Ace & Ember (Los Mavericks 2) Dieciocho #3
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Dieciocho #3

—¿Y eso te da derecho a ponerme un maldito rastreador? —le dije casi gritando.

—Soy tu guardaespaldas. ¿O es que ya lo has olvidado?

Puedo hacer lo que me dé la gana si así me aseguro de mantener a mi psicópata favorita a salvo.

—Sonrió. Esbozó una sonrisa amplia y satisfecha, sin dejar de mirarme a los ojos, mientras mi mano seguía cerrada alrededor de su cabello, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás—.

Y te jode muchísimo que eso te guste tanto —añadió, pronunciando aquellas palabras tan despacio y con un tono tan grave que estuve a punto de desmayarme—.

Podría ponerte un jodido rastreador en el puto brazo y te encantaría.

Un escalofrío me bajó por la espalda mientras asimilaba aquellas palabras, directas y cargadas de pasión. Ya ni siquiera se estaba molestando en ocultar el tono profundamente sensual que había cobrado su voz.

Una parte de mí no podía creer que esto estuviera pasando de verdad.

La otra estaba intentando averiguar si esto podría considerarse una invitación para dejarme caer en su regazo.

—No..., no. No me gustaría. —Las palabras me salieron entrecortadas, pero logré soltar la mentira igualmente. No podía ni siquiera imaginar lo muchísimo que me gustaría que, de repente, Aiden se obsesionase conmigo hasta tal punto de ponerme un rastreador en el brazo.

Él soltó un gemido y una vibración cálida me atravesó el pecho.

—Al igual que tú sabes cuándo estoy mintiendo, a mí tampoco puedes engañarme, Psycho. Ahora, ¿puedo llamar a los chicos para que vengan a ayudar a limpiar este estropicio, o prefieres que nos quedemos aquí los dos solos, conmigo arrodillado frente a ti, junto a un cadáver, toda la noche?

Eché un vistazo a mi alrededor y fui consciente realmente de que era verdad: estaba a solas con Aiden en aquel aparcamiento, con él de rodillas delante de mí.

—A ver..., la segunda opción no suena del todo mal, la verdad.

Aiden permaneció agachado, pero se volvió para mirarme de frente. Le solté el pelo y entonces él me agarró por las caderas, antes de levantarse lentamente del suelo. Su cuerpo se deslizó contra el mío, y el calor que emanaba de su piel se filtró en mi interior.

—Me has manchado más de sangre —murmuré.

Cuando por fin se irguió del todo, bajó la mirada hacia mi rostro, antes de deslizar una mano por mi cuello, hasta que su pulgar se posó justo debajo de mi barbilla, obligándome a alzar la vista hacia él y mirarlo a los ojos.

—Sobrevivirás. Ahora responde a mi pregunta, ¿estás bien? —preguntó, bajando un poco más la voz.

—Estoy bien. Tan solo tengo unos cuantos rasguños y la ropa hecha un desastre.

—¿No te ha hecho daño?

—No. He sido más rápida.

Aiden sonrió de forma lenta, casi reverente, antes de que sus manos me subiesen por el cuello, acariciándome la piel, cálidas y reconfortantes, hasta acunarme el rostro con dulzura. Su tacto era firme pero delicado, como si él también estuviese tratando de grabarse ese instante en la memoria.

El corazón se me detuvo por un momento, y después volvió a la vida, latiendo de forma frenética.

Se me cortó la respiración cuando intenté apartar la mirada, aunque sin éxito.

Aiden me estaba observando como si fuese algo de lo que se sintiese increíblemente orgulloso, algo que quisiese conservar para siempre.

Al principio no dijo nada. Se limitó a quedarse ahí de pie, acariciándome la barbilla con el pulgar, con movimientos lentos y perezosos, como si tuviésemos todo el tiempo del mundo.

El calor que surgía de su piel me provocó un escalofrío, pero no estaba segura de si se debía a su calidez o a la forma en que parecía estar intentando reclamarme con sus caricias.

—Bien —murmuró con voz ronca.

Durante un segundo, tuve la impresión de que iba a inclinarse hacia mí. El espacio que nos separaba era tan pequeño que su cuerpo estaba prácticamente acurrucado contra el mío, y su aliento cálido me acariciaba la mejilla. Sus ojos, oscuros e intensos, no dejaban de observarme.

Solo podía imaginar lo comprometedora que parecería aquella escena si alguno de los chicos aparecía justo en ese momento.

Y entonces Aiden suspiró. Soltó un suspiro lento y reticente, como si estuviese soltando algo.

No algo..., a mí.

—Pero a estas alturas ya deberías saber que no hay que apuntar nunca a las arterias, si lo haces y acabas perforando una, te mereces acabar cubierta de sangre —comentó, dejándome anonadada.

—¿Qué? —solté. Me quedé paralizada, mientras mi cerebro intentaba asimilar lo que acababa de oír.

