Treinta y dos
Evie
La lluvia había arreciado, y hacía tanto frío que me calaba hasta los huesos, empapándome la camiseta. Las gotas se deslizaban por mi espalda, cada una provocándome un pequeño escalofrío que no podía hacer nada por ocultar. Aiden me había subido a la moto y había arrancado a toda velocidad.
Me seguía doliendo el brazo por donde me había agarrado Anderson, y sentía el rostro ligeramente entumecido allí donde me había asestado un codazo. El olor a sangre falsa impregnaba la tela de mi camiseta y me preocupaba que fuera a quedarse ahí para siempre.
Ninguno de los dos dijo nada mientras Aiden se abría paso a través de la ciudad. De hecho, no habíamos hablado desde que me había sacado a rastras de ese baño.
Por fin, llegamos a una vieja nave que llevaba usándose desde mucho antes de que la ciudad colindante, Valeport, desarrollase su actual zona industrial.
Me quité el casco de un tirón, y se me cortó la respiración al notar que la llovizna me enfriaba el rostro acalorado.
Las gotas de lluvia se deslizaron por mis mejillas, pegándome el pelo a la cara y transformando la sangre falsa en delgados riachuelos sobre mi piel.
No fue mucho, pero al menos estaba un poco más limpia que antes.
Todo iba bien hasta que la sombra de Aiden se cernió sobre mí, lo bastante cerca para que el calor que emanaba de su cuerpo disipase el frío que se había apoderado del mío.
—¿Pero qué...? —pregunté, intentando sacudirme de encima la adrenalina—. ¿Para qué nos has traído aquí?
—Quería ir a algún sitio donde él no pudiera seguirnos o siquiera pensar en ello. ¿Es que preferirías que lo hubiese guiado, a él o a los suyos, hasta nuestra puerta? —Adoptó un tono similar al mío, afilado, aunque con un matiz un tanto burlón.
—¿Y este ha sido el único lugar que se te ha ocurrido?
¿Y no algún sitio seco y cálido? —Me abracé con fuerza.
En un primer momento, había planeado encontrar a Anderson y regresar después con los demás sin levantar sospechas, por lo que había dejado mi abrigo sobre mi asiento, así que esperaba que Harper o Regan se hubiesen acordado de recogerlo por mí.
Aiden se quitó la chaqueta de cuero y me la echó sobre los hombros. Pesaba, aún estaba caliente por el calor de su cuerpo y olía a humo y a cuero, como él. Me rozó la clavícula con los dedos al cerrarla alrededor de mi cuello, y el escalofrío que sentía se transformó en algo completamente distinto.
—Podemos entrar ahí.
—¿A la nave espeluznante, sin calefacción y cuyo techo se cae a cachos? Vaya, las cosas no hacen más que mejorar.
Aiden no respondió, simplemente se limitó a apartar una de las viejas puertas correderas para poder meter su moto dentro del edificio, pero yo me había quedado helada.
La sangre falsa resbalaba por mi pelo, disolviéndose con la lluvia, y observé atentamente que las gotas rojas se diluían al deslizarse por mi cuerpo, trazando riachuelos rosados por mi piel.
Aiden bajó el caballete de la moto y se sacudió el agua de encima, mientras echaba un vistazo a su alrededor.
—Tampoco se está tan mal aquí dentro. Al menos no nos mojaremos más.
—Ya, gracias —murmuré, aunque cuando entré en la nave ya me habían empezado a castañear los dientes y Aiden cerró la puerta con un estruendo, aislándonos del resto del mundo.
Entonces se volvió hacia mí e hizo una mueca antes de acercárseme con paso firme.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Estás herida?
—No, estoy bien.
—Estás cubierta de sangre. ¿Es suya?
Bajé la mirada por mi cuerpo y me fijé en que la mayoría de la sangre falsa ya había desaparecido gracias a la lluvia.
—¿Esta? No, es... Bueno, el caso es que me quedé atrapada en un armario y no encontraba el interruptor para encender la luz.
Y entonces, cuando estaba buscándolo a tientas, digamos que...
me tropecé y me caí contra una estantería que, al parecer, estaba llena de cubos de pintura roja, o, bueno, más bien de lo que ahora sé que era sangre falsa.
El rostro de Aiden seguía arrugado por la preocupación, pero una sonrisa divertida se fue apoderando lentamente de su expresión.
—¿Te caíste y te echaste un montón de sangre falsa encima?
—Sí, y como se te ocurra reírte te juro que te mato. Seguro que estoy ridícula.
—Estás...
Lo fulminé con la mirada. Mi ceño fruncido bastó para interrumpirlo.
—Preciosa, Evie. Iba a decir que estás viva y preciosa. Me alegro de que la sangre no sea tuya. Prácticamente me ha dado un infarto cuando he entrado en ese baño y te he visto cubierta de sangre. Maldito sea Asher por tener esa mierda tirada por ahí, joder.
Cuando levanté una ceja, Aiden siguió hablando.
