Ace & Ember (Los Mavericks 2) Treinta y uno
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Treinta y uno

Evie

Todos los que estaban allí parecían iguales: jóvenes, ambiciosos, peligrosos. Ninguno parecía la clase de hombre que podría haber cenado alguna vez con mis padres.

O que podría haberlos traicionado.

Así que si Jack Anderson estaba allí, desde luego, se estaba camuflando de maravilla.

Pero eso daba igual, lo encontraría. Salí al pasillo mientras sacaba la tableta que había escondido en el interior de mi chaqueta antes de salir de casa.

Me llevó tan solo cinco minutos infiltrarme en el sistema de vigilancia de Asher, y dos más iniciar una búsqueda de reconocimiento de rostros con un rango de edad aproximada.

Pasaron unos cuantos segundos hasta que oí una serie de pasos resonando en la distancia.

Cuando me di cuenta de que venían hacia aquí, contuve el aliento.

Me volví hacia la puerta que tenía a la derecha, probé a girar el pomo para ver si cedía y le di las gracias al universo cuando esta se abrió.

No quería que nadie del grupo se enterara de que estaba intentando encontrar a Anderson para interrogarlo a solas antes que nadie, al menos aún no.

Cerré la puerta con un suave chasquido y escuché atentamente hasta que oí que los pasos se alejaban por el pasillo.

La pantalla de la tableta volvió a iluminarse, había encontrado una coincidencia, pero ya conocía a ese hombre.

Era uno de los guardaespaldas de Asher. No merecía la pena perder el tiempo con él.

Dejé que el escaneo continuase ejecutándose, pasando a revisar las grabaciones de la siguiente tanda de cámaras.

Rodeé el pomo con una mano e intenté volver a abrir la puerta, pero esta no cedió.

—¿Qué narices? —murmuré, girando el pomo con más fuerza.

Estaba cerrada.

Una oleada de pánico se deslizó por mi pecho, gélida y repentina.

Me culpé por no haber tenido más cuidado, por haberme quedado encerrada en un pequeño armario polvoriento, en medio de una nave donde nadie me oiría si...

, bueno, si me pasaba algo. Sentí que me faltaba el aire y que un peso invisible me oprimía el pecho, robándome el aliento.

Busqué a tientas el interruptor por la pared, pero el resplandor que surgía de la pantalla de la tableta apenas alumbraba en medio de aquella densa oscuridad. La dejé en el suelo con cuidado y saqué mi teléfono del bolsillo para mandar un mensaje a toda prisa.

Estoy en el armario que hay al final del pasillo junto a la salida. No hagas preguntas. Ven rápido

Por favor

Encendí la linterna y empecé a respirar un poco más aliviada..., hasta que me topé con un cubo.

Me tropecé y me estrellé contra una estantería de metal, con tanta fuerza que crujió como si hubiese estado años esperando

a que llegara ese momento. Entonces todo lo que contenía se vino abajo, los cubos, las latas, las botellas..., todo cayó sobre mí, rebotando sobre mi cabeza y mis hombros.

Algo frío y espeso me salpicó la cara, y se resbaló después lentamente por mi mejilla. El olor me llegó un segundo después.

No era pintura. Ni tampoco agua.

Dios.

¿Qué narices me había echado encima?

La tableta empezó a pitar, pero yo me puse a buscar a toda prisa el teléfono e intenté abrir la cámara. Los dedos se me resbalaron sin parar por la pantalla, y en cuanto vi el líquido rojizo que los cubría me quedé paralizada.

Se me escapó un grito ahogado, mitad jadeo, mitad maldición, cuando la puerta se abrió de par en par, llenando el diminuto espacio con una luz tan brillante que me cegó por completo.

Durante un instante fugaz y patético, respiré aliviada porque pensé que era Aiden, pero la silueta del umbral era más baja y menos corpulenta que él, y no se parecía en nada al hombre que yo estaba esperando.

Me agaché, cogí la tableta y salí al pasillo, mientras mis ojos se acostumbraban de nuevo a la luz.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Alcé la vista hacia el rostro de mi salvador, del hombre que me había abierto la puerta, pero no me quedé mirándolo mucho rato, porque entonces mi tableta volvió a pitar, acaparando toda mi atención.

El sistema de reconocimiento facial había encontrado otra coincidencia dentro del rango de edad que había introducido..., y ese hombre estaba justo delante de mí.

Él también bajó la mirada hacia mi tableta, y abrió los ojos como platos por un momento, antes de entrecerrarlos y levantar la vista de nuevo hacia mi rostro.

Era más o menos de mi misma altura, con unos ojos un poco más saltones de lo que había esperado, y una barriga cervecera.

Había imaginado que sería parecido a Cameron Fletcher; alto, delgado y de apariencia joven para su edad; pero el hombre que tenía enfrente parecía más bien agotado, más anciano, y, por algún extraño motivo, aquello apagó la pequeña chispa de esperanza que había despertado antes en mi pecho.

¿Este hombre era quien había arruinado las vidas de mis padres? ¿Era quien me estaba persiguiendo, quien había mandado darnos caza?

