Veintinueve
Evie
Me encantaba ver a los hombres pelear.
Sus cuerpos sudorosos, ensangrentados y medio desnudos bastarían para acabar con la determinación de una chica mucho más rápido que cualquier frase para ligar. Esa concentración absoluta, como si su mundo se hubiese visto reducido al siguiente puñetazo, era magnética.
Así que, cuando Asher había mencionado la posibilidad de que encontrásemos más respuestas para nuestra investigación en un club de lucha clandestino que dirigía uno de sus clientes, ni siquiera lo había dudado.
Lo que no había sabido era que Rook y los demás ya estaban al corriente de la existencia de este lugar, y habían decidido ocultármelo.
—¿Cuánto tiempo has dicho que lleváis viniendo aquí? —pregunté, observando a mi hermano con los ojos entrecerrados cuando me hizo a un lado.
—Unos cuantos años, más o menos.
—¿Y qué? ¿No podíais soportar la idea de tenerme siempre cerca, así que os escapabais de casa a escondidas?
Se pasó una mano por la cara, claramente de mal humor.
—Evie, si este sitio no sale precisamente en los folletos turísticos de la ciudad es por algo. Es horrible. Violento. No es un lugar al que quería que vinieses.
—Eso no te da derecho a decidir lo que puedo soportar y lo que no. Y menos cuando últimamente todo en lo que nos hemos visto involucrados ha sido peligroso. No eres papá —murmuré, y aquella vieja frase se me escapó antes de poder evitarlo.
Rook guardó silencio por un momento.
—Puede que no, pero le prometí que te protegería, y siempre lo haré.
Y al traerte aquí te estoy poniendo en peligro.
—Debió de pillarme volviéndome hacia el ring —.
Y no hemos venido para ver a unos tíos pelear o a que te enfades conmigo por haberte ocultado la existencia de este sitio, hemos venido en busca de respuestas. Así que no te distraigas.
Me mordí la lengua. Porque, por mucho que me jodiese, sabía que tenía razón.
—Me encanta tenerte cerca, Evie —resopló—. Y, de todos modos, hacía mucho tiempo que no veníamos. Pero había algunas noches en las que necesitábamos relajarnos y no preocuparnos por... nada. No solo en cuanto a ti, sino con respecto a todo en general.
Lo observé con los ojos entrecerrados.
—Así no vas a conseguir que me sienta mejor. ¿Me estás diciendo que te resultaba tal incordio que necesitabas alejarte de mí de vez en cuando para poder relajarte?
—Lo único que me resultaba un incordio era tener que asegurarme de que estuvieras a salvo. Porque justo por eso me veo obligado a estar constantemente alerta, a cada segundo del día. Tú nunca me molestas, en todo caso, más bien disfruto muchísimo de tu compañía.
Cuando me volví de nuevo a mirarlo, Rook estaba sonriendo.
—Vale, supongo que es justo, porque tú también me resultas bastante molesto de vez en cuando.
—¡Oye! Pero si acabo de decir expresamente que tú no me molestas.
—Vale. No te lo tendré en cuenta, pero más te vale que no te oiga decir nada sobre mantenerme a salvo esta noche. Tenemos cosas que hacer.
Teníamos sombras a las que perseguir, como a Anderson, pero yo también estaba buscando otra cosa.
Si este lugar podía acercarme un poco más a la verdad sobre lo que les ocurrió a mis padres, no pensaba permitir que nada me distrajera de mi objetivo.
Y, sin embargo, ahí estaba Aiden, tan peligroso y seguro como siempre, empaquetado en un precioso envoltorio.
Mientras escudriñaba la multitud, cada uno de sus movimientos era preciso y depredador, y yo era incapaz de apartar la mirada de él.
La pelea ya había comenzado. El sudor, la sangre y el peligro llenaban el interior tenuemente iluminado de la nave, como si se tratase de un ente más.
Las paredes se estremecieron con el ritmo de los graves de una canción que sonaba por los altavoces y que no logré reconocer, y la multitud se apiñó alrededor del ring improvisado, formando una masa de cuerpos inquietos, con la mirada clavada en la pelea y en los dos luchadores que la estaban librando.
El ambiente estaba cargado de una energía salvaje, embriagadora...
