Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y dos #2
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Treinta y dos #2

—Imbécil —dije, con la cara a tan solo unos centímetros de la suya, y la atracción que compartíamos tirando de mí hacia él, como si fuera inevitable.

Aiden parecía cansado, como si la ira que había visto reflejada antes en su mirada hubiese desaparecido y se hubiese visto reemplazada por la expresión de un Aiden que llevaba semanas sin dormir—.

¿Fuiste tú quien me arrastró hacia el bosque en el cumpleaños de Hero?

Dejó caer la cabeza ligeramente.

—Sí.

—¿Por qué?

—Quería una noche para ser como tú —respondió, en apenas un susurro.

Alzó una mano hacia mi barbilla. Sus dedos me recorrieron la mandíbula en una caricia tan suave que no pude evitar inclinarme hacia él.

Noté que se me encogía el corazón ante aquella confesión tan dulce, por extraña que fuera—.

Sin que nada me preocupase, en la que las normas no importasen y pudiese hacer justo lo que más quería.

—¿Y qué te pareció?

—Joder, fue increíble. Al día siguiente tuve ganas de matarme, pero llevo queriendo repetir esa noche mil veces más desde entonces.

—Y cuando me llevaste al cementerio, ¿por qué no hiciste nada después?

—Técnicamente sí que lo hice. —Sonrió—. Mi moto pagó el precio, pero al menos hubo algo más.

Los dos bajamos la mirada hacia la Cbr antes de que se nos escapara una carcajada.

El sonido se acabó desvaneciendo, pero su sonrisa no.

Mantuvo esa sonrisa, arrogante y devastadora, que siempre me dejaba sin aliento.

Sus ojos descendieron lentamente hacia mis labios, y el corazón me traicionó, latiendo acelerado en mi pecho, porque lo necesitaba más cerca.

Deseaba que perdiese el control de una vez.

—Aiden —jadeé, y una oleada cálida se asentó en mi pecho—, como no cumplas lo de romper todas las reglas y besarme de una vez —me acerqué un poco más a él, bajando la voz y adoptando un tono desafiante—, te juro por nosotros que te arruinaré la vida.

Estaba tan cerca de conseguir aquello que siempre había deseado, al hombre que me hacía sentir de todo, que conocía mi caos de primera mano y que nunca se encogía ante nada... Él era la calma para mi ira.

—Vas a arruinarme la vida haga lo que haga.

—¿Sabes? Creo que estoy enfadada contigo.

—No esperaría menos de ti, pero ¿por qué?

—Porque me has hecho esperar años para esto. Años que podríamos haber aprovechado de otro modo, pero en cambio decidiste torturarme cada segundo de cada día. Y eso me da ganas de gritar de rabia.

—Pues grita, ángel. Porque pienso tragarme cada uno de tus gritos —respondió, rodeando la moto.

Apenas tuve tiempo para respirar antes de que sus labios se estrellasen sobre los míos, robándome el aliento.

Se me escapó un jadeo, que acabó engullido por el calor de su boca, mientras me empujaba contra la moto.

Sus manos, fuertes y exigentes, se deslizaron por mi piel, dejando un rastro de fuego a su paso.

Se me disparó el pulso del todo, y me rendí por completo a él.

Aquello no era un simple beso, era una colisión.

Una rendición temeraria a la tensión que llevaba ardiendo entre nosotros desde hacía demasiado tiempo.

Me aferré a su camiseta con fuerza mientras el mundo que nos rodeaba se difuminaba.

Todos mis sentidos se vieron consumidos por él, por su sabor, por su olor a cuero y algo más oscuro, por la forma en que su agarre se volvió mucho más fuerte, como si le aterrase la posibilidad de que fuese a desaparecer en cualquier momento.

Cuando entreabrió los labios, dándome acceso a su boca, devorándome, un escalofrío me bajó por la columna.

Se me escapó un gemido ahogado, y el gruñido ronco que me ofreció él como respuesta casi hizo que me flaquearan las rodillas.

Y así, sin más, estaba perdida, dejándome llevar por él, por esa tormenta de todo lo que jamás había visto venir, pero sin lo que ya no me podía imaginar viviendo.

Entonces por fin se alejó de mí, sin aliento, y con una sonrisa tirando de las comisuras de sus labios, mientras yo luchaba por recuperar el control de los míos.

—Mi pequeña psicópata caótica. —Dejó caer la frente contra la mía, y soltó un largo suspiro—.

Parece que, cuando estoy contigo, yo también me convierto en un psicópata caótico —susurró—.

Porque, la otra noche, cuando llevé a esa chica a casa conmigo, lo hice para intentar alejarte de mí, y lo único que se me ocurrió fue eso, obligarte a ser tú la que se apartase, porque yo nunca seré capaz de alejarme de ti.

Lo que creo que queda más que demostrado por el hecho de que esté aquí ahora mismo, contigo.

No puedo seguir dando vueltas a tu alrededor, intentando poner distancia entre nosotros, tratando de convencerme de que tengo que seguir adelante y olvidarme de esto, vivir mi vida como si nada, porque la normalidad es una mierda.

—Vaya, adelante, no te cortes, suéltalo todo —dije. La forma en que me estaba mirando, sin filtros y con intensidad, era algo para lo que no estaba preparada. Mi cerebro se quedó en blanco, se me aceleró el pulso y, por primera vez en mi vida, no tenía ni idea de qué se suponía que debía decir.

—A lo que me refiero es que me he pasado los últimos años deseándote cada puñetero día de mi vida, y es evidente que no voy a dejar de desearte nunca.

Porque nadie se te compara, Evie. Nadie me conoce como tú.

Así que no tiene sentido volver a lo de antes cuando era una maldita tortura, cuando estar contigo es como volver a respirar después de llevar años ahogándome.