—¿Me estabas buscando?

—Depende, ¿eres Jack Anderson?

El hombre respiró hondo, y la oleada de emociones confusas que debía de estar sintiendo se vio reflejada en su expresión.

—Así que eres tú. Pensaba... ¿Qué te ha pasado? —me preguntó.

—No es asunto tuyo. ¿Eres Jack Anderson?

El hombre retrocedió un paso antes de echar un vistazo a su alrededor, como si quisiese comprobar que no había nadie más allí y, en cuanto vio que estaba todo despejado, me agarró con fuerza del brazo y me arrastró hacia la habitación contigua al armario en el que me había quedado encerrada.

—Serás zorra... Has sido tú la que ha ido por ahí preguntando por mí, ¿verdad?

—Igual que has sido tú quien ha ido por ahí preguntando por nosotros, ¿no? —le contesté, tratando de zafarme de su agarre, porque me estaba clavando los dedos en el brazo.

Me empujó con tanta fuerza a través de la puerta del baño que me acabé rozando el hombro con la pared de azulejos, mientras él me seguía hacia el interior.

Mis zapatos chirriaron con fuerza al deslizarse por el suelo mugriento mientras trataba de recuperar el equilibrio, y entonces me llegó el olor: a limpio pero agrio, como si quien hubiera fregado la estancia por última vez hubiese esparcido la suciedad por las baldosas en vez de eliminarla.

Los fluorescentes del techo titilaron una sola vez, zumbando como si estuvieran a punto de apagarse del todo, y cada centímetro disponible de los espejos que había sobre los lavabos estaba cubierto de grietas, que formaban una especie de telaraña sobre el cristal y reflejaban una docena de veces mi rostro cubierto de rojo.

—No te conviene meterte en los asuntos de Veritas —me dijo, respirando con dificultad.

Había vuelto a alargar el brazo hacia mí, cerrándolo de nuevo con fuerza alrededor del mío, pero su voz había cobrado un deje extraño, que hizo que se me formase un nudo en el pecho por un motivo totalmente distinto.

No era ira lo que impregnaba su tono. Si no urgencia.

—Ya me he metido en sus asuntos. —Traté de zafarme de su agarre—. Necesito saber qué estaban haciendo y por qué. ¿Has sido tú quien ha ido preguntando por ahí por mí y mis amigos? ¿Por qué?

—Porque otros me han pedido que lo haga —respondió.

Volvió la mirada hacia la puerta como un resorte, como si estuviese esperando a que alguien irrumpiera en el baño en cualquier momento—.

Y la gente que me lo ha pedido es mucho peor de lo que te imaginas.

Deberías sentirte aliviada de que haya sido yo quien te ha encontrado primero.

Van a por ti, y no están muy contentos de que les esté costando tanto dar contigo.

Se me revolvió el estómago, pero me tragué aquella sensación.

—Claro. ¿Y tú solo eres un buen samaritano preocupado por mi bienestar que lo único que quiere es advertirme? Porque pareces más bien el tipo de persona que aceptaría traicionar a cualquiera si alguien le ofreciese una buena suma.

Y la verdad era que sí que lo parecía.

Jack no era feo, en absoluto. Debía de rondar los cincuenta, pero tampoco parecía estar del todo en mala forma.

Lo que no encajaba era lo agotado que parecía.

Cuando pensaba en un astuto hombre de negocios, me imaginaba a alguien como Asher, siempre elegante, inquietantemente tranquilo, sin un solo pelo fuera de su sitio.

El aspecto de Jack no encajaba en absoluto con el del líder de un imperio.

Me fijé en que apretaba la mandíbula, como si hubiera dado en el clavo.

—Crees que sabes cómo funciona este mundo, pero no es así. Crees que deberías preocuparte por mí, pero no tienes ni idea de lo que se avecina.

—Lo único que me preocupa ahora mismo es descubrir cómo conseguisteis involucrar a mis padres en todo esto. ¿Qué tuvo que ver Veritas en sus muertes?

—Tus padres no tuvieron elección. Por eso se unieron a Veritas. Por eso nunca se marcharon.

—Eso no responde a mi pregunta. ¿Fue Veritas quien les puso una diana en la espalda?

Anderson negó con la cabeza.

—Ni siquiera entiendes qué es Veritas. Ellos jamás podrían haberles puesto una diana en la espalda a tus padres.

—Tienes razón, no lo entiendo, pero quiero hacerlo. Por favor, explícamelo.

Él guardó silencio, y el ambiente se volvió denso y viciado. Abrí la boca para seguir insistiendo, pero sus siguientes palabras hicieron que me diese un vuelco al corazón.

—La Orden te estará vigilando. De hecho, ya lo están haciendo.

Aquello me sonó a un presagio, como si estuviese tratando de advertirme, en vez de amenazarme como había esperado.

La puerta del baño se abrió de golpe, con tanta fuerza que hizo vibrar los espejos, y una esquirla de cristal cayó al suelo a mi espalda.