Hasta tal punto que me daban ganas de alargar las manos e intentar agarrarla, dejar que me quemase por dentro.
Una sensación molesta se apoderó de mí, una que se había instalado en mi mente días atrás y de la que todavía no había conseguido librarme.
Tenía la sensación de que me estaban observando. De que alguien se estaba moviendo cuando yo me movía, y aquello me ponía los pelos de punta. No podía quitármela de encima, por lo que había intentado aceptarla, porque sabía que alguien me estaba persiguiendo y que debía estar alerta.
Pero no podía dejarme llevar por ello, por nada de aquello.
No había venido a disfrutar del espectáculo.
Estaba allí para encontrar a Anderson, para enfrentarme a él, para averiguar si sabía algo sobre mis padres.
Solo entonces podría tacharlo de la lista y pasar al siguiente nombre vinculado a Veritas.
Patterson, F.
Y a saber quién demonios era. Esta investigación no iba a ser tan rápida como había esperado.
Un hombre cayó al centro del ring con un crujido espantoso.
La sangre salpicó el suelo de hormigón. La multitud rugió emocionada, lanzándose hacia delante con una euforia desenfrenada.
Me preparé para cuando la avalancha me aplastase, pero Aiden me pasó un brazo alrededor de los hombros, atrayéndome hacia su pecho.
La dureza de su cuerpo se encontró con las suaves curvas del mío y, por un momento, me olvidé por completo de la pelea que se estaba librando en el ring .
Me hizo girar, obligándome a apoyar la espalda en su pecho, mientras observábamos atentamente a la multitud que nos rodeaba.
—Las chicas han ido a sentarse en primera fila, en los asientos que nos ha reservado Asher. Ha puesto más seguridad en esa zona, así que allí estarás a salvo si Anderson decide aparecer. Ve.
Me eché a reír mientras me empujaba hacia la fila donde se encontraban Regan y Harper.
—¿Por qué sigues pensando que, con decirme lo que tengo que hacer, te voy a hacer caso?
Aiden se inclinó hacia mí, pegándome los labios al oído.
—Porque, si me obedeces, luego prometo seguirte el juego y darte lo que me pidas. Así que ahora, ¿por qué no te quedas aquí quietecita y te portas bien?
—Ya me has insinuado algo parecido en más de una ocasión, y luego nunca cumples tus promesas. ¿Por qué iba a creerte?
Entonces me arrastró de vuelta entre la multitud, y los cuerpos que nos rodeaban nos apretujaron mientras Aiden me hacía girar para obligarme a mirarlo a los ojos.
—Evie, compórtate esta noche. ¿Sabes lo que pasaría si te hicieran daño? O, peor aún, ¿si te mataran?
—¿Que tu vida se volvería infinitamente mejor? —pregunté.
Aiden guardó silencio, escrutando mi rostro con la mirada, pero no tenía ni idea de qué podía estar buscando.
—Mi vida se volvería jodidamente aburrida, Evie. Estaría vacía sin ti. Así que necesito que estés alerta y no hagas ninguna locura, no porque yo te lo esté pidiendo, sino porque necesito saber que estarás a salvo.
Lo observé boquiabierta. Eso era lo más bonito que me había dicho en su vida. No supe qué decir, se me formó un nudo en el pecho y se me secó la garganta.
—¿Y si tengo algo de lo que ocuparme y no puedo quedarme sentada aunque quiera?
—No.
Antes de que tuviera tiempo de ponerme a darle vueltas a aquello, Aiden me empujó hacia el pasillo, llevándome hasta mi asiento sin mediar palabra.
—¿Algún problema? —preguntó Regan, enarcando las cejas al ver que Aiden me dedicaba un último vistazo antes de desaparecer de nuevo entre la multitud.
—Creo que no. Solo que ahora resulta que tengo que ir acompañada a todas partes porque, al parecer, hay alguien por ahí suelto que quiere matarme. O que quiere matarnos. Ya no estoy segura, pero, como siempre, Aiden se ha visto obligado a hacerme de guardaespaldas.
—¿Obligado? Ya, claro —respondió Harper, poniendo los ojos en blanco.
Hero se movió en su asiento, asomándose desde detrás de Harper.