—La guarda por si las peleas no son lo bastante sangrientas. Echa un poco de sangre falsa por el ring para darle un poco más de ambiente al asunto, y entonces las apuestas suben, la gente se vuelve loca y el dinero fluye más rápido. Tiene guardada toda una reserva de sangre falsa por si acaso.
—Joder con Asher —murmuré, y sonreí al fijarme en cómo me estaba mirando Aiden.
—¿Estás...? —me preguntó—. Quiero decir que si estás tirándotelo.
Había utilizado a Asher para poner a Aiden celoso en más de una ocasión.
Y sabía perfectamente qué impresión podíamos dar cuando estábamos juntos, porque nuestras conversaciones eran siempre fáciles, coquetas y divertidas, pero nunca pensé que Aiden se creyera de verdad que había algo serio entre nosotros.
Me observó atentamente, mirándome a los ojos, y una oleada cálida me bajó por la columna ante su mirada implacable.
—¿En serio crees que me estoy acostando con Asher?
Aiden se quedó increíblemente quieto, observándome con los ojos entrecerrados, y su mirada bajó lentamente hacia mis labios, antes de regresar de nuevo hacia mis ojos.
—No, pero quería asegurarme.
—¿No deberías sentirte aliviado si me estuviera acostando con él? —Mi voz cobró un deje afilado, pequeño y cruel que no acababa de comprender del todo—. Piensa en cuánto trabajo te ahorrarías si fuera así. Dejaría de ser una carga para ti.
—No eres ninguna carga. Pero el tenerte cerca cuando sé que debería mantener las distancias contigo es lo más duro que he hecho en mi vida..., y ni siquiera lo hago bien.
Se acercó un paso a mí, y yo retrocedí hasta que me topé con el cálido metal de su moto. La lluvia golpeaba con fuerza el techo de la nave, con un rugido sordo y, de repente, tuve la sensación de que aquel lugar se nos quedaba demasiado pequeño.
Aiden me recorrió la mejilla con el pulgar, deslizándolo por mi piel, sobre el punto exacto en el que Anderson me había golpeado, era una caricia suave y cuidadosa. Me quedé inmóvil, mientras una extraña sensación cálida se abría paso por mi pecho, aliviando la tensión que lo oprimía.
—Eres una maldita distracción, Evie —dijo, en un susurro cortante.
—Y tú un cobarde, y creo que en realidad me odias —le solté, y odié la forma en que mis sentimientos se vieron reflejados en mis palabras. Estaba prácticamente a punto de echarme a llorar, e incluso se me rompió ligeramente la voz.
No quería que Aiden me odiase. No quería poner distancia entre nosotros o que acabáramos discutiendo.
Lo quería a él, y no estaba segura de que pudiésemos seguir estando tan cerca el uno del otro sin sucumbir a nuestros deseos. Cada segundo que pasaba a su lado, tenía la sensación de que el corazón estaba a punto de estallarme.
El dolor acabó transformándose en ira, y yo dejé que esta hirviese a fuego lento en mis venas, como siempre hacía, preparándome para atacar.
—No te odio, Evie, ni mucho menos.
—¿En serio? Porque lo único que haces es quejarte sobre tener que hacer de guardaespaldas. Es como si siempre estuvieses buscando una oportunidad para librarte de mí, para tomarte un respiro.
Se me acercó un poco más, y el calor que desprendía su cuerpo caldeó el ambiente. Mi cuerpo amenazaba con rendirse de un momento a otro, pero intenté resistirme.
—Pues claro que necesito un respiro de vez en cuando, pero no por tener que protegerte, sino por tener que mirarte.
Por tener que verte ligar con otros tíos.
Por tener que ver cómo te mueves y no poder tocarte como quiero hacerlo.
Por tener que ser testigo de todo lo que haces y olvidarme de que existe algo más en el mundo que no seas tú.
Así que sí, joder, claro que necesito un respiro de vez en cuando, pero no por las razones que tú crees.
Sus palabras me robaron el aliento, y no pude evitar preguntarme si estaría hablando en serio.
—No eres ninguna maldita carga. Lo que pasa es que siempre estoy buscando la manera de mantener las distancias contigo para no perder la puta cabeza por lo mucho que te deseo.
—Rodeó la moto y, por un momento, me pregunté si no se habría vuelto ya un hábito para él eso de poner distancia entre nosotros—.
Esa es la única carga que tengo en todo lo que tiene que ver contigo, y la única que siempre tendré porque jamás podré hacer nada para satisfacer mis deseos.
—Aiden, yo...
—No. No . No quiero oírlo. No quiero oírte decir nada sobre la mierda del chantaje, o sobre lo de salvarte, o sobre cómo esto no ha sido más que un juego para ti. Solo quiero que nos quedemos aquí, en silencio, hasta que amaine la lluvia.
El depósito se me clavó en las caderas cuando me incliné sobre la moto, acercándome a él, con el corazón latiéndome acelerado. ¿En serio tenía a Aiden delante de mí, diciéndome que me deseaba?
—Nunca me habías dicho nada de eso. Creía que para ti no era más que un enorme grano en el culo.
—Bueno, nunca he dicho que no lo fueras. —Puso una sonrisa divertida—. Pero tampoco es que pudiera explicarte por qué.