Treinta y cuatro #2
Aiden frunció el ceño y, cuando se irguió todo lo alto que era, la grasa que le manchaba el brazo y el abdomen me hizo perder por completo la concentración .
Ya sabía que Aiden era guapo, no era algo que pudieses obviar fácilmente cuando tenías que verlo día y noche.
Y era apuesto en el sentido más crudo de la palabra; rudo, peligroso y, de alguna manera, también perfecto al mismo tiempo.
Llevaba el pelo un poco más largo de lo habitual, porque últimamente tanto Rook como él estaban demasiado ocupados como para preocuparse por ir a cortárselo .
— ¿Por qué cojones has vuelto andando, Evie? ¿Sabes lo peligrosa que es esta zona a estas horas ?
— Bueno, mi amiga me ha dejado tirada en el bar, así que no me ha quedado más remedio .
— ¿Por qué no me has llamado? Llevo aquí toda la noche. Podría haber ido a buscarte .
— Me he olvidado de cargarlo antes de salir —respondí, mostrándole mi teléfono apagado—. Y, de todos modos, no parece que tu moto esté ahora mismo en condiciones para salir a la carretera .
Aiden señaló la vieja camioneta que había aparcada en una esquina .
— Podría haber ido en eso .
Rodeé su moto, cerrando el espacio que nos separaba, hasta que nuestras rodillas prácticamente se rozaron .
— He vuelto sana y salva, ¿no ?
Por un segundo, su mirada bajó lentamente hacia mis labios, aunque aquello bastó para acelerarme el pulso .
— Has tenido suerte .
Nos quedamos allí de pie, uno frente al otro, con el ambiente cargado y denso a nuestro alrededor. Aiden estaba sujetando despreocupadamente un trapo sucio, y parecía tenso, pero estaba inclinado hacia mí como si fuéramos los polos opuestos de dos imanes, atrayéndose inevitablemente .
Pude sentir el calor que desprendía su cuerpo. Pude distinguir el ligero aroma de su colonia por debajo del olor a aceite de motor y sudor. Me estaba mirando como si quisiera añadir algo más, pero entonces pareció pensárselo mejor .
— Deberías haberme llamado —murmuró, y su voz sonó un poco más grave que antes, pero también más amable, lo que hizo que me diese un vuelco al corazón .
— ¿Y perderme este sermón? —Lo dije de broma, y mis palabras contrastaron con mi corazón, que latía con fuerza .
Sus labios se curvaron apenas, sin llegar a formar una sonrisa, antes de que su mirada regresara a mi boca .
Se acercó un paso a mí y su mano rozó la mía, aunque no por accidente.
Me recorrió los nudillos con el pulgar, con una caricia lenta, antes de volver a dejar caer la mano a un costado.
Después se inclinó hacia mí, lo justo para hacerme contener la respiración, lo justo como para incitarme a pensar que iba a besarme .
Me clavé los dedos en los costados y el espacio que nos separaba se fue reduciendo lentamente .
Y entonces ...
Un rugido sordo retumbó desde la calle .
Las luces de unos faros iluminaron el camino de la entrada, rompiendo el hechizo .
Aiden apretó la mandíbula con fuerza. Se volvió hacia la calle, hacia donde la gravilla crujía bajo las ruedas de la moto de Rook al subir por el camino de la entrada, y el momento que habíamos estado a punto de compartir se desvaneció como si nunca hubiera existido .
Pero yo sabía que sí que había ocurrido .
Rodé sobre la cama, acurrucándome sobre el pecho de Aiden como si lo hiciera todos los días, pero, claro, entre nosotros todo era siempre así, natural.
Pude oír el latido firme de su corazón bajo mi oído, cálido y sólido, y, cuando alcé la mirada hacia su rostro, lo vi jugueteando distraídamente con el piercing que tenía en el labio inferior, mordiéndoselo con suavidad, como hacía siempre que le daba vueltas a algo.
—¿Esa noche ibas a besarme? —La voz me salió mucho más débil de lo que pretendía; no podía quitarme ese recuerdo de la cabeza.
Aiden soltó una carcajada, profunda y relajada, que me recorrió el cuerpo entero.
—Vas a tener que especificar un poco más, Psycho. Creo que he tenido que contenerme para no besarte en miles de ocasiones.
—La primera vez.
—Ahh, la noche que volviste a casa andando del bar y me enfadé contigo por no haberme pedido que fuera a buscarte. —Me recorrió el brazo con el pulgar, distraído pero a la vez absorto en el recuerdo.
—Oye, mi móvil estaba muerto. No podría haberte llamado ni aunque hubiera querido.
Sus labios se curvaron hasta formar una sonrisa lenta y cómplice.
—Tu teléfono siempre está sin batería. Para ser una friki de la tecnología, se te da fatal eso de cargar tus dispositivos.
