Veintiuno
Aiden
Llevé la moto hasta la entrada de la casa y esperé, ya que Evie llegaba tarde.
Otra vez .
Todos los demás ya se habían marchado al Sindicato. Podía oír el rugido de sus motores en la distancia. Pero ¿Evie? Ella seguía ahí dentro, perdiendo el tiempo con ese maldito ordenador suyo, seguramente indagando en cosas en las que no debería meterse.
Dejé que la moto se balancease de un lado a otro, tamborileando con los dedos sobre el manillar, con la mirada clavada en la puerta, rezando para que se diese prisa.
Siempre llegaba tarde y era imposible de predecir. Evie era justo lo contrario a mi mundo perfectamente organizado. Y eso me encantaba.
Justo cuando estaba a punto de irrumpir allí y sacarla yo mismo a rastras, la puerta se abrió de par en par, y Evie atravesó el umbral, con los tacones de sus botas golpeando los tablones del porche con un ruido sordo y furioso.
—¡Llegas tarde, Psycho! —le grité, claramente molesto—. Estaba empezando a pensar que no ibas a aparecer.
Evie me dedicó una pequeña sonrisa, echándose el pelo hacia atrás.
—Anda, relájate un poco. Tenía que asegurarme de que todo estuviese perfecto. Y las cosas buenas siempre llevan su tiempo.
—Eres más que algo bueno —murmuré, intentando no fijarme demasiado en cómo la chaqueta de cuero se le ceñía a las curvas—. A este paso, tendremos suerte si llegamos al Sindicato antes de medianoche.
Me quedé mirándola fijamente un poco más de lo debido mientras se ponía el casco.
Me encantaba el aspecto que tenía en ese momento.
Cómo siempre entreabría ligeramente los labios, centrándose tan solo en el casco, y cómo sus manos se movían con cuidado al colocárselo para tratar de no despeinarse.
Era completamente incapaz de apartar la mirada de ella.
Se dio unas cuantas palmaditas en la chaqueta, sacó el móvil para echarle un vistazo y volvió a guardarlo.
—Evie —gemí—. Ya llevas todo lo que necesitas. Vámonos.
Ella me fulminó con la mirada, pero se subió a la moto sin rechistar.
Llevaba mucho tiempo tratando de ignorar la atracción que sentía por ella, fracasando cada día en el intento.
Cada vez que la tenía cerca, acababa soltando algo inapropiado para mantener las distancias.
Porque, si volvía a ceder a mis deseos y dejaba que mis manos la tocasen, no estaba seguro de poder volver atrás.
Tenía que seguir recordándome que para ella esto no era más que un juego. En realidad, ella no me deseaba de esa forma..., era imposible.
¿Verdad?
Deslizó los brazos alrededor de mi cintura de una forma tan cómoda, tan familiar, que tuve que apretar los dientes con fuerza al sentir la calidez de su cuerpo pegada a mi espalda, despertando ideas en mi interior que jamás podría siquiera contemplar.
Arranqué la moto y el motor cobró vida bajo nuestros cuerpos, justo antes de salir disparados hacia la carretera, mucho más rápido que de costumbre. Oí la risa ahogada de Evie cuando se aferró a mi cuerpo para no caerse.
—Vaya, ya sé que estás enfadado, ¿pero te importaría no intentar matarme antes de que lleguemos al Sindicato? —bromeó, y apenas pude oír su voz por encima del rugido del motor y del viento, ni siquiera a través del intercomunicador de nuestros cascos.
El trayecto hasta el Sindicato debería haber sido como cualquier otro; otra noche más, otro viaje más; pero al tenerla pegada a mi espalda, no lo fue.
Cada vez que nos topábamos con un bache podía notar su cuerpo moviéndose con el mío, como si estuviésemos en completa sintonía.
Porque Evie pertenecía justo a ese lugar, a mi lado.
Porque era mía.
Ese lugar le pertenecía solamente a ella. Nadie había encajado nunca en esa posición como lo hacía ella y no creía que nadie pudiese hacerlo jamás.
Cuando llegamos al Sindicato, cientos de motos llenaban el aparcamiento. Una mezcla de luces y carenados cromados refulgía bajo la tenue luz de las farolas, mientras que el caos familiar de las risas y la gente hablando a voces resonaba en medio de la noche.
Evie se bajó de la moto antes incluso de que pudiese apagar el motor, pero la atrapé antes de que se alejase demasiado.
—¿Te importaría portarte bien y quedarte esta noche a mi lado?
—No —respondió, quitándose la chaqueta—. Esta noche tengo cosas que hacer, cosas en las que tú no estás incluido.
Me quedé boquiabierto en cuanto se desabrochó la chaqueta de cuero.
