Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y cuatro
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Treinta y cuatro

Evie

Al día siguiente, el resto del grupo me acribilló a preguntas.

Aunque solo pude responder a la mitad.

—No sé qué deciros —dije, repitiéndome mientras nos apiñábamos alrededor del sofá que había en la parte trasera de Maverick Moto—.

Anderson parece un chivato, pero no creo que haya sido él quien nos ha estado amenazando.

Si acaso, podría haber sido su jefe, pero, desde luego, no me lo imagino haciendo algo así.

—¿Y si resulta que sí que ha sido él? Podríamos matarlo ahora y preocuparnos por si es culpable o no más tarde —comentó Kane, y su imponente figura me obligó a alzar la vista para poder mirarlo a los ojos.

No sé cómo narices había acabado en una sala rodeada por unos enormes asesinos tatuados, pero aquí estábamos.

Aiden ya estaba negando con la cabeza antes de que pudiese decir nada.

—No, por lo que acaba de decir Evie, Anderson le dejó caer que había alguien mucho más peligroso que él yendo a por nosotros. Puede que Anderson no fuera más que el mensajero, pero no creo que matarlo vaya a servir para acabar con las amenazas.

—Pues entonces tenemos que capturarlo y animarlo a que nos cuente quién es su jefe. Listo, muy fácil. —Hero se frotó las manos como si acabase de resolver aquel dilema en tan solo unos segundos.

—No es tan sencillo. —Rook se cruzó de brazos—. Si no nos lo cuenta, entonces volveremos a la casilla de salida, sin pistas y con un montón de amenazas cerniéndose sobre nuestras cabezas.

—Pero si nos lo cuenta podremos ir directamente a por la fuente.

Todos se quedaron callados, y un silencio inquieto nos envolvió mientras paseábamos la mirada por la estancia, observándonos atentamente los unos a los otros.

Había repasado mentalmente la conversación que había mantenido con Anderson en el baño, una y otra vez, para tratar de encontrar alguna pista que pudiera sernos útil, pero no había sacado nada en claro.

—Tenemos que esperar antes de ir a por él —dijo Rook—.

Evie, investiga un poco más a Anderson para ver si encuentras más información sobre con quién podría estar trabajando y, mientras tanto, los demás tenemos que asegurarnos de poner nuestros asuntos en orden.

Se nos están empezando a acumular los encargos y deberíamos ponernos manos a la obra con ellos.

—La Orden —susurré. Aquel recuerdo me golpeó de lleno, con tanta fuerza que tuve que recostarme en una moto—. ¡La Orden! —solté, prácticamente a gritos esta vez.

—¿Qué? —preguntó Aiden.

—Justo antes de que irrumpieras en el baño hecho una furia, Anderson me dijo algo sobre un grupo llamado la Orden. Dijo que me estaban vigilando.

Todas las miradas se posaron entonces sobre mí, atónitas ante la importancia de aquella revelación. Rook apretó la mandíbula con fuerza.

—¿La Orden? Eso sí que podría ser una pista.

Hero se recostó en su asiento, masajeándose las sienes.

—¿Y dices que te están vigilando? Creo que, si tenemos a un acosador entre manos, eso lo cambia todo.

Tragué con fuerza; la cabeza me iba a mil por hora.

—Tenemos que averiguar quién está detrás de todo esto antes de hacer nada. Yo me encargo de ver qué puedo averiguar sobre ellos.

—Pues entonces tenemos que empezar a investigar hoy mismo, y esta vez en serio. Se acabaron los retrasos. —Rook asintió con la cabeza y esperó a que los demás le mostraran su acuerdo.

Todos parecían inquietos, y yo tuve que contenerme para no poner los ojos en blanco.

Porque eso era justo lo que me faltaba.

Una misteriosa organización fantasma que me estuviera persiguiendo y tal vez me quisieran muerta, como si mi vida no fuese ya lo bastante complicada.

Me tuve que pasar el resto del día trabajando y tratando de averiguar quién podía estar detrás de las amenazas.

En ese momento, me bajé de un salto de la moto de Aiden cuando llegamos a nuestra siguiente parada de la jornada.

Habíamos tenido que ir a un local a dejarle a uno de nuestros clientes, un empresario corrupto y cabreado que había perdido un cargamento enorme de diamantes robados, una carpeta con toda la información que habíamos logrado recopilar sobre su caso.

La carretera estaba desierta, pero sabía que Mason y Hero no debían de estar muy lejos, porque nunca solíamos venir solos a esta clase de encargos.

Aiden se subió la visera del casco y las llamas que ardían tras sus ojos azules me dejaron helada.

—No sé qué es peor, si saber que estás justo detrás de mí y que no puedo tocarte, o saber que en realidad sí que puedo hacerlo.

Esbocé una sonrisa divertida cuando sus manos se deslizaron alrededor de mi cintura, atrayéndome hacia él, sin bajarse de la moto. Se inclinó hacia mí para darme un beso en el casco con una sonrisa torcida.

—Oye, ¿no es hoy cuando tienes tu noche de películas cursis?

Lo observé con los ojos entrecerrados, sin molestarme en moverme ni un ápice, mientras él me atraía un poco más hacia sí.

—Puede. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque quiero unirme. Quiero ver qué clase de películas adora en secreto mi psicópata favorita.

