Veintisiete #3
Aiden se aferró con más fuerza a mi cintura mientras yo no dejaba de montar el cuchillo, frotándome contra su superficie metálica con mayor urgencia. La fricción era abrumadora, podía sentir cada centímetro de la empuñadura deslizándose en mi interior.
—Qué buena psicópata —murmuró, con voz grave y ronca, provocándome un escalofrío de placer que me bajó por la columna—. Estás disfrutando de esto, ¿verdad? De follarte un cuchillo mientras yo te miro.
Gemí como respuesta, incapaz de articular ninguna palabra coherente, mientras una oleada de placer me recorría entera.
Aiden se echó hacia delante, atrapando mis labios en un beso ardiente.
Cuando su boca por fin se apoderó de la mía, tuve la sensación de que acabábamos de cruzar la última frontera.
Aquello no era una amenaza, ni tampoco una burla, sus labios eran cálidos, firmes, posesivos.
El beso me supo a menta y a fuego, y un calor que jamás podría explicar se apoderó de mi pecho.
Por un segundo, el garaje, el cuchillo, las motos que nos rodeaban, todo se desdibujó, y quedamos tan solo Aiden y yo.
La venganza y la ira desaparecieron, y tan solo perduró esa peligrosa atracción que parecía tirar del uno hacia el otro.
Entonces su lengua se deslizó contra la mía, y el mundo volvió a cobrar nitidez, y una oleada cálida de placer me bajó por la columna mientras seguía cabalgando el mango del cuchillo.
Por primera vez esa noche sentí que alguien me veía, que me veía de verdad.
No como a una provocadora, o como una psicópata, no como a la chica que le había destrozado la moto...
, sino solo a mí , la chica a la que tanto deseaba, esa a la que no se podía resistir.
Cada latido que retumbaba en su pecho y cada aliento que exhalaba sobre mi piel parecían una declaración, una promesa, una advertencia...
, y yo lo quería todo. Mi cuerpo se estremeció alrededor del frío mango del cuchillo, pero mi pecho se hinchó de una forma que no tenía nada que ver con el metal que había hundido en mi interior, sino con él, con que Aiden estuviera aquí, besándome, haciéndome sentir que yo era lo más importante del mundo.
De alguna manera, esos preliminares bruscos y retorcidos habían acabado convirtiéndose en uno de los momentos más románticos de mi vida.
Sentí que me acercaba rápidamente al clímax, que cada una de mis terminaciones nerviosas se disparaba, ardiente de deseo.
Me temblaron los muslos mientras cabalgaba la empuñadura del cuchillo, con cada uno de sus recovecos presionando mis paredes, llevándome a la locura, implacables.
Los dedos de Aiden se hundieron en mi piel, y agarró mis caderas con fuerza mientras me guiaba para que fuese más rápido, para que cabalgase el mango con más fuerza, obligándome a moverme exactamente como él quería.
Cada embestida, cada gesto de sus manos, desató un incendio en mi interior que se fue propagando por todo mi cuerpo, haciéndome temblar de forma descontrolada.
Un grito ahogado se escapó de entre mis labios cuando una oleada de calor se acumuló entre mis piernas, retorciéndose y enroscándose en mi interior, hasta que todo mi cuerpo se puso en tensión, tan rígido como la cuerda de un arco.
Sabía que mañana me despertaría con las marcas de sus dedos grabadas en la piel de las caderas, pero en ese momento sus manos tan solo estaban ejerciendo un dolor cruel y delicioso que no hacía otra cosa más que aumentar mi placer.
—Córrete para mí —me pidió en un susurro, con los labios sobre los míos, y su aliento, cálido y apremiante, deslizándose por mi piel—. Suéltalo todo y córrete sobre el cuchillo y mi moto.
Esas palabras despertaron algo en mí. De repente, el mundo se desdibujó, viéndose reducido al afilado mordisco del metal en mi interior, al calor abrasador de su cuerpo contra el mío, al aire fresco del garaje acariciándome la piel.
Me aferré al manillar con todas mis fuerzas, hasta que los nudillos se me quedaron blancos y mi cuerpo terminó de cabalgar las últimas oleadas del orgasmo.
Disfruté de cada temblor que me recorría, de cada corriente de placer que se superponía a la anterior, hasta dejarme caer de nuevo sobre la moto, totalmente agotada.
Los ojos de Aiden se encontraron con los míos, oscuros y hambrientos, pendientes de cada escalofrío, de cada jadeo, de cada temblor.
Me dejé llevar por el orgasmo, por cada una de las oleadas de placer que me recorrieron entera, sin poder hacer otra cosa más que desplomarme sobre su pecho, sin aliento, temblorosa y completamente satisfecha.
Pasaron unos cuantos minutos hasta que me aparté de él, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios mientras me recorría la espalda lentamente con una mano, subiendo hasta mi nuca y enredándome los dedos en el pelo.
—¿Creías que podrías arruinarme la vida y salirte con la tuya?
Tragué con fuerza, con el pulso acelerado mientras le sostenía la mirada.
—Puede.
Puso una sonrisa peligrosa mientras deslizaba un pulgar sobre mi mejilla, devolviéndome al presente.
—Supongo que ya jamás podrás librarte de mí, pequeña Psycho. —Se inclinó hacia mí y bajó los labios hacia mi oído, reduciendo su voz a un susurro—. Porque esto solo acaba de empezar.