Ace & Ember (Los Mavericks 2) Veinticinco
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Veinticinco

Evie

Habíamos aparcado justo detrás del Vault, los motores estaban enfriándose y la noche nos envolvía como un oscuro manto. No me di prisa en bajar, sino que dejé que mis manos se deslizasen por la espalda de Aiden.

—¿En serio? —me preguntó, apretando la mandíbula—. No estamos aquí por diversión, Psycho. Hemos venido a buscar respuestas.

—¿Y quién dice que no podamos mezclar los negocios con el placer?

Aiden se volvió a mirarme, con las cejas enarcadas.

—¿Ah, sí? ¿Debería mezclarlos? Supongo que no me importaría añadir un poco de placer a la misión de esta noche. A lo mejor encuentro a alguien a quien llevarme a casa. ¿Te importaría volver con otro luego?

Una horrible mezcla de rabia y celos se apoderó de mí.

Respiré hondo y su aroma me golpeó de lleno.

Después me incliné hacia delante y hundí los dientes en la delicada piel de su cuello.

Aiden soltó un agudo siseo, todo su cuerpo se sacudió y se puso en tensión mientras lo mordía con fuerza.

Esperaba que me apartase de un empujón, pero, en cambio, se echó hacia atrás, pegando la espalda a mi pecho, y se le escapó una palabrota, seguida de una brusca inhalación.

Lo estaba disfrutando.

Y eso era lo más peligroso de todo.

Porque yo también.

—Evie —me dijo por fin, intentando echarse hacia delante para zafarse de mí. Entonces lo solté y me bajé de la moto de un salto.

—Mírate, qué guapo —me burlé—. Buena suerte para encontrar a una chica esta noche dispuesta a acostarse contigo con eso en el cuello.

—¿Qué cojones, Evie? —Se quedó allí sentado, y se llevó los dedos al punto donde lo había mordido, apretando la mandíbula con fuerza y debatiéndose entre las ganas que tenía de follarme allí mismo y de echarse a reír a carcajadas.

Yo lo ignoré y le di la espalda a su moto después de despedirme de él con un gesto de la mano y una sonrisa, y me encaminé hacia la entrada.

Dejé a un lado nuestra conversación y me adentré en el Vault con solo una cosa en mente.

Tenía que encontrar a Anderson.

Esta noche, aparte de Aiden y Asher, nadie más tenía ni idea de que estaba empezando a sospechar que Anderson pudiese ser quien estuviese yendo tras nosotros, y todo por mi culpa, porque había estado indagando en el pasado de Veritas.

Una de las noches que me había pasado navegando por internet, sin buscar nada en concreto, tan solo echándole un ojo a todo lo que encontraba, me había topado con un viejo artículo sobre Veritas.

Un periódico local había publicado un artículo sobre la interesante empresa emergente que estaba dando mucho que hablar en la zona, a pesar de no haber logrado prácticamente nada relevante desde su creación, hacía unos cuantos años.

El artículo había quedado enterrado con el tiempo, olvidado en lo más recóndito de internet, para que nadie lo encontrara jamás. Nadie, salvo yo.

En él hablaban de Anderson. No aparecía ningún nombre de pila, así que no tenía forma de confirmar si se trataba o no de la misma persona, pero estaba empezando a pensar que las probabilidades de que no fuera él eran más bien escasas.

Por suerte para mí, aquello daba igual. Esta noche estábamos allí para encontrar a Anderson, porque era bastante extraño que las amenazas hubiesen comenzado justo cuando alguien se había acercado a Rook a preguntarle por él...

, así que tampoco hacía falta que le dijera a nadie que quizá yo también tenía otro motivo para querer localizarlo.

Eché un vistazo a mi espalda y encontré a Aiden no muy lejos de mí.

Quizá sí que podía contárselo a alguien.

Me volví de nuevo hacia la zona VIP que Asher había reservado en un rincón del local. Había investigado a cualquiera que pudiera tener algún tipo de relación con los mayores delincuentes de la zona, como Anderson.

Había elaborado una lista enorme de posibles sospechosos, y después la había cruzado con la de las personas que solían frecuentar el Vault u otras discotecas de la ciudad, y luego la había reducido a tan solo quince nombres.

Uno de ellos estaba en ese mismo instante de pie frente a mí; era el centro de atención del reservado, rodeado de gente y de mesas llenas de alcohol.

Kellan Barnes.

Era mucho más joven que la mayoría de los peces gordos que solían frecuentar este lugar, y también mucho más guapo, y era bastante conocido por el hecho de que le gustaban las chicas rubias que se le tiraban encima a la mínima de cambio.

Puse los ojos en blanco y me acerqué a la mesa alta que había junto a la suya en la zona VIP.

Aiden no me siguió, pero sabía que no estaría muy lejos. Lo encontré de inmediato entre la multitud y él se limitó a asentir con la cabeza, dándome el visto bueno para que siguiese adelante.

Escuché en silencio mientras Kellan parloteaba sin parar con las mujeres que lo rodeaban sobre el nuevo coche que se había comprado.

Era la típica cháchara insustancial en la que no paraba de hablar de sí mismo, y estaba tan enfrascado en ella que ni siquiera se inmutó cuando le rocé el brazo.

