creo que esa ya no es una decisión que nos corresponda a ninguno de los dos. Porque jamás podría alejarme de ti, aunque lo intentara. Porque te has apoderado de todo mi ser.

Sentí que algo me oprimía el pecho al oírlo hablar con tanta sinceridad. Cada latido de su corazón contra el mío afianzaba sus palabras. Si tú te vas, yo me voy... No lo había dicho así, pero estaba claro que eso era lo que había querido decir. No podía negarlo, y tampoco quería hacerlo.

Me abracé a él con más fuerza, pegando mi rostro al hueco de su cuello, inhalando su aroma a cuero, con un toque ahumado y muy cálido, jamás me cansaría de él.

Me aferré a la tela de su sudadera, anclándome a ese momento.

Y me quedé allí, en silencio, dejando que el mundo que nos rodeaba se desvaneciera.

Cada segundo me parecía infinito y, sin embargo, había una pregunta que no dejaba de atormentarme: ¿cuántas noches más como esa nos quedarían?