—¿En serio acabas de llamarme friki?
—Sí, porque eres la friki de los ordenadores más adorable que conozco.
Me incorporé sobre el colchón, y el calor entre nosotros fue en aumento, como si los dos estuviésemos conteniendo la respiración. Bajé los labios hacia los suyos y, al principio, los rocé con suavidad, tanteando el terreno, disfrutando del ligero sabor a menta que los impregnaba.
—No me puedo creer que haya tenido que esperar tantos años para hacer esto —murmuró contra mi boca, y su aliento cálido se deslizó por mis labios.
—Y yo no me puedo creer que hayas esperado tantos años para hacerlo.
Deslicé las piernas a cada lado de sus caderas, le rocé la cintura con las rodillas y el deseo fue creciendo lentamente entre nosotros. Me incliné de nuevo hacia él y oí que crujía algo entre los dos.
Aiden enarcó las cejas. Yo alcé las mías incluso más. Metí una mano entre nuestros cuerpos y la deslicé hacia el interior del bolsillo delantero de su sudadera.
—¿Me has traído M&M’s? —le pregunté, sonriendo de oreja a oreja, como si acabara de confesarme algo escandaloso.
—Pues claro. —La misma sonrisa lenta y socarrona de antes volvió a extenderse por su rostro—. Sabía que cuando terminaras de devorarme, te entraría hambre. Lo que no imaginaba es que te ibas a poner a hurgar en mi ropa como un mapache salvaje.
—Qué borde. —Sonreí—. Has estado hablando con Mason, ¿a que sí?
Aiden se limitó a sonreír y a echarme unas cuantas bolitas de chocolate en la mano.
—Considera esto tu momento de película romántica.
—En ninguna de las películas románticas que he visto el chico le dice a la chica que es como un mapache salvaje.
No me dio tiempo a añadir algún comentario burlón sobre los M&M’s porque sus manos bajaron a toda prisa hacia mi cintura, y me abracé a él hasta pegarme a su cuerpo. Su boca encontró la mía de nuevo, en un beso lento y hambriento, como si llevase años deseando besarme así.
Pero entonces se quedó helado.
—¿Qué pasa? —pregunté susurrando contra sus labios.
Aiden ladeó la cabeza, escuchando atentamente. Su expresión cálida se desvaneció, reemplazada por una de concentración absoluta.
—Sube alguien —murmuró.
Antes de que pudiera asimilar lo que estaba pasando, se incorporó de golpe, clavándome los dedos en la cintura mientras me sostenía con fuerza.
—¿Es que crees que Rook va a entrar aquí pegando gritos o algo así? —le pregunté en voz baja, sin poder contener una suave risita—. A lo mejor se ha enterado de lo nuestro y está subiendo para patearte el trasero.
Aiden bajó las piernas de la cama, cargando conmigo cuando se puso de pie.
—Menuda psicópata estás hecha. ¿Eso te parecería gracioso?
—No —respondí con sinceridad—. Pero sí que me parece gracioso que le tengas tanto miedo a mi hermano.
—No le tengo miedo. Al menos, no en el sentido de «ay, me va a dar una paliza», pero no te olvides de que mi vida no es como la tuya. Yo nací sin nada, sin familia, sin hogar, sin dinero. Tuve que luchar por tener lo que tengo ahora, y solo con un paso en falso podría perderlo todo.
—No, eso no es cierto —respondí, apoyando los pies con delicadeza en el suelo cuando Aiden me dejó junto a la puerta—.
Solo porque no nacieses dentro de nuestra familia, no significa que lo que Rook y tú habéis construido no sea tan tuyo como suyo.
Ninguno de los dos heredasteis este negocio, Aiden, ambos tuvisteis que dejaros la piel por esta vida.
¿Por qué crees que Rook tiene más derecho que tú a conservarla?
—Porque... —susurró Aiden, mientras prestaba atención a los pasos que recorrían el pasillo— fue Rook quien empezó todo esto y quien me permitió ayudarlo. Yo no valía nada, no era nadie, y, aun así, él me dio una oportunidad, me dejó unirme a él.
—Tienes que...
Aiden se irguió de repente, fulminándome con la mirada e interrumpiéndome al mismo tiempo que la voz de Regan resonaba al otro lado de la puerta.
—Evie, ¿estás ahí dentro? Necesito que me devuelvas la camiseta azul que me pediste prestada la semana pasada —me gritó a través de la madera.
Aiden retrocedió un paso, alejándose de la puerta, hasta esconderse en el interior del armario. Alargué una mano para coger la camiseta azul de Regan justo antes de que ella abriese la puerta.
—Evie, ¿estás...? —volvió a gritar, adentrándose en mi habitación y deteniéndose de golpe al verme—. Hey, ¿tienes la camiseta que te digo?
Sonreí y se la tendí.
—¿Es que tienes una cita con un tío buenorro?