Ace & Ember (Los Mavericks 2) Veintidós
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Veintidós

Evie

El frío de la noche me mordía la piel desnuda cuando nos adentramos en el cementerio, con el rugido de la moto desvaneciéndose en el inquietante silencio, mientras Aiden reducía la marcha al entrar por el estrecho camino de la entrada.

La verja crujió cuando la abrimos y las sombras se deslizaron a nuestro alrededor, lo que me hizo aferrarme más fuerte a él.

Sabía que estaba cabreado por cómo estaba agarrando el manillar, con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

El corazón me latía acelerado en el pecho, al compás del rugido del motor que reverberaba bajo nuestros cuerpos, pero no eran solo el frío o la oscuridad lo que me había acelerado el pulso.

La emoción de que Aiden hubiese vuelto a tomar el control me recorrió de arriba abajo. Era mucho más excitante de lo que podría ser jamás una moto yendo a toda velocidad o internarse en un lugar oscuro y peligroso como aquel.

Me moría de ganas de descubrir qué tenía pensado hacerme, cómo pretendería castigarme esta vez.

Aiden aparcó la moto detrás de la verja, en una zona que quedaba oculta desde la carretera principal.

El silencio nos envolvió por completo, denso y repentino.

Apenas tuve tiempo de respirar antes de que nos bajásemos de la moto y tirase de mí, arrastrándome hasta detrás de un par de estatuas que se alzaban imponentes sobre nuestras cabezas.

Perdí la chaqueta al bajarme de la moto, y la prenda cayó al suelo de tierra con un ruido sordo, pero no me importó. La forma en que Aiden me estaba agarrando de la muñeca, firme e implacable, arrastrándome hacia las sombras, hizo que todo lo demás desapareciese.

—El chantaje, tus malditas amenazas..., el bosque —gruñó, y con cada palabra sonaba más y más cabreado.

El corazón me dio un vuelco al oír aquella pequeña confesión—.

Todo ha sido un juego para ti. ¿En serio pensabas que iba a dejar que siguieses provocándome hasta que mi vida acabase estallando en pedazos?

Traté de asimilar sus palabras, dejando que diesen vueltas en mi cabeza, sorprendida por lo duro que estaba siendo.

—Todo ha sido un juego —respondí por fin—. Y me lo he pasado mejor que nunca. Quería tener un asiento en primera fila para ver cómo perdías poco a poco la cabeza. Cómo perdías lentamente el control hasta volverte totalmente loco. Hasta que en lo único en lo que pudieses pensar fuese en mí.

—¿Todo porque querías convertirme en un psicópata como tú? ¿Es que a mi pequeña Psycho le pone arruinarles la vida a los hombres?

—Podría decirse que sí.

—¿Y por qué a mí? ¿Por qué no has elegido a cualquiera de los cientos de hombres a los que podrías haber llamado y que se habrían enamorado de ti en un abrir y cerrar de ojos? ¿Por qué sigues insistiendo en que sea yo?

—Tal vez porque siempre he deseado aquello que sé que no puedo tener.

—Enarqué una ceja mientras él entrecerraba los ojos.

Conocía el pasado de Aiden, y sabía que, cuando todos aquellos a los que querías te acababan abandonando, eso te dejaba cicatrices.

Yo también tenía mis propias cicatrices, pero al menos sabía que aquellos que me habían dejado no lo habían hecho porque quisieran, sino que se habían visto obligados a hacerlo—.

O a lo mejor tan solo lo he hecho porque no hay nadie como tú.

Y no podría haberte encontrado un sustituto por más que lo hubiera intentado.

Aiden se inclinó hacia mí, y su aliento cálido me acarició los labios.

Nunca había deseado tanto abrazar a alguien como a él en ese momento.

Me moría de ganas por confesarle lo mucho que deseaba esto, a él, pero, de hacerlo, no creía que fuese a creerme.

El frío de la noche se vio reemplazado por su calor, que me envolvió por completo y me hizo suspirar de placer.

—¿Y qué hay de tu vida, Evie? ¿Quién se encarga de arruinarte a ti la vida?

Respiré hondo, de forma entrecortada, y levanté la vista para mirarlo a los ojos.

—Tú.

—¿Yo? ¿Qué se supone que he hecho yo aparte de todo lo que me has pedido?

¿Acaso que haya estado a tu completa disposición durante los últimos diez años te ha resultado abrumador?

¿Te molestó cuando tuve que sangrar y sufrir para evitar que tú no sufrieses ningún daño? ¿Qué fue lo que te jodió tanto, Psycho?

—Que me hicieses desearte. Todos esos días en los que me hiciste desearte aunque tú nunca me quisieses a mí de esa forma. Tú me arruinaste la vida, Aiden.

Sus dedos me sujetaron la barbilla con fuerza, inmovilizándome la cabeza, mientras con la otra mano recorría mi cuello hasta el escote, deslizando los dedos por el mismo lugar que había rozado el otro tipo en el Sindicato.

Entonces se inclinó hacia mí, hasta que nuestros labios quedaron a tan solo unos centímetros de distancia.

—No creo que tengas ni idea de lo que se siente cuando alguien te arruina la vida, pero también creo que la única forma de que dejes de provocarme y joderme va a ser darte eso que tanto ansías. ¿Eso es lo que quieres, Psycho? ¿Quieres que te arruine la vida?

