Ace & Ember (Los Mavericks 2) Veinte
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Evie

Me había pasado toda la noche intentando encontrar más información sobre el nuevo misterio en el que se había convertido la vida de mis padres.

Lo único que seguía sin entender era qué les podría haber llevado a relacionarse con Cameron en un primer momento. O con los demás miembros de este grupo. ¿Y por qué habían pasado tanto tiempo fuera de casa durante semanas cuando yo no era más que una niña?

Siempre había supuesto que sería por trabajo. Pero ahora... había algo que no terminaba de encajar.

El reloj que parpadeaba desde la esquina de la pantalla de mi portátil marcaba las 6:47 de la mañana.

Eso significaba que me había pasado las últimas ocho horas inmersa en varias teorías conspiratorias en vez de durmiendo, y que el Maverick Moto estaba a punto de abrir.

Solté un profundo gemido antes de cerrar el portátil y obligarme a salir de la cama. Tenía que prepararme para el día. Y necesitaba una buena dosis de cafeína, o al menos un sorbo de agua.

Sobre todo, necesitaba dejar de darle vueltas a aquello. Tenía que centrarme, actuar con cabeza para no ir corriendo de aquí para allá en busca de más pistas que tan solo diesen lugar a más preguntas sin respuesta.

Salí al pasillo, con la esperanza de que eso me ayudase a empezar la mañana con buen pie, pero, por alguna razón, abandonar los confines seguros de mi habitación tan solo sirvió para empeorar las cosas.

En ese mismo instante, la puerta del baño se abrió de par en par, y una nube de vapor llenó el pasillo.

Y justo tras ella..., Aiden.

Llevaba una toalla atada a la altura de las caderas, y todavía tenía la piel húmeda, con diminutas gotas de agua deslizándose lentas y provocadoras por los recovecos de su duro abdomen.

Los tatuajes que le cubrían el pecho eran como una especie de mapa prohibido que jamás tendría permitido recorrer.

Ni con los dedos.

Ni con los labios.

Joder .

Durante un humillante y horrible segundo, me quedé allí de pie, en el umbral de mi habitación, entrando en colapso, como si mi cerebro fuese el disco duro defectuoso de un ordenador.

Y entonces, como Aiden era la peor persona del mundo, nuestras miradas se encontraron y me dedicó una sonrisa pícara.

Fue un gesto lento y deliberado. Como si hubiese podido percibir que todo mi sistema nervioso cortocircuitaba nada más verlo.

Tenía que decir algo. Lo que fuese para tratar de desviar la atención del hecho de que prácticamente me lo estaba comiendo con la mirada en medio del pasillo a las seis de la mañana, como un auténtico despojo humano.

Cuando habló, lo hizo bajando tanto la voz que me flaquearon las rodillas.

—Tú sigue mirándome, Psycho. A lo mejor acabas viendo algo que te guste.

— A lo mejor —dije, aunque la voz me salió chillona y entrecortada. Por mucho que me gustase tener siempre todo bajo control, el mero hecho de quedarme mirando fijamente ese pecho ancho, desnudo y tatuado estaba haciendo que mi cerebro entrase en colapso.

Sobre todo porque ese mismo pecho musculoso le pertenecía a alguien que había acudido a salvarme la noche anterior.

—¿Evie? —me llamó, y la sonrisa arrogante que se le dibujó en la cara me sacó de mi ensimismamiento.

—¿Qué? —respondí, alzando por fin la mirada hacia sus ojos.

—¿Te vas a pasar todo el día comiéndome con la mirada o vas a apartarte de una vez?

Volví a bajar la vista por su pecho por última vez.

Las gotas de agua acentuaban cada uno de sus tatuajes y sus abdominales marcados.

Una parte de mí estuvo a punto de decirle que pensaba quedarme allí comiéndomelo con la mirada todo el día.

La otra estaba furiosa. Porque lo deseaba, lo deseaba muchísimo, y él lo sabía y no hacía más que burlarse de mí por ello.

Le eché un último vistazo descarado antes de darme la vuelta y regresar a mi dormitorio hecha una furia, sin mediar palabra. Sabía que la había fastidiado a lo grande, pero al menos podía intentar salir del paso sin dejarme del todo en ridículo.

El corazón me latía acelerado en el pecho cuando cerré la puerta a mi espalda, de un sonoro portazo, y me di cuenta un segundo después de que al final no había llegado a bajar a por un vaso de agua.

