Veintisiete #2
Me dirigí directamente al garaje, atravesando primero el salón.
Me di cuenta de que Aiden me seguía con la mirada cuando pasé junto a ellos.
Agité el cuchillo en el aire con una sonrisa inocente.
Ni siquiera me molesté en mirar atrás, porque ya sabía que se sorprendería al ver que había logrado desatarme, pero ojalá hubiese podido verle la cara cuando fue plenamente consciente de lo que suponía que me hubiese liberado.
Rook soltó un gruñido al verme aparecer.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Quién, yo? Solo necesito ir a buscar algo al garaje. ¿Dónde tenemos los martillos?
—¿Los martillos? —repitió Rook.
—Sí, esas cosas con las que se dan golpes a otras cosas. Necesito uno.
—Creo que hay uno en la caja de herramientas grande —respondió Mason, y me volví hacia él con una sonrisa azucarada.
—Gracias.
—¿Para qué necesitas un martillo cuando ya tienes un cuchillo, Evie?
—preguntó Aiden, y me deleité en el deje preocupado que cobró su voz.
Delante de los demás, debía fingir que no tenía ni idea de a qué venía eso, pero en realidad sabía perfectamente que después de lo que había hecho iría a por él.
—Para hacer un pequeño experimento. —Desaparecí por el pasillo que llevaba hacia nuestro garaje, donde todos habían dejado sus motos.
Pude sentir que mis labios se torcían en una mueca furiosa al recordar a la chica que había tenido sentada al lado en el sofá, medio recostada encima de él, agarrándolo, tocando todo lo que era mío.
¿En serio pensaba que me daría igual? Volví a agitar el cuchillo, incluso a sabiendas de que ya no podían verme.
—¿Qué clase de experimento? —preguntó Hero a gritos desde el salón, claramente emocionado.
—Quiero ver si una moto puede seguir funcionando si le clavo un cuchillo en el depósito —respondí, también a gritos, mientras sacaba el martillo de la caja de herramientas.
Los gritos y los pasos apresurados retumbaron por el pasillo, en cuanto todos se levantaron de un salto del sofá y vinieron directos hacia mí, cosa que solo me animó a actuar más rápido.
Llegué hasta la moto de Aiden y coloqué la punta del cuchillo justo sobre el depósito, antes de golpear la empuñadura con el martillo con todas mis fuerzas. Sabía que me iba a costar un rato clavarlo, pero me daba igual tener que ensuciarme las manos.
Rook fue el primero en llegar al garaje, y se puso a un lado nada más cruzar el umbral para que los demás también pudiesen entrar. Todos se quedaron helados en la entrada, y estoy segura de que la mayoría suspiraron aliviados al darse cuenta de que sus motos no eran mi objetivo.
Aiden, sin embargo, debería haber sabido ya que todo esto era por él.
—Tío, ¿qué has hecho? —preguntó Mason.
—Mira que es fácil cabrearla, Aiden, pero ¿qué cojones...? —soltó Rook.
Volví a golpear el cuchillo con el martillo, y entonces por fin la hoja atravesó el metal. Con un par de golpes más, se hundió hasta la empuñadura. Y Aiden no pudo hacer otra cosa más que quedarse observando en silencio cómo destrozaba su moto.
—Ups —dije, volviéndome a mirarlo—. Ha sido mucho más fácil de lo que pensaba.
—Joder. —Rook ya estaba negando con la cabeza y retrocediendo hacia la puerta—. No la mates o tendré que matarte yo a ti y eso me jodería muchísimo.
Aiden se quedó allí de pie, mirándome fijamente. Habría jurado que vi un brillo furioso en su mirada, pero no hizo nada que pudiera delatarlo.
—Todo el mundo fuera, ya —ladró Aiden—. Zack, hazme el favor de llevar a casa a la chica que estaba conmigo.
Zack frunció el ceño, sin dejar de mirarme fijamente.
—¿En serio?
—Sí. ¿Algún problema?
Fulminó a Aiden con la mirada antes de dedicarme una sonrisa de disculpa y marcharse del garaje, porque su moto seguía aparcada en el camino de la entrada, y no pude evitar preguntarme si la chica de la que estaban hablando estaría entre ellos, observando la escena, o si seguiría acurrucada en el sofá, esperando a que Aiden regresase a su lado.
Esperaba haberla asustado lo suficiente como para que no volviese a aparecer por aquí nunca más. Porque ¿quién querría pasar el rato con una loca?
Aiden cerró la puerta con llave en cuanto todos se marcharon, y activó el sistema de seguridad para que no pudiesen volver a entrar, dejándonos allí encerrados.
No dijo ni una sola palabra, se limitó a cruzar el garaje en un par de zancadas deliberadas, comprobándolo todo antes de bajar la mirada de nuevo hacia mí y hacia su moto.
No había ni una gota de ira en su expresión, y tampoco tenía ni idea de qué pensaba hacer. Una parte de mí se echó a temblar de miedo, porque no sabía si Aiden estaba enfadado conmigo o no. Se había cabreado conmigo en infinidad de ocasiones, pero nunca porque hubiese destrozado su moto.
En esta casa, dañar la moto de otro era el mayor pecado que podías cometer, la gota que colmaría el vaso en un arranque de ira.
