Ace & Ember (Los Mavericks 2) Veintidós #2
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Veintidós #2

—Entonces, más te vale conseguir que me corra, porque si no pienso mostrarles a todos esas fotos esta misma noche, en cuanto volvamos a casa.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer que te corras? ¿Quieres que use mi lengua? ¿Mis dedos? —Pegó sus caderas a las mías, presionando su erección contra mi sexo, y pude notar el contorno de su miembro contra mi cuerpo—. ¿Mi polla?

—Las tres opciones me valen —jadeé, al mismo tiempo que sus labios descendían hasta quedar imposiblemente cerca de los míos.

Aiden puso una sonrisa perversa, y las farolas cercanas proyectaban la suficiente luz como para envolverlo en una mezcla confusa de luces y sombras, dándole un aspecto mucho más inquietante y amenazador.

Dobló el pañuelo con cuidado hasta que la palabra «Psycho» quedó en el centro de la tela. Su sonrisa se ensanchó cuando me la colocó sobre los ojos y la ató alrededor de mi cabeza.

—De rodillas, Psycho .

Me quedé helada, mi vista trató de acostumbrarse a aquella nueva oscuridad, y me flaquearon las piernas.

Pude sentir cómo Aiden se acercaba un poco más a mí, cómo su cálido aliento me hacía cosquillas en la oreja.

—He dicho que te pongas de rodillas. Hazme caso o tendré que obligarte.

Me dejé caer al suelo, con las piernas demasiado temblorosas como para hacer otra cosa que no fuese obedecer.

—Buena chica. Solo me haces caso cuando cabe la posibilidad de que te corras. No paras de hablar y de hablar, me sacas de quicio, pero luego, cuando por fin te tengo a solas y toda para mí, te arrodillas sin rechistar y me suplicas que te folle.

—Aiden —jadeé, sin saber si le estaba pidiendo que hiciese algo de una vez o exigiéndoselo.

—Y eso te encanta, ¿verdad? Ser solo mía, donde yo quiera. Ya sea de rodillas en el suelo, o haciendo que mate a alguien por ti. Mataría por meterte la polla en esa preciosa boca que tienes, para ver qué se siente al rozar el cielo, ¿tú no?

Solo pude asentir, antes de echar la cabeza hacia atrás y volver el rostro hacia él.

—Pero quiero saber qué estarías dispuesta a hacer tú por probar mi polla. Yo sé perfectamente lo que haría, Psycho, pero ¿y tú? ¿Qué estarías dispuesta a hacer?

—Cualquier cosa.

—¿De verdad? —me preguntó, con un deje sorprendido, casi como si aquello le pareciese de lo más gracioso—.

¿Estarías dispuesta a pasarte toda la noche aquí, así?

¿Con las tetas al aire y las rodillas llenas de tierra?

Mira tus pobres pezones, se están congelando.

—Bajó los dedos por mi cuello, antes de deslizarlos por mi clavícula, hasta llegar a mi pezón, frío y tenso—.

Ah, claro, no puedes verlo, ¿verdad? Qué pena.

Te encantaría ver lo preciosa que estás ahora mismo. Abre la boca y saca la lengua.

Obedecí de inmediato, sin siquiera dudarlo, porque me moría por probar lo que Aiden me ofrecía.

Se le escapó una risa grave y hundió los dedos en mi cabello.

—¿Solo piensas provocarme otra vez? —le pregunté, sin saber muy bien cómo logré que me saliesen las palabras.

—¿Otra vez? ¿Cuándo te he provocado por primera vez?

—Me obligaste a arrodillarme en los acantilados —dije, sintiendo cómo una oleada de calor líquido se acumulaba rápidamente entre mis piernas.

Me recorrió la mejilla con los dedos, hasta cerrarlos alrededor de mi barbilla, y su pulgar se deslizó inconscientemente por mi labio inferior.

No me podía creer lo bien que me conocía este hombre. En ese momento, era él quien tenía todo el control y, sin embargo, cada gesto que hacía parecía destinado tan solo a darme placer a mí.

Aiden soltó otra sonora carcajada.

—¿Y te arrodillaste porque sabías que era yo? ¿O porque te gusta que un desconocido te toque como él quiera en medio de un bosque oscuro?

—Da igual si es en un bosque, en un cementerio..., donde sea, cualquier lugar oscuro donde pueda dejar que un hombre tome las riendas de la situación y me provoque un buen orgasmo me vale —respondí, sonriéndole.

—Te he dicho que abrieses la boca y sacases la lengua, no que me suplicases que te provocase un orgasmo. Sé perfectamente lo que quieres, pequeña Psycho.

Volví a abrir la boca y a sacar la lengua, sin decir ni una sola palabra, aunque de normal le habría respondido con algún comentario sarcástico. Porque no quería que nada rompiese este hechizo.

—Joder, eres perfecta. ¿Cómo puede una mujer preciosa ser tan salvaje y complaciente al mismo tiempo?

No respondí, pero tampoco hizo falta. Antes de que pudiera decir nada, Aiden me agarró con fuerza de los brazos y me obligó a volver a ponerme de pie.

—Súbete —me ordenó, esperando a que me subiese de nuevo a su moto, esa en la que me había montado en cientos de ocasiones, siempre imaginándome cómo sería este momento.

Al ver que no obedecía, me subió él mismo a la moto, tumbándome de espaldas sobre los asientos, y la piel desnuda de mi espalda se encontró con el cuero frío mientras me obligaba a apoyar las manos en el manillar. Su agarre era férreo e implacable, inmovilizándome sobre su moto.

—Sujétate, Psycho —gruñó, y su aliento cálido me acarició el oído—. Y ni se te ocurra moverte.

Abrí la boca para replicar, pero las palabras se me quedaron atoradas en la garganta en cuanto deslizó una mano entre mis piernas, brusca y posesiva, como si llevase esperando toda la noche para hacer eso.

Entonces la mano que me había mantenido inmovilizada sobre el asiento se deslizó por mi vientre, bajando lentamente hacia la cintura de mis vaqueros.

La prenda cedió con facilidad, deslizándose por mis piernas lo justo como para que el aire nocturno acariciase mi sexo.

Aiden contuvo el aliento y después soltó una carcajada oscura y seca.

—¿No te has puesto ropa interior, Psycho?

¿Has venido así en mi moto? Ya me estás empapando el asiento y aún no hemos ni empezado —murmuró, deslizando los dedos por mi centro, despacio al principio, provocándome—.

¿De verdad crees que cualquiera que pase por aquí no sabrá exactamente lo que te estoy haciendo?

¿En serio crees que no verán cómo mi chica se corre sobre mi puta moto como una desesperada?

—Aiden —siseé, a medio camino entre una amenaza y una súplica.

Él soltó un gemido, y ese sonido me provocó una oleada de placer.

—Así, perfecto. Di mi nombre cuando te corras —dijo, con un tono grave y letal.

Y entonces sus dedos se hundieron en mi interior sin previo aviso, con fuerza, rápidos, despiadados, como solo él sabía serlo.

Se me entrecortó la respiración, transformándose tan solo en una serie de jadeos acelerados e irregulares.