Y, de repente, me enfadé conmigo misma por no haberle lamido las gotas que le habían caído por la piel para saciar mi sed.

El día se me pasó volando hasta que, de repente, acabé sentada en el suelo de mi habitación, con mi pistola de calor para pedrería en la mano, pegando un diamantito tras otro en el pequeño pañuelo rojo que había encontrado al fondo de mi armario y que pensaba usar a modo de camiseta esa noche.

Le estaba preparando a Aiden un regalito especial que él ni siquiera me había pedido.

El pañuelo, rojo y brillante, era perfecto, y sabía que haría que perdiera la cabeza.

Sonreí antes de comprobar la hora en mi teléfono y ponerme de nuevo a pegar diamantitos en la tela.

Aparte de eso, seguía sin encontrar la sudadera que me había dejado el otro día en el taller.

Si me la había robado, esta noche la camiseta con pedrería no sería lo único que se ganaría.

¿De verdad era tan rencoroso como para enfadarse porque me hubiese dejado una sudadera sobre su moto?

De repente, volver loco a Aiden había cobrado un nuevo significado.

Seguía sin admitir que había sido él quien me había arrastrado al bosque aquella noche. Tampoco quería admitir que me deseaba, y mucho menos que sentía algo por mí, pero yo sabía que había algo ahí.

Tenía que haberlo.

Solté un suspiro mientras pegaba otro diamante más.

Si así era como quería que fueran las cosas, me aseguraría de que se acabase arrepintiendo de haber iniciado este pequeño jueguecito.

Esta noche no me apetecía beber, ni tampoco me interesaba lo más mínimo el Sindicato. Lo único que quería era sacar a Aiden de quicio, hacerle perder el control, hacer todo lo posible porque ese lado suyo que había visto en la fiesta de Hero saliese a relucir de nuevo.

Se me habían ocurrido un par de cosas que podrían funcionar, y esta noche no pensaba dejar nada a la suerte. A lo largo de los años, había hecho alguna que otra cosa para provocarlo, pero esta noche había llegado la hora de sacar la artillería pesada.

Pegué otro diamante en el pañuelo con fuerza, presionando la pistola de calor sobre la tela.

Percibí su presencia antes de verlo. Me volví a mirarlo por encima del hombro, y me encontré con su imponente figura llenando por completo el umbral de la puerta.

Siempre había sido capaz de notar cuando Aiden estaba cerca, cuando me estaba mirando.

Podía sentir la intensidad de su mirada clavada en mi nuca, esa corriente eléctrica y chispeante que siempre parecía cargar el espacio que nos separaba.

Era como un imán, y mi cuerpo vibraba con la desesperada necesidad de alargar una mano hacia él y tocarlo.

—Evie. —La voz le salió ronca y seca.

No respondí, en cambio, volví a dejar caer la pistola de calor sobre la tela con más ganas, haciendo incluso ruido con el gesto.

Él se recostó contra el marco de la puerta, con los rayos del sol de la tarde que se filtraban a través de la ventana de mi habitación iluminando su marcada mandíbula.

Esa estúpida chaqueta de cuero suya, esa mirada de autoridad con la que siempre parecía observarlo todo... no hicieron más que cabrearme aún más.

Ni siquiera estaba enfadada con él, no creía que lo hubiese estado nunca en realidad, pero mi frustración no hacía más que ir en aumento.

—Evie —repitió, cortante.

Me volví hacia él, dedicándole una sonrisa empalagosa, esa que sabía que haría que se preocupase.

—¿Qué?

—¿Estás lista ya? —me preguntó.

—Dame cinco minutos más.

—¿Cinco minutos de verdad o cinco minutos de Evie? —No se había alejado del umbral, y yo me aparté un poco para que pudiese entrever en lo que estaba trabajando.

—¿En serio tienes que preguntarlo?

—No, en realidad no. ¿Qué estás haciendo?

—Esforzándome por ser tu mayor grano en el culo. Claro que... ¡menuda novedad! ¿No crees?

—No, la verdad es que no. ¿Qué narices te pasa ahora?

—¿Que qué me pasa? Nada. Solo estoy preparándome. ¿Esta noche también te han obligado a llevarme?

Aiden echó un vistazo a su espalda, hacia el pasillo, antes de adentrarse en mi habitación y cerrar la puerta.

—¿Qué quieres decir? Si siempre vienes conmigo.