—Nadie lo obliga a nada, lo que pasa es que la otra opción que tenía era cuidar de Harper, y, claro, eso incluye que te atropellen el pie, como me ha pasado a mí esta noche. Por una vez, tú eres la opción más segura, Evie, así que, créeme, a Aiden no le importa tener que seguirte a todos lados.
—Vaya, Harper, ¿es que querías robarme el puesto de psicópata? —dije, con una sonrisa divertida, mientras ella fruncía el ceño.
—Eso no ha sido del todo así. Él me ha pedido que moviese una de las motos para poder sacar la suya y después se ha puesto a gritarme como un loco. No le he pisado el pie a propósito.
Hero volvió a inclinarse entre los asientos, acercándose un poco más a ella.
—Siempre dices lo mismo, pero eres como una maldición. La maldición de mi vida.
—Pues entonces espero poder arruinar cada maldito día de tu vida, por toda la eternidad.
El público se quedó en completo silencio.
La voz del presentador retumbó a nuestro alrededor.
No estábamos en un ring profesional, en absoluto, pero tampoco estaba demasiado improvisado.
Y Asher se había encargado de mandar instalar altavoces profesionales por toda la nave.
La emoción del combate electrificaba el ambiente, hasta el rincón más recóndito.
El hombre anunció al primer luchador y un hombre corpulento subió al ring , fulminando al público con la mirada. No sabía si solo parecía cruel o si realmente lo sería, pero me gustó.
Entonces salió el siguiente luchador, con una sonrisa familiar dibujada en la cara.
—¿Qué narices está haciendo Mason ahí arriba?
—¿Y desde cuándo está tan buenorro? —añadió Harper.
Me limité a asentir, observando atentamente a Mason, y me fijé en las diminutas gotas de sudor que le cubrían el pecho.
—¿Es que ha decidido que le apetecía subir a pelear cuando hemos llegado o algo así?
Hero entrecerró los ojos.
—Teniendo en cuenta que se pasa aquí casi todas las semanas, peleando, no, no creo que lo haya decidido en el último momento.
Me volví en mi asiento y observé a Hero con los ojos entrecerrados.
¿Cómo era posible que me hubiese llevado tantas sorpresas en una sola noche?
Con la amenaza de que Anderson pudiese estar cerca, esperaba que esa acabase siendo una pregunta retórica.
—¿Lo dices en serio?
—¿Qué puedo decir? El tío tiene una insaciable sed de sangre.
Me volví de nuevo hacia el ring , observando a Mason y escudriñando la multitud.
Tenía que encontrar a Anderson. Para eso había venido, para eso habíamos venido todos, pero yo necesitaba encontrarlo antes que los demás.
Rook seguía sin tener ni idea de lo que estaba investigando, y yo no pensaba contárselo nunca. Él ya había dejado a nuestros padres atrás, ahora me tocaba a mí intentar cerrar también ese capítulo de nuestras vidas.
Me recosté en mi asiento sin mediar palabra, volviendo la mirada hacia la pelea. Mason estaba eufórico, abalanzándose sobre su oponente con facilidad. Le asestó un puñetazo tan sonoro que hizo que el público estallase en vítores.
La mirada de Aiden se encontró con la mía justo cuando más falta me hacía, porque él siempre estaba ahí cuando lo necesitaba, y aquello me resultó de lo más reconfortante.
Podía hacerlo. Podía enfrentarme a Anderson.
Mason le dio otro puñetazo a su oponente, y el estruendo que produjo su puño al estrellarse contra el hueso del otro hombre me devolvió al presente. El público comenzó a rugir, pero en ese momento fue como si todo se quedase en silencio y tan solo existiese Aiden, acercándose a mí.
Un movimiento fugaz al otro lado del ring me llamó la atención y, justo detrás del público, vi que un traje elegante se deslizaba rápidamente en medio de un mar de camisetas y sudaderas.
Tenía que encontrar a Anderson. Tenía que comprobar si el hombre que llevaba ese traje era él.
Aiden pasó a mi lado, cálido y firme, rozándome la mano con los dedos, y dedicándome una sonrisa que me retaba a quedarme allí con él. Podría quedarme unos minutos más, disfrutando de su cercanía, dejando que el resto del mundo se difuminase y quedásemos tan solo nosotros dos.
Y después iría a por Anderson.