La pequeña camiseta que llevaba puesta le caía en pico hasta las caderas; era una especie de pañuelo que se había atado a la espalda y que apenas hacía nada para sujetarle los pechos.
Y había escrito la palabra «Psycho» por delante con pequeños diamantes.
—Joder, Evie. ¿Qué llevas puesto?
Me llevé las manos al dobladillo de mi sudadera, listo para quitármela a toda prisa y obligarla a ponérsela, pero no podía apartar la mirada de su pecho.
—Una camiseta. ¿Cuál es el problema? —me preguntó, con una sonrisa perversa.
—Eso no es una camiseta. Si no te cubre nada, se te ve todo a través de la tela. Te estoy viendo los putos pezones ahora mismo.
—¿Y? —preguntó, bajando la mirada hacia su pecho—. Es monísima. La he hecho yo misma. Pensé que precisamente tú sabrías apreciarla. O quizá debería decir que precisamente a ti no te importaría lo que me pusiera.
—Ahora mismo estás siendo un maldito grano en el culo —solté.
—Bueno, pues me alegro de que los dos seamos igual de coherentes con nuestros papeles, ¿tú no?
Entrecerré los ojos, sin poder apartar la mirada de su camiseta, y le eché mi sudadera por los hombros, tomándome un momento para grabarme en la memoria aquella imagen antes de bajársela, hasta que me di cuenta de que, con el gesto, mis manos habían acabado rozando sus pechos.
Sinceramente, no entendía cómo Rook aún no me había matado.
Ya ni siquiera trataba de ser sutil porque estaba tan absorto en ella que ni siquiera me daba cuenta de lo que estaba haciendo.
—Déjame en paz. Puedo ir por ahí enseñándole las tetas a todo el mundo si me da la gana. Igual que también puedo quitarme directamente la camiseta si me apetece.
—Ni se te ocurra intentarlo... —Apreté los dientes con tanta fuerza que tuve la sensación de que se me iban a acabar rompiendo.
—¿O qué?
—O te llevaré de vuelta a casa inmediatamente.
Evie sonrió, y la mirada pícara que me dedicó me dejó totalmente helado.
—Eso solo me da más ganas de quitármela...
—Evie, te juro que acabaré matando a alguien si crees en serio que voy a quedarme mirando de brazos cruzados como te pavoneas por ahí prácticamente con las tetas al aire y te pones a ligar con otros tíos.
—Entonces ve a decirle a Rook que no voy a poder ligar con nadie porque he venido contigo. Explícaselo, y te prometo que no coquetearé con ningún otro esta noche.
—Joder —solté.
Me entraron ganas de romper algo. Porque Evie tenía razón, siempre la tenía, y justo por eso lo del chantaje le había salido tan bien. Jamás podría explicarle a Rook la clase de relación que tenía con su hermana porque él siempre acabaría adivinando qué era exactamente lo que pasaba.
—Esta noche no vas a tontear con ningún tío.
—Vas listo si crees que te voy a hacer caso. No eres mi novio. —Se quitó la sudadera y me la estampó con fuerza en las manos.
—Ni se te ocurra quitarte la camiseta.
Evie se acercó un poco más a mí, inclinándose hasta que sus pechos quedaron pegados a mi torso.
—Creo que podría ser bastante divertido volver a casa en tu moto sin camiseta. Piensa en lo mucho que tendría que pegarme a ti para que nadie viera nada.
En ese momento, me quedé totalmente en blanco, no podía pensar en nada.
Podría mandarlo todo a la mierda.
Podría agarrarla de la cintura en ese mismo instante y subirla a mi moto. Podríamos volver juntos a casa. Y podría tenerla en mi cama en menos de veinte minutos, y despertarme mañana con ella todavía enredada a mi cuerpo.
— Evie . —La voz me salió tensa—. Ni se te ocurra quitarte la puta camiseta.
Evie hizo un puchero y me dieron ganas de atrapar su labio inferior entre los dedos y tirar de él, pero, si lo hiciera, todo el mundo nos vería.
—Bueno, si insistes... Supongo que tendré que dejármela puesta. —Guardó silencio un segundo, mirándome fijamente, con esa sonrisa suya que me estaba volviendo loco—. Sabía que te gustaría.
Y, dicho eso, se dio media vuelta y se encaminó hacia las motos que estaban echando una carrera en el centro del Sindicato.
Podía ver cómo todos los tíos se volvían a mirarla al pasar, repasándola de arriba abajo.
Iba a pasarme cada segundo de la puta noche vigilándolos.
¿Y si querían hacerle daño? ¿O solo estaban rezando porque les dejase tocarla?
Yo sería el afortunado que los evaluase y averiguase cuáles eran sus intenciones para mantener a Evie a salvo.
Esperé un segundo, respirando hondo tres veces, antes de ir tras ella.
Me pasé casi una hora siguiendo a Evie por todo el Sindicato, hasta que por fin se quedó quieta.
