Ace & Ember (Los Mavericks 2) Veintiocho
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Veintiocho

Sombra

La ciudad los engulló por completo, la multitud arrastró a Aiden y a Evie como si fueran un par de trozos de madera a la deriva, llevados por la corriente.

Me acerqué a ellos, mucho más de lo que me había atrevido hasta el momento, oculto a plena vista.

Esta vez no había ninguna sombra tras la que resguardarme, ningún coche aparcado a media manzana con el motor en marcha.

Solo yo, caminando entre los demás, hombro con hombro con desconocidos que nunca sabrían con quién se habían cruzado.

El festival de verano en el centro de Havenwood era el lugar perfecto para pasar desapercibido.

Evie no tenía ni idea de lo expuesta que estaba en realidad aquí, o a lo mejor no le importaba.

Porque creía que estaba a salvo entre toda esta gente.

Creía que el anonimato le ofrecía cierta protección.

Pero el anonimato tan solo te vuelve ciego, permite que el depredador se te acerque sin que te des cuenta.

Me apresuré a seguirles el ritmo, a no más de unos metros por detrás de ellos.

Su risa se elevó por encima del ruido, aguda y sonora, atravesándome el corazón.

Aiden se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído que la hizo sonreír como si no pudiera evitarlo.

Se me revolvió el estómago. Cada vez que le sonreía, era como si estuviese arrebatándome algo, algo que no tenía derecho a robarme.

Me acerqué un poco más a ellos, abriéndome paso a través de la gente y sintiendo la energía de la multitud como una corriente eléctrica pulsándome por las venas.

Cuando el viento cambió de dirección, pude oler su perfume, dulce y ligero, tan distinto al veneno que sabía que se escondía en su interior.

Y entonces ocurrió.

De repente, Evie se volvió hacia mí, examinando la multitud con la mirada, recorriendo sin descanso los rostros de todos aquellos que la rodeaban. Hasta aterrizar en el mío.

El mundo pareció detenerse.

Me sostuvo la mirada durante un segundo.

Yo me quedé totalmente helado, sin siquiera moverme. Quería que me viera. Quería que me mirase. Quería que se preguntase quién era.

Un destello surcó su mirada. ¿Reconocimiento?

¿Confusión? Frunció ligeramente el ceño, como si me hubiese conocido, como si yo no fuese tan solo otro desconocido más entre la multitud.

El corazón me latía acelerado y, por un vertiginoso segundo, llegué a pensar que le diría algo a Aiden, que tal vez me señalaría, que...

Pero entonces él tiró con suavidad de su brazo, llamando de nuevo su atención, arrastrándola de vuelta consigo, como siempre hacía. Y la conexión se rompió. Evie no se volvió a mirarme de nuevo.

La gente se agolpaba a nuestro alrededor, pero no dejé que la corriente me hiciese retroceder.

Permanecí cerca, recorriendo esa cuerda floja por la que un paso en falso me habría llevado justo junto a ellos.

Cerré la mano en un puño al costado, me moría de ganas por alargarla hacia ella, por rozarle la manga del abrigo, por demostrarme que era real y que estaba a mi alcance.

Pero no lo hice. Aún no.

En cambio, observé atentamente como su cuerpo se deslizaba entre la multitud, me fijé en la forma en que movía ligeramente los hombros, para dejarle espacio a Aiden, o en la manera en que ladeaba la cabeza siempre que él se acercaba a ella.

Podría haber sido yo quien estuviese a su lado. Podría haber sido a mí a quien estuviese sonriendo.

Quizá en un futuro.

Porque me había visto. Sabía que me había visto.

Tal vez más tarde se engañaría a sí misma, convenciéndose de que en realidad no había visto a nadie.

Que el mío no había sido más que otro rostro entre la multitud.

Pero eso al final no importaría. Porque sería mi rostro el que recordase cuando no pudiese dormir por la noche, el que la atormentaría desde las profundidades de su memoria cuando intentase olvidarse de mí.

Eso es lo bonito de estar tan cerca. Que cuando te veían, cuando te veían de verdad, ya jamás podían olvidarse de ti.

Dejé que la multitud me engullese de nuevo, quedándome un poco rezagado. Porque esta noche era peligroso que me acercase demasiado. Pero por ahora no necesitaba más que esa mirada fugaz. Con eso me bastaría para seguir adelante durante días, semanas. Para saciar de momento mi sed.

Y, la próxima vez que me viese..., no me conformaría con una mirada fugaz.