—¿Sigue siendo un secreto o ya se lo has contado al resto del grupo?

—Ya te dije que no se lo iba a contar a nadie. Ahora nos guardamos los secretos el uno al otro, y este no es una excepción. Pero solo porque quiero a la Evie dulce, llorona y sentimental toda para mí.

Le di un golpe en el brazo, pero Aiden se limitó a darme un suave apretón en la cintura.

—Si aparece alguno de los chicos y nos ve así, va a pensar que pasa algo entre nosotros —le dije en un susurro.

Aiden se encogió de hombros.

—Sería peor si nos pillasen contigo sentada a horcajadas sobre mi regazo, encima de mi moto. Esto, como mucho, les haría levantar una ceja.

—Vaya, Ace, te estás convirtiendo en todo un rebelde. Lo siguiente será que quieras gritar a los cuatro vientos lo que estamos haciendo.

Fue a responder algo, pero el sonido de un par de motos acercándose a nosotros lo interrumpió. Me limité a sonreír antes de bajarle la visera de un manotazo justo cuando Hero y Mason aparcaron a nuestro lado.

Tardamos unos veinte minutos en entrar en el local, entregarle al hombre su carpeta y volver a casa.

Una vez en el garaje, mientras los demás apagaban los motores y se quitaban los cascos, Aiden me agarró del brazo con firmeza.

—No lo olvides, noche de cine. No cierres la puerta con llave —susurró.

—¿Y si lo hago?

Puso una sonrisa engreída.

—No captaré la indirecta y me colaré en tu cuarto de todos modos.

Le di un golpecito en el brazo antes de apartarlo y encaminarme hacia el interior de la casa, sin detenerme hasta que me refugié en mi cuarto.

Las almohadas me engulleron cuando me recosté en la cama. El pomo de la puerta se movió en silencio y esbocé una sonrisa triunfal al ver que no giraba con facilidad.

Oí una serie de murmullos procedentes del otro lado de la madera, seguidos por el leve roce de algo metálico deslizándose en el interior de la cerradura.

Después de un minuto, la puerta se abrió con un chasquido.

Los ojos de Aiden se encontraron con los míos de inmediato, robándome el aliento.

Llevaba puesta una sudadera negra, con la capucha echada sobre la cabeza, dejando asomar su cabello rubio oscuro.

El negro intenso de la tela resaltaba sus ojos azules eléctricos.

Su ceño fruncido y el piercing que tenía en el labio completaban el atuendo, dándole el aspecto de un hombre peligroso y letal que parecía estar a punto de lanzarse de cabeza a una pelea y que, sin embargo, se estaba adentrando en mi habitación y encaminándose hacia mi cama como si fuera el dueño de aquel lugar.

—¿En serio? —preguntó, conteniendo una sonrisa—. Has cerrado la puerta con llave.

—A ver, no podía ponerte las cosas tan fáciles.

Aiden sacudió la cabeza antes de dejar un par de latas de refresco sobre mi mesilla y tirarse en la cama a mi lado, envolviéndome entre sus brazos.

—Aquí estoy yo, intentando darte un momento típico de película romántica y vas tú y me cierras la puerta con llave, obligándome a forzar la cerradura como si fuese un delincuente.

—Es que eres un delincuente —respondí, ahogando una risa en la manga de mi sudadera.

—En eso tienes razón.

Puse la película y me acurruqué contra su cuerpo sin decir nada. Por algún motivo, no tenía ganas de hablar. Lo único que quería era disfrutar de ese momento y grabármelo a fuego en la memoria.

Al parecer, Aiden sentía lo mismo, porque me atrajo hacia su pecho y me abrazó con fuerza, apoyando la cabeza sobre la mía.

Aquello me recordó uno de los primeros momentos que había pasado con él, uno que tenía grabado a fuego en la memoria. Una noche de hacía ya unos años, que había rememorado ya tantas veces que había acabado perdiendo la cuenta.

La cálida brisa me acarició la piel mientras regresaba a casa, después de que mi supuesta amiga me hubiera abandonado en el Hellfire y me hubiese obligado a volver sola. La ira ardía con fuerza en mi pecho. No vivíamos en la zona más segura de la ciudad, y ella lo sabía .

Doblé la esquina y subí por nuestro estrecho y agrietado camino de la entrada, y la ira que sentía se acabó convirtiendo en algo muy distinto .

Aiden estaba de pie frente a la puerta entreabierta del garaje, inclinado sobre su moto.

El sudor le marcaba los músculos de la espalda, delineándole la curva de la columna.

Tenía manchas de grasa por todo el brazo y el abdomen.

Mientras trabajaba, la tenue luz del garaje incidía sobre el ángulo marcado de su mandíbula, lo que le daba un aire ciertamente peligroso .

Al principio, no me oyó llegar, pero, cuando mis botas golpearon el suelo de cemento, se volvió hacia mí como un resorte .

— ¿Evie? ¿Qué cojones...? ¿De dónde has salido? —Echó un vistazo a mi espalda, pero yo sabía que lo único que encontraría ahí detrás sería oscuridad .

— Del Hellfire —dije, desanimada .

— Sí, ya sabía que habías salido del infierno. Me refería a cómo has llegado hasta aquí. No he oído ningún coche .

— Porque he vuelto andando .