Entonces Aiden se apartó de mí y volvió a ocultarse tras la misma máscara de indiferencia tras la que siempre se escondía, antes de acercarse de nuevo al cadáver y alejarse de mí. Volvió a sacar su teléfono y, en esta ocasión, pulsó algo en la pantalla, sin prestarme atención.

—He dicho que te mereces acabar con la ropa ensangrentada y hecha un desastre si perforas una arteria importante. A estas alturas ya deberías saber que las arterias siempre acaban salpicando sangre como un aspersor.

—Sí, eso ya lo sé, imbécil. Pero cuando lo he atacado no estaba pensando dónde clavarle el cuchillo, sino en que no me matase, y fue él quien decidió sacárselo después cuando le dije claramente que no lo hiciera.

Le tembló la mano y las comisuras de sus labios se elevaron ligeramente hasta formar una pequeña sonrisa divertida que desapareció un segundo después, cuando volvió a ocultar sus emociones tras esa máscara de indiferencia y frialdad.

—Bueno, pues ya sabes, la próxima vez acuérdate de hacer las dos cosas. Asegurarte de que no te maten y de no acercarte tanto como para que te salpique la sangre si acabas perforando una arteria.

—Vaya, gracias, esta noche estás que te sales.

Añadiré: «Aprender a matar correctamente» a mi lista de tareas.

Y, de todos modos, ¿qué más da si lo hago o no, si vas a seguirme allá a donde vaya siempre que salga de casa?

¿O es que ahora vas a empezar a animar a la gente a que me ataque solo para que tú puedas entrar después en escena y salvarme como te encanta hacer, Ace ?

Un gruñido grave y molesto resonó a mi lado, justo cuando empezó a sonarle el teléfono.

—Me gusta casi tanto como a ti meterte en líos, Psycho .

Tras una breve conversación con Hero, Aiden se volvió de nuevo hacia mí, mirándome fijamente, sin una pizca de cariño o calidez iluminando su mirada.

—Puedes esperar en el coche hasta que lleguen. Voy a aparcar mi moto cerca del cadáver para tratar de taparlo, y de verdad espero que no aparezca nadie por aquí a estas horas...

—¿Y por qué iba a esperar en el coche?

—Porque estás cubierta de sangre, lo que podría hacer que si alguien pasase por aquí se fijase en ti.

—Tú también estás cubierto de sangre.

—Evie —pronunció mi nombre como si estuviese dándome una orden—. Móntate en el coche y quédate ahí dentro, calentita y más o menos cómoda, y deja que yo me encargue de esto.

—No soy...

Se acercó a mí en tan solo tres zancadas, pegándose de nuevo a mi pecho.

—¿Una inútil? Lo sé, pero tampoco creo que quieras cargarte al hombro el cuerpo ensangrentado de un hombre adulto, ¿verdad?

Que dejes que alguien se ocupe de cuidarte no significa que tú seas incapaz de hacerlo por ti misma.

Sabes muy bien que estoy muy orgulloso de ti por cómo te las has apañado esta noche, pero no hace falta que sigas luchando, se ha acabado.

Así que móntate en el coche y relájate, yo me ocupo del cadáver.

Si no lo haces, acabaré subiéndote a mi moto y llevándote de vuelta a casa para poder encargarme de todo esto tranquilo.

Negué con la cabeza, sin saber muy bien qué decir ante sus palabras amables y su tono autoritario.

—Y, además, supongo que preferirás esperar calentita a que llegue la ayuda, ¿no?

—Tuve que reprimir una sonrisa. Sabía perfectamente que Aiden estaba intentando sobornarme, al igual que él sabía qué tenía que decir para convencerme de hacer lo que me pedía.

Odiaba con todo mi ser pasar frío o estar incómoda.

Asentí de nuevo, y él se inclinó hacia mí, hasta que nuestros labios quedaron a tan solo unos centímetros de distancia, mientras alargaba el brazo para abrir la puerta del conductor.

—Entonces pórtate bien por una vez en tu vida y espera ahí dentro a que lleguen los demás.

—¿Que me porte bien por una vez en mi vida? Yo siempre me porto bien.

Aiden me agarró del brazo con delicadeza y tiró de mí para obligarme a ponerme en el asiento del conductor, antes de meterme también las piernas dentro del coche con dulzura. Volvió a cernirse sobre mí, con su alta figura llenando por completo el hueco de la puerta.

—Tú nunca te portas bien, tan solo traes problemas.

Sonreí, porque me acababa de dejar en bandeja la oportunidad de vencerlo en su propio juego.

—Pues castígame.

Su rostro se ensombreció y no dijo ni una sola palabra mientras cerraba la puerta de un portazo y se alejaba de mí.

Tal vez debería haberme enfadado porque no me hubiese exigido más, o quizá debería haber vuelto a abrir la puerta para seguir provocándolo, pero no lo hice.

Por el contrario, me recosté en mi asiento, disfrutando de la calefacción y poniéndome cómoda, tal y como Aiden me había pedido que hiciera, y aguardé.

Pero ahora me preocupaba no saber qué era lo que estaba esperando exactamente, ni cuánto tiempo me tocaría esperar.