Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y tres
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Treinta y tres

Aiden

Evie era un puto peligro.

Sus manos se enredaron con las mías, ansiosas, impacientes, atrayéndome hacia ella. El calor que había entre nosotros era insoportable; su tacto era como una descarga eléctrica, directa a mi sistema nervioso.

En cuanto mis vaqueros y mi ropa interior cayeron al suelo con un ruido sordo, Evie se incorporó en el asiento, y su mirada me recorrió de arriba abajo, como una caricia.

La tenue luz que se filtraba a través de las grietas de las paredes de la nave proyectaba suaves sombras sobre nuestros cuerpos, y sus manos se apresuraron a recorrer el mismo camino que sus ojos sobre mi piel.

Me estremecí bajo su contacto, porque la sensación me tranquilizó y me consumió a la vez.

Evie se acercó un poco más a mí, cálida e insistente.

—Ni se te ocurra parar ahora. Necesito más.

Joder. Yo también la necesitaba. Más de lo que podría expresar jamás con palabras. Más de lo que me gustaría admitir.

Me coloqué entre sus muslos, posicionando la gruesa punta de mi polla contra su entrada, provocándola. Evie gimió con fuerza y trató de atraerme hacia ella, apretando las piernas alrededor de mi cintura.

—Paciencia, Psycho.

Clavó las uñas en el asiento y frunció el ceño.

—Llevo mucho tiempo siendo paciente. Así que se acabó el esperar, y, como no me folles ahora mismo, te prometo que me pondré a gritar.

Esbocé una sonrisa burlona, pero no me moví de inmediato. En cambio, recorrí lentamente sus muslos con los dedos, con el corazón latiéndome a toda velocidad al darme cuenta de lo que estábamos haciendo.

Evie estaba recostada sobre mi moto. La misma moto en la que la había llevado cientos de veces, la misma sobre la que se había abrazado a mí en infinidad de ocasiones, pero esta vez no había nada que nos separase. Ninguna chaqueta, ninguna excusa. Tan solo estaba ella.

Y era mía.

—Podemos hacerlo sin condón, ¿verdad? —le pregunté en un susurro, mientras le apartaba un mechón de la cara en una caricia.

—Sí —respondió—. Tomo la píldora y estoy limpia.

—Yo también estoy limpio.

Con eso bastó para que no pudiese pensar en otra cosa que no fuese en ella, porque en ese momento no me importaba nada más.

Le había subido la falda hasta la cintura, apartándola de mi camino, dejándola completamente expuesta y desnuda frente a mí. Tenerla allí, así, hizo que algo se afianzara en mi pecho, algo para lo que todavía no encontraba palabras.

Las comisuras de mis labios se elevaron lentamente.

—Qué exigente.

Y, dicho eso, empujé hacia delante, lentamente, disfrutando de la forma en que su cuerpo se tensó a mi alrededor, de cómo se le entrecortó la respiración y de cómo nuestras miradas se encontraron, con los ojos bien abiertos por el deseo.

Años. Habían sido años de tensión, de deseo, de fingir que no era esto lo que quería.

Pero ahora aquí estaba ella y aquí estaba yo, enterrado en su interior, y nada me había hecho sentir tan jodidamente bien como aquello.

Evie me clavó los talones en la espalda, obligándome a hundirme un poco más en su interior.

Y después se arqueó, su cuerpo me acogió, arrastrándome hacia dentro, hasta que quedé completamente envuelto por su calor.

Me clavó las uñas en la espalda, arañándome la piel con la suficiente fuerza como para hacerme daño, como para dejarme marca.

—Más fuerte —me exigió, jadeante y desesperada.

Le di lo que quería, embistiéndola con una fuerza que nos llevó a los dos a la locura.

La nave destartalada se llenó del sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, de los jadeos agudos que Evie no lograba contener.

Se incorporó un poco más en el asiento, con el trasero todavía apoyado sobre el cuero, y se abrazó a mí.

Me mordió el hombro con fuerza y el agudo pinchazo de dolor me provocó una descarga de placer que me recorrió de arriba abajo.

