Ace & Ember (Los Mavericks 2) Veinticuatro
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Veinticuatro

Aiden

¿Cómo narices me había metido en este lío?

Me quedé sentado en el taller, mirando fijamente el botellín de cerveza medio vacío que tenía en la mano, sintiendo que el mundo se me venía encima, oprimiéndome el pecho.

El ambiente estaba viciado, sentía que me faltaba el aire y apenas pude percibir el suave rugido de los motores que provenía del exterior.

Estaba perdiendo el control.

Y lo odiaba.

No, me encantaba, joder. Y eso era un problema bien gordo.

No era que estuviese perdiendo el control de una forma obvia o temeraria, de esas veces en las que acababa con unos cuantos nudillos ensangrentados o abollando el carenado de alguna moto.

No, esta vez era mucho peor. Estaba perdiendo lenta y sigilosamente el control de mi vida, y no podía hacer nada por evitarlo.

Era de esa clase de ocasiones en las que algo se me metía bajo la piel, enroscándose alrededor de mis costillas o hundiéndoseme en la columna, y yo no podía deshacerme de aquella sensación.

Porque, en este momento, yo no tenía intención alguna de dejarla marchar, y me preocupaba no querer hacerlo nunca, sin importar lo que eso me costase.

Evie estaba por todas partes; en mi cabeza, en mi puto mundo, sobre mi moto. Y daba igual lo mucho que intentase apartarla, seguía encontrando la manera de regresar a mi vida.

Y, ¿lo peor de todo?

Que yo había dejado de resistirme.

La puerta del taller se abrió con un crujido, sacándome de mi ensimismamiento, y Rook se adentró en el garaje. Su presencia irrumpió en la estancia como un arma bien cargada; tensa, amenazadora y apuntándome directamente; y me pregunté si sospecharía algo.

Su mirada bajó hacia el botellín que tenía en la mano, antes de regresar hacia mi rostro.

—¿Bebiendo a estas horas? —Su voz había adoptado ese deje afilado que tan solo usaba cuando no estaba de humor para chorradas.

Me encogí de hombros, asegurándome de mantener una expresión neutral.

Rook cruzó la estancia y se dejó caer sobre la silla que tenía justo enfrente, antes de inclinarse hacia delante y fulminarme con la mirada.

—Tenemos que hablar.

Se me formó un nudo en el estómago. Me aferré con más fuerza al cuello de la botella, centrándome tan solo en la sensación fría del cristal contra la palma de mi mano, en vez de en su mirada.

Si sospechaba lo que había hecho, lo perdería todo.

El pánico se apoderó de mí y tuve la sensación de que el suelo estaba a punto de abrirse bajo mis pies. Mi vida estaba acabada.

Iba a perderlo todo antes de haber tenido a Evie de verdad.

—Las amenazas han ido a peor —dijo, pasado un rato.

Tuve que respirar hondo tres veces para recobrar el aliento.

—Joder, Rook. ¿Nadie te ha dicho nunca que no debes empezar una conversación con un «tenemos que hablar»? ¿Es que Regan no te ha enseñado nada?

—¿Por qué iba a ser un problema empezar una conversación así? Tenemos que hablar.

Sacudí la cabeza con incredulidad, y todo mi cuerpo se relajó enseguida mientras sonreía.

—Tú prueba a decirle eso mismo a Regan y verás lo que pasa.

Rook entrecerró los ojos, probablemente intentando decidir si me estaba quedando con él o no.

—¿Me lo estás diciendo en serio o solo quieres meterme en un lío? ¿Qué problema hay en hablar con alguien?

—Ninguno, pero me apuesto veinte pavos a que, como le sueltes eso, te acaba lanzando algo a la cabeza antes de que puedas decir nada más.

Rook suspiró con fuerza, relajándose, y la tensión abandonó de golpe su cuerpo, sonriendo de oreja a oreja.

—Acepto la apuesta, pero como me dé no pienso pagarte.

—Trato hecho.

—¿Estás bien? —me preguntó, fijándose un poco mejor en mí—. Estás hecho una mierda.

—Tú sí que sabes cómo halagar a alguien, pero sí, estoy bien —mentí, pasándome una mano por el cabello, nervioso—. Esta noche no he dormido nada.

Rook entrecerró los ojos de nuevo, como si no se creyese ni una sola palabra, pero no insistió. En cambio, se recostó en su asiento y se cruzó de brazos.

—Volviendo a lo de las amenazas. Últimamente he oído algunos rumores de que Anderson y sus hombres suelen frecuentar el Vault, pero no he encontrado nada que lo confirme.

