Veintitrés
Sombra
La noche estaba sumida en el silencio y un pesado manto de oscuridad se cernía sobre el cementerio como un sudario.
Llevaba observándolos desde hacía una hora, escondido entre las sombras, sin que nadie me viese o se fijase en mí, mientras los seguía con mi coche.
Me había sorprendido que no se hubiesen percatado de mi presencia, pero quién era yo para juzgar lo bien que se me estaba dando todo esto.
Al principio, Aiden y Evie habían guardado silencio, sus movimientos habían sido lentos y deliberados, casi hasta respetuosos el uno con el otro, pero, de repente, en el Sindicato algo había cambiado.
Y ahora, a medida que iban pasando los minutos, ese respeto se había evaporado, viéndose reemplazado por algo completamente distinto. Algo mucho más carnal y... repugnante.
Cerré las manos con fuerza a los costados al ver que Evie se inclinaba hacia Aiden, que su mano le acariciaba el brazo de una forma provocadora e íntima que hizo que me hirviera la sangre.
Ella creía que estaba siendo muy inteligente, que allí estaría a salvo, ¿verdad?
Creía que podía ponerse a indagar en temas que no le incumbían y, aun así, ir por ahí con él como si nadie fuese a estar observándola.
Como si nadie fuese a estar siguiendo cada uno de sus movimientos.
Me fijé en la forma en que se curvaron sus labios, en cómo esbozó esa pequeña sonrisa socarrona que siempre salía a relucir cuando creía que tenía el control de la situación.
Aquello me enfurecía; su arrogancia, su descaro al pavonearse de ese modo frente a Aiden.
Y él, Aiden... Pensaba que era demasiado inteligente como para sucumbir a sus encantos, que era mucho más fuerte que los demás.
Pero ahí estaba ahora, comiendo de su mano, dejando que Evie hiciese con él lo que quisiera, como un perro atado a su correa.
Había esperado mucho más de él.
No era suficiente con que estuviesen hurgando en temas que no eran de su incumbencia.
Ahora además también estaban profanando este lugar, convirtiéndolo en su campo de juegos personal.
Apreté los dientes con fuerza cuando vi que las manos de Aiden se deslizaban por el cuerpo de Evie, que sus dedos se cerraban alrededor de su cintura y la estampaba contra uno de los fríos mausoleos de piedra.
No podía oír lo que estaban diciendo, pero tampoco me hacía falta.
Con sus gestos me bastaba para saber qué estaba ocurriendo.
La forma en que él se cernía sobre ella, cómo ella había echado la cabeza hacia atrás para mostrarse sumisa, dejando que él hiciese con ella lo que quisiera en aquel lugar sagrado.
Observé que él le arrancaba la camiseta y se la ataba después alrededor de los ojos, y que ella por fin se quedaba callada.
Estábamos en un puto cementerio, y ahí estaban ellos, usándolo como si fuese su maldito escondite personal.
La rabia que bullía bajo mi piel estalló, rápida y ardiente, nublándome la vista.
Ninguno de los dos tenía respeto por nada, ni tampoco conciencia de los límites que habían sobrepasado.
Estaban demasiado absortos en sí mismos, tan metidos en su pequeño jueguecito que ni siquiera se dieron cuenta de lo que se les venía encima.
La mano de Aiden se deslizó por su cuerpo, subiendo lentamente hacia su cuello, recorriéndole la piel con los dedos, y sentí que algo se quebraba en mi interior.
Me clavé las uñas en las palmas de las manos, y el doloroso escozor que eso me produjo me sirvió como distracción para la ira arrolladora que me ardía por dentro.
Él no se merecía poder tocarla así. Y ella tampoco se merecía que la tocasen de ese modo.
No después de lo que había hecho, de todos los límites que había cruzado.
La cabeza me daba vueltas mientras pensaba en cuál sería mi siguiente movimiento.
Esto no formaba parte del plan. No había imaginado encontrármelos enredados el uno con el otro de esta forma.
Pero, ahora que los había visto, aquello solo había servido para consolidar mi idea sobre lo que tendría que hacer a continuación.
Evie estaba fuera de control. Se estaba acercando demasiado a la verdad, haciendo demasiadas preguntas, y estaba arrastrando a Aiden consigo.
Estaba empezando a convertirse en un veneno, matando todo aquello que tocaba.
Y si creían por un momento que esto podría acabar con ellos yéndose de rositas, adentrándose en las sombras como si fueran intocables, estaban muy equivocados.
Tenía que detenerla, salvarla .
Retrocedí un paso, fundiéndome en la oscuridad, con cuidado de no hacer ni un solo ruido.
Quedarme allí observándolos tan solo me habría servido para enfurecerme aún más, y ahora mismo no podía permitirme perder el control.
No, tenía que actuar con cabeza. Debía tener cuidado.
Al fin y al cabo, ellos no eran más que un par de piezas de un rompecabezas mucho más grande.
Había otros a los que también debía vigilar, otros que últimamente se sentían demasiado cómodos en sus propias vidas, que se habían vuelto un tanto descuidados.
Cuando salí del cementerio, deslizándome a través de las verjas de hierro, saqué mi teléfono del bolsillo.
No me costaría demasiado localizar a los demás.
Rook, Hero, Mason..., todos ellos eran tan culpables como Aiden y Evie.
Creían que estaban a salvo, escondiéndose tras su pequeño grupito, pero no tenían ni idea de lo cerca que me encontraba en realidad, de todo lo que había averiguado sobre ellos.
Estaban de mierda hasta las orejas, aunque todavía no se hubieran dado cuenta.
El primero que se me vino a la cabeza fue Rook.
Él era el más difícil de pillar a solas, porque siempre estaba rodeado de los demás.
Pero aquello no importaba. Podía esperar.
Tendría paciencia. Y, cuando llegara el momento, él sería el primero en pagar por su arrogancia. Tal vez después de Evie y Aiden.
Hero era el siguiente en mi lista. Siempre tan seguro de sí mismo, siempre pensando que lo tenía todo bajo control.
Lo estuve observando, siguiéndolo por el Sindicato, fijándome en cómo se comportaba, como si el mundo le perteneciese.
Pero incluso él tenía sus puntos débiles. Incluso a él se le podía destruir.
Y Mason..., Mason siempre estaba al acecho, deslizándose a su alrededor, sin ser nunca del todo el centro de atención, pero estando siempre cerca de los demás.
Creía que así se mantenía a salvo, que esconderse a plena vista le mantenía fuera de peligro.
Pero también lo había estado observando a él, estudiando cada uno de sus movimientos.
Era tan vulnerable como los demás y estaba igual de ciego que el resto.
Pude sentir esa familiar descarga de adrenalina mientras planeaba lo que haría a continuación, la emoción de la persecución corriéndome por las venas.
Creían que eran intocables, que sus jueguecitos los volvían invencibles.
Pero no tenían ni idea de lo que se les venía encima.
No sabían lo cerca que estaba en realidad, lo fácil que sería hacer que sus vidas se desmoronasen con solo un paso en falso.
Me deslicé entre las sombras, volviendo la mirada por última vez hacia el cementerio. Aiden y Evie seguían allí, absortos el uno en el otro, ajenos al hecho de que se les estaba agotando el tiempo.
Pero muy pronto lo descubrirían.