Ace & Ember (Los Mavericks 2) Diecinueve #2
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Diecinueve #2

Harper se acercó entonces a nosotros y le echó un vistazo al cadáver por encima del hombro de Hero, mientras este lo movía para que encajase mejor en el plástico. Él se percató de su presencia de inmediato y frunció el ceño con ganas cuando ella se inclinó sobre él.

—¿Tienes algún problema? —le preguntó. Él ya tenía su método infalible para envolver un cadáver, y estoy seguro de que no le hacía ninguna gracia que Harper le estuviese incordiando en ese momento.

—¿No se descompondría mucho más rápido si dejaseis unos cuantos agujeros en el plástico para que entrase el agua? —soltó Harper.

—¿Qué sentido tendría eso si, de todas formas, va a acabar en el fondo del río?

Ella se encogió de hombros.

—Pues que habría menos probabilidades de que alguien identificase el cadáver o de que lo encontrasen si el cuerpo se descompusiese antes.

Hero se quedó helado, y pude ver cómo apretaba la mandíbula, claramente enfadado. Se incorporó, irguiéndose todo lo alto que era y cerniéndose sobre ella.

—¿Quieres hacerlo tú, entonces? ¿Crees que puedes envolver un cadáver mucho mejor que yo? Por favor, adelante, pequeña lunática, así tendré alguien nuevo a quien entregarle a la policía cuando la cagues y encuentren el cadáver.

—Callaos los dos y ayudadme a darle la vuelta a este tío —les mandé.

Sabía que Hero jamás permitiría que Harper cargase con la culpa o que se ocupara de envolver el cadáver, pero no teníamos tiempo para dejar que su estúpida discusión se alargase.

Hero esbozó una sonrisa espeluznante, mucho más amenazante que alegre, pero hizo lo que le pedí, y los dos nos ocupamos de envolver el cadáver hasta la mitad en plástico, antes de que Mason volviese a intervenir.

—Entonces, ¿qué ha pasado exactamente? ¿Ella lo apuñaló primero? ¿O fuiste tú cuando llegaste el que hizo todo esto?

—Evie se encargó de él —solté, sin entrar en detalles.

Porque era cierto, Evie se había encargado bastante bien de acabar con él, de tal forma que cada vez que lo recordaba me daba un vuelco al corazón y me sentía mareado.

Ella nunca necesitaba que nadie la salvase, pero era precisamente eso lo que me hacía querer seguir salvándola—. Y después yo me encargué de rematarlo.

Rook se nos acercó, le echó un vistazo al cadáver y después alzó la mirada hacia nosotros.

—Han entrado varios coches en el aparcamiento. No tardarán mucho en subir aquí. ¿Habéis terminado ya?

—A la perfección no se le puede meter prisa. —Hero se enderezó y observó el cuerpo de arriba abajo, con la cabeza ladeada—. Estamos creando una obra de arte que nadie volverá a ver jamás.

—Si por obra de arte te refieres a un desastre barato, entonces sí, lo estáis haciendo de puta madre. —Rook se cruzó de brazos y ladeó la cabeza, imitando a Hero.

—Oye, que no fui yo quien acuchilló a este tío —replicó Hero—. Yo lo habría hecho mucho mejor.

Miré a Evie, que estaba junto a Regan y Harper, lejos de nosotros. Se me volvió a formar un nudo en el estómago, esa misma mezcla de frustración y deseo que se había ido acumulando en mi interior a lo largo de toda la noche.

Necesitaba mantenerme alejado de ella. Y necesitaba conseguir que ella se mantuviese alejada de mí.

Pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Transcurrió otra media hora antes de que terminásemos de envolver el cadáver y de echarlo al maletero del coche, así que solo nos quedaba intentar limpiar la escena para que no se notase tanto que alguien se había desangrado allí mismo esa noche.

Evie estaba de pie al borde del aparcamiento, con su silueta recortada contra las luces de la ciudad a sus pies. Estaba de brazos cruzados, observándolo todo con una postura erguida y desafiante, pero me fijé en cómo se le hundieron ligeramente los hombros.

Me acerqué a ella lentamente, y el sonido de mis botas al recorrer el suelo de hormigón se encargó de romper el silencio que se había apoderado de todo.

—¿De verdad estás bien? —le pregunté en un susurro. Me temblaron las manos a los costados de las ganas que tenía de alargarlas hacia ella, agarrarla de la cintura y atraerla hacia mí.

—Estoy bien —dijo, cortante—. Enfadada, pero bien.

Me acerqué un poco más a ella, bajando la voz para que solo ella pudiera oírme.

—¿Y estás segura de que no estás herida? —Nuestros brazos se rozaron, y pude sentir que ella se recostaba ligeramente contra mi cuerpo por un segundo, antes de enderezarse de nuevo, en completo silencio.

Así no iba a llegar a ninguna parte. Sabía que, cuando se quedaba así de callada, no había prácticamente nada en el mundo que pudiese hacerla hablar; por suerte, sabía perfectamente qué era lo único que conseguiría hacerlo.

—Toma. —Saqué una bolsa de M porque yo necesitaba que estuviese a salvo.

Y el verla así, ensangrentada, pero con la cabeza bien alta, despertó tanto mi orgullo como mi frustración.

Me acerqué un paso más a ella, bajando de nuevo la voz.