Si es él quien está detrás de los tipos que nos están persiguiendo, no podemos quedarnos de brazos cruzados a la espera de que salga de su escondite.

Sabemos que los hombres de Cross también suelen pasarse por allí de vez en cuando.

Sea como sea, creo que deberíamos ir y quedarnos un par de horas, para ver si conseguimos averiguar algo.

Estuve a punto de soltar un gruñido al recordar mi último encontronazo con Asher. No era que el tío me cayese mal, pero odiaba que estuviese interesado en Evie.

—No es un mal punto de partida. Allí siempre va gente a la que se le acaba yendo la lengua.

—Así que o encontramos a las personas que estamos buscando o a alguien que las conozca. Borrachos y pasándoselo en grande. Siempre acaban cometiendo algún desliz. Iremos esta noche, nos tomaremos unas copas, nos mezclaremos con la gente y veremos qué podemos averiguar.

—¿Has puesto a Asher al corriente de nuestro plan?

—No —respondió, negando con la cabeza—. Ahora mismo no veo la necesidad. Fuera de nuestro grupo, lo único que la gente debe saber es que esta noche vamos a salir de fiesta. Y nada más. No necesitamos que quienquiera que nos esté vigilando se dé cuenta de lo que pretendemos hacer.

Asentí con la cabeza, sintiendo la llamada familiar del deber, de la responsabilidad. Eso era en lo que tenía que centrarme ahora, no en Evie, no en el miedo a que nos descubriesen, que me estaba matando. Aquello debería ser lo único por lo que me preocupase en este momento.

Las amenazas. El plan. Mantener a todo el mundo a salvo.

—Aunque voy a necesitar que te pegues a Evie como una puta lapa esta noche. Si nos vamos a meter directos en la boca del lobo, quiero que haya alguien vigilándola en todo momento.

—¿Y estás seguro de que quieres que sea yo quien se ocupe de ello esta noche? Me apuesto lo que quieras a que a Hero o a Mason no les importaría hacerlo.

Rook negó con la cabeza.

—Ahora mismo me está costando un mundo no encerrarla en su cuarto para mantenerla a salvo. Y la otra única persona en este mundo que sé que se preocupa por ella aunque solo sea una parte de lo que me preocupo yo, eres tú.

Sacudí la cabeza, tratando de olvidarme de Evie y de centrarme solo en el plan, pero mi cerebro parecía obcecado en pensar en ella. Sé que debí de poner alguna cara y que se me estaba dando de puta pena lo de ocultar lo que sentía por ella, porque Rook se percató enseguida de que me pasaba algo.

—¿Te parece bien? —me preguntó con voz grave y cautelosa.

Me obligué a asentir con la cabeza.

—Sí. Me parece bien. No hay ningún problema.

Rook me dedicó una mirada que dejaba bien claro que no me creía, pero no siguió insistiendo.

—Muy bien. Iremos esta noche. Estate preparado.

En cuanto Rook se marchó, solté todo el aire que había estado conteniendo, me recosté contra el banco de trabajo que tenía a la espalda y cerré los ojos.

Estaba hecho un lío, no podía parar de pensar en el trabajo y en Evie.

A ella sabía que no podría controlarla, pero siempre había sido capaz de controlar mis acciones.

Sin embargo, ya no podía confiar ni en mí mismo.

Ni siquiera estaba del todo seguro de querer seguir resistiéndome, pero tenía que encontrar la manera de recuperar las riendas de mi vida y volver a enterrar lo que sentía por ella.

Porque jamás podría tenerla.

Y eso era una realidad.

Respiré hondo de nuevo, pensando que a lo mejor tendría una oportunidad de volver a hacerme con el control de mis pensamientos, pero entonces la puerta del taller se volvió a abrir.

Evie se adentró en el garaje hecha una furia, y me echó un vistazo de arriba abajo enarcando una ceja.

—Parece que has tenido una noche movidita —comentó, poniendo una sonrisa socarrona al pasar a mi lado, de camino a su despacho.

—Algo por el estilo.

—Pues he oído por ahí el rumor de que te espera una segunda.

¿Es que sabía que me había pasado toda la noche despierto pensando en ella? ¿O tan solo se alegraba de verme hecho una mierda?

—Solo es otra noche más de trabajo.

—Vamos a ir a una discoteca. ¿En serio no piensas divertirte ni un poquito?

—¿Acaso te incumbe si lo hago o no? Tú no formarías parte de esa diversión —le solté, y me arrepentí enseguida de mis palabras, pero me negué a retractarme.

—¿En serio? Creía que teníamos un pequeño asunto pendiente.

—No, no lo tenemos.