Para mi desgracia, el lugar que eligió para hacerlo era una puta mierda.
Porque se recostó contra mi moto. Cuatro tíos la rodearon de inmediato, sonriéndole y comportándose como unos malditos idiotas solo para llamar su atención.
Un escalofrío amargo me recorrió la espalda al verla reír, echando la cabeza hacia atrás como si no tuviese ni una mísera preocupación en esta vida.
Cada vez que lo hacía, su aroma, cálido y con un ligero toque a vainilla, mezclado con el olor de las motos, me golpeaba de lleno, haciendo que me fuese imposible ignorarla.
Tenía la sensación de que aquello no iba a acabar nunca, que jamás podría dejar de fijarme en ella y en cada uno de sus movimientos, ni siquiera cuando sabía que eso era lo que debería hacer.
Era como si, cuando más necesitaba alejarme de ella, más en serio me tomase mi puesto como su guardaespaldas.
El verla ligar con otros tíos, incluso aunque fuese con esos idiotas, despertó algo en mi interior. Me dije que solo lo hacía para mantenerla a salvo, pero, con cada risa, con cada inclinación de su cabeza, iba perdiendo más y más el control. Y ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Al final, la gota que colmó el vaso fue que uno de ellos alargase una mano hacia ella y enredase un dedo en el escote del diminuto pañuelo que se había puesto a modo de camiseta, recorriéndolo lentamente como si tuviese todo el derecho del mundo a tocarla.
Podía oír mi pulso acelerado latiéndome en los oídos y, antes de que pudiese pensármelo dos veces, rodeé mi moto en un par de zancadas y me coloqué a su lado.
Cada latido de mi corazón estaba cargado de rabia, y ver cómo alguien que no era yo la tocaba de esa forma tan solo había conseguido avivar las llamas que ardían en mi pecho.
Cerré la distancia que nos separaba en cuestión de segundos.
El tipo ni siquiera se percató de mi presencia hasta que le rodeé la muñeca con fuerza.
Sentí sus huesos ceder bajo mi agarre y oí un suave crujido.
Tenía la piel empapada en sudor, resbaladiza, y la forma en que tomó aire con brusquedad fue la única respuesta que necesitaba.
Le retorcí la muñeca en un ángulo extraño, apartando sus sucias manos de ella, y el tipo profirió un grito de dolor.
—¿Qué cojones te crees que estás haciendo tocándola así?
—¿Pero qué...? ¿Y tú quién coño eres?
—No es asunto tuyo —le contesté, apartándolo de ella de un empujón, y después cogí el casco de Evie, que seguía sobre el asiento de mi moto, y se lo tendí—. Ponte esto. Ahora.
Ella sonrió y se volvió a echarle un vistazo al tipo que la había tocado y que ahora estaba tirado en el suelo, agarrándose la muñeca.
Sabía que estaba disfrutando de todo esto, porque siempre se le iluminaba la mirada cuando me ponía celoso.
En tan solo una zancada, llegué junto a ella y me pegué a su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón contra el mío.
Evie levantó la vista hacia mí y nuestras miradas se encontraron, y el brillo desafiante que iluminó sus ojos me hizo perder aún más la cordura.
Deslicé una mano por su costado, hasta que mis dedos se cerraron alrededor de su cuello.
—Ponte el puto casco, Psycho, y súbete a la moto.
—¿O qué? —me preguntó, con la voz entrecortada, como si le costase respirar.
Alcé la otra mano, le puse el casco a la fuerza y levanté la visera.
—O tendré que obligarte.
Me incliné hacia ella y bajé las manos lentamente hacia su trasero hasta poder alzarla, lenta y deliberadamente, dándole tiempo para que se resistiese si se atrevía a hacerlo. Pero no lo hizo. En cambio, se aferró con fuerza a mi chaqueta, y su aliento cálido me acarició la piel.
Me subí a la moto, la senté sobre el depósito y, sin perder más el tiempo, arranqué y me marché del Sindicato a toda velocidad.
Evie me dio un golpecito en el hombro antes de inclinarse hacia mí y abrazarme con todas sus fuerzas, presa del pánico, mientras salíamos a la carretera y nos adentrábamos en la oscuridad.
Se sujetó a mi pecho, clavándome las uñas en la espalda, mientras la moto salía disparada hacia delante. La noche nos envolvió por completo, el viento azotó con fuerza nuestros cuerpos y el frío nos caló los huesos, pero nada parecía poder acabar con la emoción que me bullía en las venas.
Evie no necesitaba decir nada, tenía cada centímetro de su cuerpo pegado al mío, podía sentir su aliento en mi cuello, como una promesa y una advertencia al mismo tiempo.
O me rendía, o acabaría muriendo en el intento de alejarme de ella.