Anderson se giró como un resorte, pero a mí no me hizo falta volverme para saber de quién se trataba, porque fue como si cada terminación nerviosa de mi cuerpo reconociese la ira que manaba de su interior.

Aiden.

Pero, cuando finalmente me volví hacia él, no era a mí a quien estaba mirando, tenía la vista clavada en la sangre que me cubría entera.

—Evie... —jadeó, con la respiración entrecortada, como si hubiese venido corriendo. Su mirada se deslizó lentamente por mi rostro, bajando después hacia la mano de Anderson, que seguía agarrándome con fuerza del brazo, y capté el momento en que la ira se apoderó por completo de él.

Sabía qué debía de parecer aquello, y lo más probable era que Aiden estuviera a punto de abalanzarse sobre Anderson, creyendo que había sido él quien me había hecho eso.

Antes de que pudiese decir nada, se lanzó a por él. Sin vacilar, sin previo aviso, abalanzándose sobre él con un movimiento borroso.

Cuando Aiden se estrelló contra él, Anderson seguía agarrándome del brazo y acabó tambaleándose hacia atrás.

Yo me estrellé contra la pared por la fuerza del impacto, que me robó también el aliento.

Sin embargo, Anderson no se rindió, y alzó los brazos para protegerse del siguiente ataque de Aiden.

Claro que este tampoco se dejó amedrentar, siguió luchando, furioso como una tormenta, e igual de salvaje, pero cada golpe lo asestó con precisión.

El sonido de sus puños al estrellarse contra el cuerpo del hombre resonó por toda la estrecha estancia, fuerte y repugnante.

Anderson gruñó de dolor, tratando de contenerlo, pero Aiden se zafó de su agarre y le asestó un codazo en las costillas.

—¡Para! No es... —Las palabras se me quedaron atoradas en la garganta, inútiles para evitar el estruendo y la pelea que estaba teniendo lugar ante mis ojos.

Era como si ninguno de los dos pudiera oírme.

La sangre falsa estaba pegajosa sobre mi piel, y cada vez que los ojos de Aiden se desviaban hacia mí entre golpe y golpe, sus iris se oscurecían.

Anderson consiguió apartarlo de un empujón, estampándolo contra los lavabos, y la porcelana crujió bajo su peso. El agua comenzó a brotar a borbotones de uno de los grifos, salpicando el suelo.

Después se lanzó hacia el hombro de Aiden, tratando de empujarlo contra la pared, pero él se defendió.

Me acerqué a ellos sin pensar, alargando una mano hacia el brazo de Aiden para agarrarlo y apartarlo de ahí, pero lo único que conseguí fue que Anderson me diera un codazo en la mejilla.

Sentí un ardor cegador detrás de los ojos.

Mi mundo comenzó a dar vueltas y me tambaleé hacia atrás, golpeándome la palma de la mano contra el espejo roto, antes de caer con fuerza contra el borde del lavabo.

Los cristales tintinearon al precipitarse hacia el suelo. Me ardía la mejilla por el golpe. Y, por un momento, fue como si el tiempo se hubiera detenido.

Aiden se volvió hacia mí como un resorte, y la forma en que me miró me hizo contener el aliento. Ya lo había visto enfadado antes, pero aquello era muy distinto. Estaba desatado.

Golpeó a Anderson de nuevo, esta vez con más ganas. Un sonido fuerte y repugnante resonó por todo el baño, revolviéndome el estómago. Anderson cayó al suelo de rodillas, jadeante, pero Aiden no le dio tiempo a recuperarse.

Le golpeó de nuevo, esta vez asestándole un puñetazo en la nariz.

—Aiden, para... —La voz me salió débil, pero lo bastante alta para sacarlo del estado de ira en el que se había sumido. Me agarró de la muñeca, con más delicadeza de la que lo habría creído capaz, y tiró de mí hacia la puerta.

Solo volví la vista atrás una única vez.

Anderson estaba desplomado contra el cubículo, respirando con dificultad, mirándome fijamente, con un brillo en los ojos que jamás habría esperado, como si pretendiese advertirme, quizá.

O como si se arrepintiese de algo. No estoy segura, pero aquella mirada se me quedó clavada en el pecho como una espina afilada.

La puerta se cerró a nuestra espalda, interrumpiendo nuestro intercambio, y Aiden murmuró algo sobre que debería volver ahí dentro y acabar con él. Su mano bajó rápidamente hacia la mía y me dio un suave apretón antes de atraerme hacia su pecho.

—Estás herida... Dime que no es tu sangre.

—No es mía.

Me abrazó durante un segundo más, dejándome simplemente respirar contra su cuerpo, formando un escudo sólido a mi alrededor con sus brazos. Entonces, con un gruñido, casi hasta posesivo, se apartó de mí y comenzó a caminar, llevándome hacia el aparcamiento sin mediar palabra, sin soltarme la mano.

Pero, por encima del latido acelerado de mi corazón, aún podía oír la voz de Anderson dando vueltas en mi cabeza.

«La Orden te estará vigilando. De hecho, ya lo están haciendo».