Evie se acercó un poco más a mí, bajando la voz hasta que no fue más que un susurro, tratando de acabar con la última gota de fuerza de voluntad que me quedaba.

—Pues claro que tenemos asuntos pendientes, y no pienso parar hasta que no los hayamos resuelto.

Sentí que me daba un vuelco al corazón; la culpa era como una losa enorme que me oprimía el pecho, volviéndose cada vez más pesada cuanto más pensaba en ella.

Quería rendirme de una vez, tocarla de nuevo y apagar el fuego que ardía en mi interior y cuyas llamas ella no dejaba de avivar.

Pero sabía a dónde me llevaría eso y no sería nada bueno.

—¿De qué estás hablando?

—Del chantaje. Está claro. —Me dedicó una sonrisa dulce e inocente—. Y tal vez también de unas cuantas cosas que nos quedaron pendientes anoche.

—Evie —le advertí, con voz ronca—. Esto no es ningún juego. Es mi vida, y no pienso arriesgar todo lo que he conseguido solo porque estés aburrida.

—Yo no estoy jugando a nada —replicó, con la rabia ardiendo con fuerza en su mirada.

Me levanté de mi asiento, cerniéndome sobre ella, y la observé furioso.

—Pues claro que estás jugando a algo. Estás aburrida y crees que lo de chantajearme, lo de volverme loco, no es más que un pequeño jueguecito sin importancia, pero ¿qué pasará cuando nos descubran?

No si..., sino cuando . Yo lo perderé todo y tú volverás corriendo a tu habitación a esperar a que aparezca tu siguiente víctima.

Aquellas palabras eran como un mantra, un débil recordatorio de que, si Rook se enteraba de lo que estábamos haciendo, perdería mi hogar, a mi familia, mi vida entera; pero la deseaba, la deseaba tanto que no podía hacer nada por resistirme a mis impulsos.

—Rook es sobreprotector, pero no es idiota. Eres su mejor amigo, y su mejor baza, no te dejará marchar solo porque te hayas enrollado conmigo.

—Esto tiene que acabar. —Mi voz sonaba tensa, porque sabía que aquello era lo mejor—.

Tienes que dejar de provocarme. Tienes que parar con tus estúpidas amenazas de chantaje.

Tienes que dejar de coquetear conmigo y tratar de llamar constantemente mi atención.

Búscate un nuevo juego y a un nuevo jugador.

Evie negó con la cabeza y una sonrisa sombría tiró de las comisuras de sus labios.

—Ni de coña. Provocarte es demasiado divertido, Aiden. Y, además, si de verdad quisieras que parase, deberías haberlo pensado mejor antes de haber entrado en mi juego.

—No pienso seguir jugando contigo —respondí, pero, incluso mientras aquellas palabras surgían de entre mis labios, supe que eran mentira—. El chantaje. Se acabó.

Evie se acercó un poco más a mí, y su aliento cálido me acarició el cuello.

—No, no se ha acabado. He encontrado una pista y creo que pronto voy a necesitar tu segundo favor. Y sí, claro que vas a seguir jugando. Porque tengo la fuerte sospecha de que serás incapaz de resistirte.

Sus palabras flotaron en el aire, cargando el ambiente, y supe que estaba jodido. Porque jamás podría escapar de esto.

—Esta noche vamos a ir al Vault —dije—. Tenemos que ver qué información logramos averiguar sobre la gente que nos está amenazando. Así que nada de divertirse, solo negocios. Esta noche no tiene nada que ver con nosotros. Además, ¿no deberías estar yéndote ya a casa a prepararte?

—Primero, me alegra que haya un «nosotros» y, segundo, todavía es mediodía.

—Pues entonces ponte a trabajar.

—Vale. De todos modos, tengo que acercarme al mostrador, pero ahora tengo muchas más ganas de que llegue esta noche.

Y, dicho eso, se dio la vuelta y se marchó, y cada paso que daba acababa un poco más con el poco autocontrol que me quedaba. Caer en las trampas de Evie se había vuelto ya una costumbre de la que no conseguía librarme.

Una trampa que me había tendido a mí mismo en cuanto había sucumbido a mis deseos y había probado lo que sentía al tenerla.

Y ya no podía parar. Siempre era yo el que daba el primer paso, quien la tocaba primero, quien nos empujaba a cruzar de nuevo esa línea.

Por eso tenía que parar.

Tenía que dejar de fingir que esto era algo más que tan solo ella aprovechándose de mí..., y el chantaje solo era la guinda del pastel. Pronto se cansaría de mí y, de haber tenido dos dedos de frente, me habría alejado de ella antes de que eso ocurriera.