—Lo sé, pero estoy empezando a preguntarme si no sería mejor que dejásemos de hacerlo. Si quizá debería empezar a pedirle a Hero o a Mason que me llevasen. O tal vez incluso si debería empezar a ir en mi moto, yo sola, más a menudo. Al fin y al cabo, tú mismo lo dijiste, necesito practicar.

Aiden se crujió los nudillos, con la mirada clavada en mi ventana, sin volverse siquiera a mirarme.

—Si quieres ir por tu cuenta, hazlo, pero si vas con alguien, será encima de mi moto, conmigo.

—¿Eso ha sido decisión tuya? —pregunté, con un tono mucho más distendido que antes.

—No. —Entonces por fin bajó la mirada hacia mí—. De Rook. Ya ha decidido que esta noche te toca ir conmigo.

Tomé aire con fuerza, a la vez que me ponía de pie, sin dejarle ver mi nueva creación.

—¿Es que ahora tenemos asientos asignados? Qué adorable. ¿También tenemos un sistema para saber con quién tenemos que pasar cada uno la noche? ¿Tenemos que ir todo el rato de la manita para no perdernos?

Aiden giró el cuello, crujiéndoselo con el movimiento, y cerró las manos en puños mientras yo seguía provocándolo.

—Evie...

—¿Qué? ¿Me equivoco? Solo estoy intentando entender las reglas que me habéis impuesto. No me gustaría romper ninguna de ellas —dije, claramente dispuesta a hacerle sufrir.

Él me fulminó con la mirada, entrecerrando los ojos.

—¿Qué estás tramando?

—Solo eres mi guardaespaldas. ¿Por qué te lo iba a decir?

Aiden se acercó un paso a mí, antes de agarrarme de la muñeca y atraerme hacia su pecho cálido y firme.

—Tienes toda la razón, soy tu maldito guardaespaldas, y, si crees que me voy a tomar la noche libre después de que te atacaran ayer mismo, es que te has vuelto loca.

—No sé cómo no te cansas nunca de seguir siempre las normas.

Aiden respiró hondo, con fuerza, pero su rostro permaneció igual de impasible que siempre.

—Porque esas mismas normas son lo único que me asegura poder tener la vida que quiero.

Esas normas me permiten despertarme cada día bajo el mismo techo que mis amigos, las mismas personas que se han acabado convirtiendo en mi familia, así como tener un trabajo que me asegura una vida estable.

No todos tenemos una familia de verdad que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por nosotros, Evie.

Algunos tenemos que seguir las normas para no perder a aquellos a los que amamos.

Contuve el aliento. Sus palabras me sentaron como un jarro de agua fría.

—A lo mejor podríamos cambiar las reglas —respondí, pero él se apresuró a negar con la cabeza.

—Las reglas existen por un motivo. Y la mayoría no podemos adaptarlas según nos venga en gana.

—¿Pero yo sí?

Aiden sonrió, levantó una mano y deslizó los dedos por mi brazo hasta dejarla caer sobre mi cintura.

—Creo que tú te riges por tus propias normas, y a los demás no nos queda más remedio que seguirlas y bailar al son de tu música.

—Entonces quizá haya llegado la hora de volver a cambiarlas.

Aiden apretó la mandíbula con tanta fuerza que por un momento llegué a pensar que se le acabarían rompiendo los dientes. Podía sentirla, la guerra que estaba librando en su interior, ese tira y afloja que lo hacía dudar.

Aún no le había pedido el segundo favor que me debía por lo de las fotos, y sabía que, si quisiese, podía aprovecharme de ello, pero no estaba segura de que eso fuese a bastar para acabar con su autocontrol.

Aiden era demasiado disciplinado y lo bastante fuerte como para rechazar sus deseos si estos interferían con su deber.

Por un momento había llegado a pensar que ya se habría rendido.

Que tal vez volvería a sucumbir a sus más oscuros deseos, pero esta vez siendo él del todo.

En cambio, sus manos se pusieron en tensión sobre mi cintura, y después me soltó rápidamente, antes de retroceder un paso y alejarse de mí a toda prisa.

—¿De verdad quieres hacer esto?

—Oh, ya lo creo —dije.

—Termina lo que estés haciendo. —Su voz sonaba tensa y ronca—. Nos vamos en diez minutos.

Y, sin decir nada más, volvió a levantar el muro que había entre nosotros, firme y sólido.

Pero Aiden no tenía ni idea de las ganas que tenía de derribarlo.