Tal vez, en mi caso, también el último «que te jodan» a Aiden por pensar que tenía derecho a hacerme lo que me había hecho.
Rodeó su moto y se colocó al otro lado, y yo me estremecí cuando alargó una mano hacia mí.
—¿Qué pasa, pequeña Psycho? ¿Te preocupa que quiera vengarme por lo que acabas de hacer?
—Sé perfectamente que lo harás.
—Entonces, ¿por qué lo has hecho?
—Porque ibas a tirártela.
—¿Y? ¿Qué pasaría si fuera así? No soy tuyo, Evie.
—Hasta que yo haya terminado contigo, sí, eres mío. Además, me has dejado atada a la cama, y eso no me ha hecho ninguna gracia.
Soltó un gruñido y me atrajo hacia sí.
—Pues a mí sí. Súbete.
—¿A dónde?
—A mi moto.
—¿Por qué? —pregunté, sin perder de vista cada uno de sus movimientos.
—Porque, si me vas a obligar a pagar cientos de dólares por un depósito nuevo y voy a tener que pasarme varios días sin mi moto, pienso sacarle algo de partido. Y quítate los pantalones primero.
—¿Cómo?
Su mano subió lentamente por mi brazo, hasta que sus dedos se cerraron alrededor de mi cuello, apretándolo una sola vez.
—¿Piensas pasarte toda la noche haciéndome preguntas o vas a hacerme caso de una vez?
Un escalofrío me bajó por la columna, erizándome la piel, y todo mi cuerpo vibró de expectación. Me agaché, bajándome los pantalones cortos y la ropa interior hasta que se deslizaron por mis caderas y cayeron al suelo con un ruido sordo.
—Ahora sube y móntate.
—¿En la moto?
—En el mango del cuchillo que acabas de clavar en mi depósito.
—Aiden —jadeé.
Pasé una pierna por encima de la moto, y el contraste del metal frío con la cálida piel de mis muslos me hizo contener el aliento.
Se me resbalaron un poco las manos sobre el manillar, porque tenía las palmas empapadas en sudor.
Y la empuñadura del cuchillo sobresalía sobre el depósito, como si me estuviese retando a que obedeciese lo que Aiden me había ordenado.
Me puse de puntillas y me dejé caer lentamente sobre el mango, y su superficie, fría y ondulada, me rozó la piel antes de hundirse en mi interior.
Me quedé sin aliento al notar que el metal helado me dilataba de una forma completamente distinta a lo que había experimentado nunca, mucho más brusca, y, cuando Aiden arrancó la moto, pude notar la vibración del motor hasta en los huesos.
El olor a gasolina y a almizcle se apoderó de todo mientras mi cuerpo se estremecía de placer, acostumbrándose a la intrusión.
Aiden pasó una pierna por encima de la moto y se dejó caer frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo mientras la empuñadura fría del cuchillo permanecía en mi interior, implacable. Aquella escena era obscena, íntima y perfectamente nuestra.
Aiden se quedó sentado en el asiento de la moto, mirándome fijamente a los ojos, mientras yo cabalgaba el mango del cuchillo.
De un puto cuchillo de caza.
—Cuando te compré ese cuchillo, pensaba que acabaría hundido en el cuello de algún hombre, no en el depósito de mi moto. Qué curioso que ahora prefiera este final. ¿Qué tal te está yendo con eso de chantajearme?
Cada vez que Aiden iniciaba algo entre nosotros, no era yo la que se resistía.
Me aferré al manillar a mi espalda, y me temblaron las piernas cuando me levanté y me volví a dejar caer lentamente sobre la empuñadura del cuchillo. Cuando me rozó el clítoris, el frío del metal envió una oleada de calor dentro de mí. Siseé, levantándome de nuevo para sacarlo de mi interior.
—Abajo, Evie, ahora.
Moví las caderas, empujando hacia abajo y hacia atrás contra el cuchillo, disfrutando de la sensación del metal frío al deslizarse dentro de mí.
El mango ondulado creaba una fricción en mi sexo que enviaba oleadas de placer por todo mi cuerpo.
Los ojos oscuros de Aiden se clavaron en los míos mientras yo me movía sobre su moto, cabalgando el cuchillo con un ritmo lento y provocador.
—Eso es —gruñó—. Móntalo.
Me detuve un momento, abriendo un poco más las piernas bajo su atenta mirada.
Cuando volví a moverme, lo hice lento al principio, haciendo girar las caderas en pequeños círculos sobre la empuñadura.
El ángulo era un tanto extraño, pero el mango me llenaba de la manera perfecta.
Se me empezó a entrecortar la respiración cuando por fin encontré el ritmo, cabalgando la empuñadura rápidamente.
Las manos de Aiden se cerraron alrededor de mi cintura, guiando cada uno de mis movimientos.
—Más rápido —me ordenó.
Yo obedecí de inmediato, aumentando el ritmo de mis embestidas.
La moto se balanceaba y gemía bajo nuestros cuerpos mientras yo cabalgaba el mango del cuchillo, acercándome cada vez más al orgasmo con cada movimiento.
El sudor me cubría la piel desnuda y el aire fresco del garaje no hacía nada para evitarlo.