—Eso es, cariño —gruñí—. Márcame. Demuéstrale a todo el mundo que soy tuyo.

El gemido que escapó de sus labios recorrió mi piel y desató otra oleada de calor posesivo que se enroscó en mis entrañas.

Me lamió con fuerza el cuello, arqueando el cuerpo contra el mío mientras sus paredes se contraían a mi alrededor.

Solté un gruñido grave, y ralenticé un poco el ritmo al notar que el placer iba en aumento, mientras mi cuerpo perseguía lo inevitable.

—Aiden —jadeó, clavándome las uñas en las caderas—. Estoy cerca. Muy cerca.

La embestí con más fuerza, llegando mucho más hondo, y deslicé una mano entre nuestros cuerpos, presionándole el clítoris con firmeza.

—Córrete para mí —le ordené, con voz ronca—. Ni se te ocurra seguir haciéndome esperar para oír cómo te corres conmigo dentro.

Y eso fue lo único que hizo falta.

Evie se estremeció entre mis brazos, su cuerpo se contrajo alrededor de mi miembro con tanta fuerza que me lanzó por el precipicio, justo detrás de ella.

La embestí por última vez, y un gruñido grave me subió por la garganta mientras me corría en su interior.

El placer era demasiado; demasiado intenso, demasiado bueno, joder.

Enterré mi rostro en el hueco de su cuello, inhalando su aroma, sintiendo cómo temblaba bajo mi cuerpo, a mi alrededor, conmigo.

Aún no estaba listo para moverme, para soltarla.

El silencio que reinaba en el interior de la nave fue como un jarro de agua fría, devolviéndome al presente.

Evie era mía, tal y como siempre había deseado.

Me aferré a ella con más fuerza, respirando su aroma y grabándome a fuego aquel momento en la memoria.

Pero al final tuve que soltarla.

Permanecimos enredados unos minutos más, respirando lentamente, recobrando el aliento. Escondí mi rostro en su cuello, deleitándome en su calor y en la sensación de sus dedos recorriéndome el pelo.

Me eché ligeramente hacia atrás, pero sin alejarme demasiado de ella, mientras regresábamos lentamente al presente y a la nave ruinosa en la que nos encontrábamos. Su piel desnuda se fundía con la mía, cálida y con aroma a gasolina y a tierra húmeda. Evie se puso tensa, pero no se alejó de mí.

Por un momento, me permití disfrutar de la sensación de tenerla entre mis brazos, me deleité en cada segundo de ese momento, disfrutando de su olor, del peso de su cuerpo contra el mío, de tenerla por fin donde siempre había soñado. No solo sobre mi moto, sino a mi lado.

La abracé con más fuerza cuando el pánico amenazó con apoderarse de mí. Porque cabía la posibilidad de que no pudiera volver a tenerla de esta forma nunca más.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó, con un tono mucho más afilado del que habría esperado viniendo de ella.

El peso de las consecuencias de lo que acabábamos de hacer se cernía sobre nosotros.

Dejé caer la frente contra la suya durante un segundo, nuestras respiraciones se acompasaron y nuestros cuerpos permanecieron enredados, después de haber hecho algo que los dos sabíamos que jamás podríamos deshacer.

Lentamente, salí de su interior y me alejé de ella, a regañadientes, pero sabía que no podíamos quedarnos así para siempre.

El aire frío de la nave nos acarició la piel sudorosa, haciendo que Evie se estremeciera.

Cogí mi chaqueta de cuero, que yacía en el suelo, y se la coloqué sobre los hombros, antes de volver a agacharme a por mis vaqueros.

Ella me observó atentamente, con una expresión ininteligible, los labios hinchados después de tanto besarnos y el cabello hecho un desastre por mi culpa.

No pude evitar una sonrisa engreída al verla, y una sensación cálida y agradable se extendió por mi pecho.

—Estás hecha un desastre, Psycho.

Evie puso los ojos en blanco, pero había cierta calidez en el gesto, una dulzura de la que nunca había sido testigo viniendo de ella.

—Tú tampoco estás mucho mejor que digamos.