Una oleada de calor intenso me bajó por la espalda, y me flaquearon las rodillas mientras asentía con la cabeza. Tartamudeé algo ininteligible, intentando darle una respuesta coherente, pero no lograba encontrar las palabras.

—Quítatela —me ordenó, sacándome de mi aturdimiento.

—¿Que me quite el qué?

—La camiseta.

—¿Por qué iba a hacer eso?

—Porque creo que sabes perfectamente lo que conseguirás si te portas bien. —Se inclinó hacia mí y sus labios se posaron sobre mi cuello.

—Lo único que sé es que quieres destrozarme la vida.

—Y voy a hacerlo. Cuando acabe contigo, tu vida estará tan destrozada como la mía.

Pienso arruinarte. Hasta ahora he seguido todas las normas y he intentado llevar una vida normal, tal y como siempre había querido, pero entonces apareciste tú, dispuesta a acabar con todo.

Así que ahora me toca a mí acabar contigo, arruinarte.

—Vaya, Ace —dije, intentando recuperarme—. Eso ha sonado casi como una amenaza.

—¿Casi? Cuando acabe contigo, no podrás siquiera pensar en tocar a otro hombre, dejaré tu vida hecha pedazos. ¿Qué parte de todo eso te ha parecido «casi» una amenaza?

—La parte en la que luego no te atreves a cumplir lo que acabas de prometerme. En la que te acabas quedando de brazos cruzados y me dices que jamás podrá pasar nada entre nosotros porque tienes estrictamente prohibido tocarme. —Quería provocarlo, llevarlo al límite.

Me flaquearon las rodillas y Aiden puso una sonrisa perversa, antes de llevar una mano al nudo que me sujetaba el pañuelo a la espalda. Sus dedos se movieron con rapidez, deshaciéndolo hasta que la prenda se deslizó por mi torso, dejando mis pechos al descubierto.

—Esta noche nadie podrá detenerme. Ahora será mejor que te dejes de preguntas y hagas lo que te he pedido.

Le quité el pañuelo de la mano y me lo llevé al pecho para tratar de cubrirme de nuevo. Pero entonces Aiden se inclinó hacia mí y me lo arrebató otra vez.

—No tan rápido.

Su voz sonaba grave y burlona, lo que me provocó un escalofrío que me recorrió la espalda.

Se me cortó la respiración cuando se cernió sobre mí, con sus labios acariciándome el cuello, provocándome otra oleada de placer.

Me dejó un rastro de besos húmedos por la clavícula, deslizándose por mi piel erizada.

Entonces su boca se cerró alrededor de mi pezón, mordiéndolo con la suficiente fuerza como para provocarme una aguda sacudida de placer.

Jadeé con fuerza, llevando las manos a sus hombros para tratar de mantener el equilibrio, mientras un gemido se escapaba de entre mis labios.

Su lengua cálida se deslizó entonces sobre la piel sensible de mi pecho, aliviando el escozor de su mordisco, y el contraste de su calor con el frío de la noche hizo que me estremeciera.

—¿Estás pensando en todas las formas que podrías usar esto en mi contra? —murmuró sobre mi piel, con su aliento cálido y burlón deslizándose sobre mi pecho.

—Sí. —La voz me salió temblorosa, en un patético intento de rebeldía.

Se apartó un poco, rozándome el pezón sensible con el pulgar y provocándome otro gemido de placer.

—Mientes fatal —me respondió, y su mirada oscura y llena de satisfacción se encontró con la mía.

Intenté mostrarme desafiante, el instinto me gritaba que lo apartase de un empujón por dejarme en evidencia, pero no quería hacerlo...

porque lo deseaba. Estaba perdida, ahogándome en el fuego que él no hacía más que avivar, y estaba dispuesta a dejarme llevar por el deseo y lo mucho que lo necesitaba.

Entonces Aiden se alejó de mí.

—Vas a volver así a casa, Psycho, tal y como me has prometido antes. Quiero que todo el mundo vea lo mucho que disfrutas al ir medio desnuda a mi espalda.

—¿Y ya está? ¿Quieres que nos vayamos ya?

—Sí. ¿En serio te pensabas que te merecías algo más cuando llevas toda la noche intentando ponerme celoso?

—Que lo merezca o no, no importa. Lo quiero.

Subió una mano lentamente por mi cuello, hasta atraparme la barbilla de nuevo entre sus dedos.

—Ay, ángel, el que lo merezcas o no es lo único que importa ahora mismo.

—Podría contárselo a todo el mundo, Aiden —solté, antes de poder pensármelo mejor.

Creía que a estas alturas ya habría dejado atrás mis tácticas habituales, pero parecía que no.

—Como no termines lo que has empezado ahora mismo, te...

—¿Me qué? —preguntó, con el rostro sumido en la más profunda oscuridad—. ¿Me seguirás chantajeando hasta que te provoque un orgasmo?

Me mordí el labio inferior. Eso era exactamente lo que había estado a punto de soltar, pero al oírselo decir en voz alta a él sonaba horrible. Cuando por fin me atreví a mirarlo a los ojos, Aiden estaba sonriendo.

—Sigue, pequeña Psycho. Quiero oír cómo me amenazas con enseñarles a todos esas fotos si no hago que te corras ahora mismo.

—¿De verdad?

Asintió con la cabeza, acercándose un poco más a mí, hasta deslizar una de sus piernas entre las mías.