Veintidós #3
La presión se fue acumulando rápidamente entre mis muslos, las piernas me temblaban sin parar, y todo mi cuerpo se puso en tensión bajo el inamovible yugo de sus manos.
Pero Aiden no aflojó el ritmo en ningún momento, no me dio ni un solo respiro.
Dejé caer la cabeza hacia atrás, y el pelo se me pegó a la piel húmeda de la nuca, mientras un gemido desesperado surgía de entre mis labios.
—Joder. Sí que estás disfrutando —murmuró, hundiendo los dedos en mi interior sin piedad alguna—. Te encanta no poder hacer nada para evitar que haga contigo lo que yo quiera. Te encanta saber que, aunque solo sea por este momento, eres mía .
Entonces fue como si el mundo a mi alrededor se desdibujara.
Todo mi cuerpo se puso en tensión, el cuero de los asientos me quemó la piel desnuda por la fricción, solo podía escuchar su voz, hablándome al oído, y solo podía notar sus dedos, hundiéndose una y otra vez en mi interior, llevándome al límite.
El orgasmo me sacudió sin previo aviso, apoderándose de mí en una oleada implacable.
Todo mi cuerpo se convulsionó contra el manillar de la moto.
Me dolían las muñecas por la fuerza con la que me estaba agarrando a él mientras mi grito de placer rasgaba el silencio de la noche.
Pero Aiden no me soltó, me sostuvo con firmeza, obligándome a sentir cada latido, cada oleada de placer, hasta que tuve la sensación de que todo mi cuerpo iba a estallar.
Solo entonces bajó el ritmo, y su risa, oscura y satisfecha, se deslizó por mi piel cuando se inclinó hacia mí, rozándome el cuello con los labios.
—Buena chica. Mi pequeña psicópata, sensual y perfecta.
Todo mi cuerpo se relajó sobre la moto. Tenía la respiración entrecortada, y todavía me agarraba al manillar.
Aiden no me soltó de inmediato, me mantuvo allí apresada un poco más, hasta que me sacudieron los últimos temblores del orgasmo.
Solo entonces sacó los dedos de mi interior, deslizó una mano por mi espalda y me apresó las manos con la otra.
—Tranquila, Psycho —murmuró, casi con dulzura, rozándome la oreja con los labios—. Respira para mí.
Me desplomé sobre la moto, demasiado agotada como para decir nada. Aiden me recorrió la columna con una mano en una caricia firme y tranquilizadora, antes de liberarme por fin.
Entonces le sonó el teléfono y el nombre de Rook se iluminó en la pantalla. Eso fue lo único que hizo falta para devolvernos al mundo real.
A nuestro mundo real.
Ese en el que él creía que jamás podríamos estar juntos.
¿De verdad tenía que ser tan inoportuno mi hermano?
—Joder. Tenemos que irnos.
—¿Qué? Aún no hemos acabado.
Aiden le dio la vuelta a su teléfono para mostrarme el mensaje urgente de Rook, en el que le pedía que fuese al taller cuanto antes porque tenían un encargo de última hora del que ocuparse.
—¿Y no puede pedírselo a otro?
—Probablemente cree que a estas alturas ya estoy en casa contigo. No creo que se imaginase que íbamos a hacer una parada por el camino.
—Aiden, vamos, tenemos...
— Tenemos que irnos —me interrumpió, con una sonrisa.
Me puse el casco, ocultando así lo enfadada que estaba, y me subí la cremallera de la chaqueta. Él bajó la mirada hacia mí, con el ceño fruncido.
—Creía que me habías prometido que no ibas a volver a taparte cuando te quitases la camiseta.
—Sí, pero solo porque sabía que acabarías entrando en pánico si lo hacía —dije, tomándole el pelo—. Además, ¿qué imagen crees que daría si llegase a casa con las tetas al aire, Aiden?
Sus ojos cobraron un brillo oscuro y, cuando me recorrió de arriba abajo con la mirada, sentí que el calor volvía a acumularse entre mis piernas. La chaqueta de cuero lo cubría todo, pero estaba claro que él no quería que fuera así.
Bajé lentamente la cremallera bajo su atenta mirada.
La forma en que me estaba observando, con el deseo ardiendo en sus ojos azules, me hizo desearlo de nuevo.
Enredé una mano en su cabello, atrayéndolo hacia mí, hasta que sus labios volvieron a cerrarse alrededor de mi pecho. Ni siquiera lo dudó antes de metérselo en la boca y morderme con suavidad.
Eché la cabeza hacia atrás, dejando que el punzante deseo volviese a apoderarse de mí. Tiré de su cabello con fuerza, obligándolo a prestarle la misma atención a mi otro pecho. Y él me complació al momento, haciéndome gemir.
Cuando lo aparté, me fijé en la desolación reflejada en su mirada.
—Parece que voy a tener que ir bien pegada a ti para que no se me congelen las tetas por el camino.
—Sabes que no puedes hacer eso. Alguien podría vernos cuando llegásemos a casa.
—Como si fueses a poder detenerme.
Aiden negó con la cabeza.
—No te llamo psicópata por nada.
—Lo sé —respondí, con un suspiro de felicidad—. Me alegro de que te guste tanto.
Me ajusté el casco, sumiéndome en mis propios pensamientos, mientras me subía a la moto y me colocaba a su espalda.
Me eché hacia delante, apoyando los pechos contra su espalda, y sentí que Aiden se ponía en tensión por el contacto.
Me pegué un poco más a él, probando hasta dónde me dejaría llegar. Y él no me detuvo. No pudo. Y eso, más que nada, me hizo sentir viva.