La atraje de nuevo hacia mí y le di un beso rápido y brusco, antes de ayudarla a bajar de la moto. Evie se tambaleó ligeramente al apoyar los pies en el suelo, y yo me apresuré a enderezarla, sin poder evitar que se me escapase una suave carcajada.

—¿Te tiemblan las piernas? —bromeé—. Nunca pensé que fueras a ser de las que me hiciesen esa clase de halagos.

Ella soltó una carcajada burlona y me dio un puñetazo en el brazo.

—Cierra el pico.

Me pasé la mano por el pelo, todavía intentando asimilar lo que acabábamos de hacer, y lo que eso significaba.

Evie estaba de pie frente a mí, bajándose la falda, y le temblaban ligeramente los dedos mientras intentaba adecentarse un poco. Pero la forma en que le temblaban las manos lo decía todo. Ella también lo había sentido. Que algo había cambiado entre nosotros.

Observé cada uno de sus movimientos, cada temblor que le sacudió las piernas, y escuché atentamente cada respiración entrecortada que surgía de entre sus labios.

Aquello era el cielo, y me preocupaba no saber qué estaría dispuesto a hacer o a qué estaría dispuesto a renunciar para volver a tenerla así.

Evie me pilló mirándola, y me devolvió la mirada, cruda, sincera, de una forma a la que no estaba acostumbrado. Después alargó una mano hacia mi rostro, recorriéndome la mandíbula con dulzura, con una caricia vacilante aunque decidida.

—¿Y ahora qué? —me preguntó en un murmullo, en apenas un susurro.

Suspiré lentamente, recorrí su muñeca en una caricia, antes de darle la mano y llevarla hacia mi pecho, donde mi corazón latía con fuerza.

—¿Ahora? Ahora te voy a llevar a casa antes de hacer algo imprudente, como negarme a dejarte marchar.

Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa cómplice.

—Creo que ya has hecho algo bastante imprudente esta noche.

Me reí y le metí un mechón rebelde tras la oreja.

—¿Ah, sí? ¿Y te arrepientes?

Su mano se cerró con fuerza alrededor de la mía.

—No. ¿Y tú?

Negué con la cabeza y mi sonrisa se dulcificó.

—Ni siquiera un poco.

Permanecimos así durante un momento, los dos negándonos a alejarnos del otro, a romper el hechizo que se había apoderado de nosotros.

Pero entonces, tras darle un último apretón suave en la mano, me volví hacia mi moto y me subí, antes de darle un par de golpecitos suaves al asiento de cuero a mi espalda.

—Vamos, ángel. Ya sabes cómo va esto.

Evie vaciló un momento antes de acercarse a mí y subirse también, pasando una pierna por encima del asiento.

Me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la barbilla sobre mi hombro.

Yo respiré hondo, disfrutando de la sensación de tenerla pegada a mi espalda, como siempre hacía, antes de que nos pusiéramos los cascos.

Subí el caballete de la moto de una patada, arranqué el motor y pude sentir que este se despertaba bajo nuestros cuerpos, vibrando con fuerza.

—¿Lista?

Evie se abrazó a mí más fuerte.

—Sí.

Salimos de la vieja nave desvencijada y el rugido del motor retumbó con fuerza en medio de aquellas calles desiertas.

El viento nos sacudió la cara, mordiéndonos la piel desnuda, y no pude evitar una sonrisa engreída.

El corazón seguía latiéndome acelerado, por culpa de la adrenalina y del recuerdo de sus caricias, de su sabor, de ella en general.

Evie suspiró a mi espalda, y el sonido estaba impregnado de algo salvaje, temerario..., libre.

—¿Tan bien lo he hecho, eh?

Me dio un pellizco en el costado como respuesta.

—Céntrate en conducir, Ace.

Aceleré a fondo, lanzándonos a toda velocidad por la carretera.

Las consecuencias de la noche, de lo que había ocurrido, y de todo lo que estaba por venir, podían esperar.

En este momento solo estábamos los dos. Solo estaba ella, subida a mi espalda, sobre mi moto, sujetándose a mí como si no quisiera soltarme jamás.

Y supe que estaba jodido, porque yo tampoco quería que me soltase nunca.