Se volvió a echarme un vistazo, con una sonrisa engreída en la cara, y yo le dediqué otra igual como respuesta, para luego volver a mi mesa sin mediar palabra.

Hizo una pequeña pausa en su conversación y echó otro vistazo en mi dirección antes de volver a centrarse en las chicas de su mesa, retomando su historieta justo donde la había dejado.

Aiden me miró, probablemente preguntándose qué estaría tramando ahora, aunque sus dudas se disiparon en cuanto le mostré un teléfono que él sabría que no me pertenecía.

El mío tenía un pequeño y bonito cuchillo pegado en la parte trasera para sujetarlo mejor... Este, en cambio, tan solo tenía una aburrida funda de madera, y le pertenecía al hombre que estaba sentado justo detrás de mí.

Aiden enarcó las cejas, sorprendido, pero no se movió de donde estaba. Era lo bastante inteligente como para dejarme trabajar tranquila, sabiendo que tener el teléfono de un desconocido en la mano tan solo podía significar que estaba tras alguna pista.

Me moví con rapidez, deslizando el móvil en la pequeña cajita negra que llevaba en el bolso.

Había tenido la esperanza de poder usarla esta noche.

La última actualización que le había instalado debería ser capaz de descifrar la contraseña de cualquier teléfono en cuestión de segundos, eso si no había metido la pata al introducir el código.

La lucecita de la caja, de un tenue color azul, brilló una vez y yo contuve el aliento.

La pantalla del teléfono se iluminó y volvió a apagarse un segundo después, y luego se encendió de nuevo, esta vez con un famoso logotipo familiar y una delgada barra de progreso que se desplazaba lentamente por la parte inferior.

No era eso lo que se suponía que debería haber ocurrido o, al menos, eso creía. Yo había creado el programa, pero todavía no había podido probarlo con el teléfono de un desconocido. Cualquier paso en falso podría bloquearlo y dejarme sin forma de acceder a él.

Pasaron treinta segundos que se me hicieron eternos. Me quedé mirando fijamente la pantalla, como si esta me estuviese juzgando por haber fracasado. Entonces, con un suave chasquido y una vibración apenas perceptible, la pantalla de bloqueo desapareció, dándome acceso al teléfono.

—Estoy dentro —susurré, intentando no sonar demasiado satisfecha de mí misma.

Me puse a rebuscar de inmediato entre sus contactos, sus correos electrónicos, sus mensajes... Tenía que revisarlo todo antes de que Kellan se volviese de nuevo en mi dirección.

El corazón me latía a toda velocidad mientras abría su correo electrónico, porque su lista de contactos había resultado ser inútil.

Cliqué directamente en la barra de búsqueda, escribí «Anderson» y esperé unos segundos que se me hicieron eternos mientras la aplicación cargaba.

Entonces aparecieron tres correos electrónicos y yo abrí a toda prisa el más reciente.

Era bastante breve, solo aparecía el lugar y la hora en los que tendría lugar una reunión. Nada inusual, pero entonces bajé la mirada hacia el final del correo.

Jack Anderson.

Me quedé mirando el nombre fijamente, con el corazón latiéndome acelerado, al ritmo del bajo que sonaba a través de los altavoces.

Lo había conseguido.

Lo teníamos.

Ya no era ningún fantasma o una teoría. Ya no estábamos persiguiendo una amenaza invisible. Por fin teníamos un nombre completo.

Y sabíamos a por quién teníamos que ir.

Ahora podría localizarlo y descubrir quién era exactamente, qué había hecho y qué podía querer de nosotros.

Cogí mi teléfono y le saqué una fotografía a la pantalla, antes de meterme en otro de los correos electrónicos que habían aparecido tras la búsqueda para asegurarme de no pasar nada por alto.

La emoción me sobrecogió de golpe. Lo había conseguido. Había sido yo quien había descubierto su nombre, había ayudado a atrapar a Anderson.

Aiden se quedó helado, apretando la mandíbula con fuerza al clavar la mirada en un punto detrás de mí.

Sentí la presencia de Kellan antes de verlo, y me apresuré a esconder su teléfono a mi espalda.

Él no dijo nada, tan solo me observó atentamente, con una sonrisa ligeramente borracha dibujada en su rostro.

Estaba lo bastante ebrio como para que pudiese volver a guardarle el teléfono en el bolsillo sin que ni siquiera se diera cuenta.

No tuve más que volver a tropezarme con torpeza, caerme ligeramente sobre su pecho y despedirme de él a toda prisa, y, en un abrir y cerrar de ojos, el móvil regresó a su bolsillo y yo junto a Aiden.

—Lo he encontrado —dije, y tenía ganas de gritarlo a los cuatro vientos de lo emocionada que estaba—. He averiguado cómo se llama.

Aiden bajó la mirada hacia mí, y un destello de algo parecido al asombro en sus ojos y despertó una sensación cálida y agradable en mi interior.

—Sabía que lo conseguirías, Psycho. Venga, vamos a contárselo a los demás.

Nos abrimos paso a través de la gente que llenaba el local hasta la enorme mesa en la que estaban todos sentados, en una esquina del Vault, y les conté lo que había descubierto a toda prisa.