Dieciocho #2
Volví a echarle un vistazo a la lista, por si algún otro nombre me llamaba la atención, pero no fue así.
Quería descubrir qué era lo que había hecho que mis padres tuviesen que pasar tanto tiempo fuera de casa, y qué los había llevado a estar tan desesperados para trabajar con alguien como Cameron. ¿Por qué se habrían aliado con estos hombres corruptos cuando ellos siempre habían sido buenas personas?
Supongo que ahora nosotros habíamos acabado siendo también delincuentes. Quizá era verdad que la manzana no caía lejos del árbol...
Una pequeña parte de mí deseaba que eso no fuese cierto, que aún pudiese aferrarme a la idea de que mis padres siempre habían sido personas buenas y honradas.
Me di la vuelta y me encaminé hacia donde había dejado aparcado mi coche.
El silencio de la noche se apoderó de todo ahora que me había quedado sola.
Algo se movió entre las sombras y, de repente, una mano me tapó la boca y me echó la cabeza hacia atrás, obligándome a apoyarme sobre un pecho duro.
Tuve que contener un grito aterrorizado y le clavé las uñas en la muñeca cuando me arrastró hacia la oscuridad, apresándome con el otro brazo.
Todas mis alertas se dispararon en un abrir y cerrar de ojos, porque sabía que esta vez no se trataba de Aiden y que esto no formaba parte de uno de sus juegos.
Quienquiera que fuese me estaba agarrando con demasiada fuerza.
No había ninguna clase de amor o cariño en la forma en que me estaba arrastrando por el aparcamiento. Me estaban atacando.
Le asesté un codazo en las costillas, y pude sentir la brusca exhalación que soltó a mi espalda, al mismo tiempo que su agarre flaqueaba.
Me di la vuelta, girándome hacia él con los ojos entornados, y alcancé a entrever su rostro justo antes de que volviese a abalanzarse sobre mí, con una determinación despiadada.
Esta vez estaba preparada para defenderme. Bloqueé su puñetazo, retorciéndole el brazo lo suficiente como para hacer que su rostro se contrajese en una mueca de dolor.
El tipo soltó un gruñido ronco, recuperándose mucho más rápido de lo que esperaba, y volvió a lanzarse a por mí.
Logré esquivar el golpe justo a tiempo, antes de deslizar un pie por detrás de sus tobillos para derribarlo.
Cayó de espaldas sobre el suelo de hormigón con un gruñido que resonó con fuerza por todo el aparcamiento desierto.
Esperaba que eso fuese suficiente, pero entonces el hombre se levantó de un salto y sacó un puñal del interior del bolsillo de sus pantalones vaqueros.
—¿En serio? —solté mientras desenvainaba discretamente el cuchillo que siempre llevaba colgado del muslo—. ¿De verdad quieres que nos liemos a navajazos?
—No te preocupes. No te dolerá mucho.
Sonreí, deslizando el puñal por mi brazo, a la vez que él se abalanzaba sobre mí.
Cerré la mano alrededor del mango y lo levanté por encima de la cabeza, antes de bajarlo formando un arco afilado en el aire.
Le di en el hombro, y la hoja se deslizó sin encontrar ninguna resistencia, pero supe que aquello no sería suficiente.
El cuchillo se hundió en su pecho, y el extraño crujido que produjo al abrirle la piel hizo que me estremeciera.
Odiaba esta parte.
Me encantaba el momento en que aullaban de dolor y soltaban una maldición tras otra, eso sí. Incluso la forma en que suplicaban mi perdón, como si no hubiesen estado a punto de matarme.
Los hombres que me atacaban siempre lo hacían con las ideas más depravadas en mente, y todos acababan suplicándome perdón, aullando de dolor, cuando yo ponía en práctica aunque solo fuese una ínfima parte de esas mismas ideas.
Lo observé atentamente mientras caía al suelo, con la camisa ensangrentada. Entonces el tipo alargó una mano hacia mí, tratando de agarrarme por la pierna, pero yo retrocedí antes de que pudiera hacerlo.
—¡Qué asco, no me toques, gracias!
—Zorra —gruñó, llevando una mano al mango de mi cuchillo, que seguía hundido en su pecho.
—Vaya, tú sí que sabes dar donde duele, ¿eh? —Suspiré, como si no me hubiesen llamado así en infinidad de ocasiones—. Yo que tú lo dejaría donde está.
Pero el tipo no me hizo caso y se sacó el cuchillo del pecho, y entonces la sangre comenzó a manar a borbotones de la herida.
—¿Quién eres? —le pregunté, observando que la sangre empapaba rápidamente su chaqueta. El tipo gritó de dolor y se retorció en el suelo, llevándose una mano a la herida, presionándola para tratar de frenar el sangrado.
—Como si fuese a decírtelo. —Profirió un grito de dolor entre cada palabra.
—¿Es que no quieres que tu jefe se entere de que has muerto? ¿Cómo se supone si no que va a encontrar tu cadáver?
— Zorra —repitió, en un siseo.
—En eso tienes razón. Anda, deja que te ayude. —Hundí el cuchillo de nuevo en la herida y el hombre aulló de dolor—. En realidad, me importa una mierda dónde acabe tu cadáver o si nadie lo encuentra jamás. ¿Tienes algún mensaje importante que quieras que le dé a alguien de tu parte?
El tipo puso una sonrisa perversa, y la sangre le cubrió los dientes, lo que no era una buena señal para él.
—Nada que no sepan ya. Pero tú deberías tener mucho cuidado. No estoy solo.
Eché un vistazo a mi alrededor, pero no vi que hubiese nadie más con él.
—Nunca lo estáis. Lo único que me importa ahora mismo es saber si te refieres a que no estás solo hoy o en general.
Oí la moto que se acercaba por el aparcamiento antes de verla aparecer.
El eco sordo del motor resonó con fuerza entre los muros del garaje.
Me quedé helada, bajando rápidamente la mano hacia donde llevaba guardado el móvil.
Parecía que tan solo había una moto, pero este tipo me acababa de decir que no estaba solo, así que no podía ser tan tonta como para quedarme allí esperando a que apareciesen los demás.
Para cuando tuve el teléfono y las llaves del coche en la mano, la moto dobló la esquina.
El motorista giró hacia nosotros y cruzó el aparcamiento a toda velocidad, hasta el punto de casi atropellar al tipo que seguía desangrándose en el suelo, intentando levantarse a duras penas.
La moto derrapó sobre el hormigón hasta detenerse, y las ruedas levantaron unas cuantas piedrecillas sueltas al frenar, lo que hizo que contuviera el aliento.
Estaba totalmente paralizada, pero no importaba. El motorista se quitó el casco de un tirón y me dio un vuelco al corazón al verlo. Aiden.
Se bajó de la moto de un salto, con expresión impasible, aunque con un brillo peligroso iluminándole la mirada.
Se movió muy rápido, sin vacilar y, antes de que el tipo pudiese darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Aiden le arrancó el cuchillo del pecho, y se lo clavó de nuevo un segundo después.
Una y otra vez.
Y otra vez .
La sangre oscura lo salpicó todo, manando a borbotones de las heridas, y el hombre se desplomó otra vez en el suelo.
Entonces Aiden por fin se volvió a mirarme, con los ojos abiertos de par en par y la respiración agitada.
—¿Estás herida?
No respondí. No podía.
Porque Aiden parecía fuera de sí.
Como si le estuviese costando un mundo mantenerse en pie, como si la versión serena que yo conocía hubiese desaparecido, y en su lugar tan solo hubiese quedado un ser salvaje y furioso.
Y me encantaba esa nueva versión.
— Evie . —Su voz sonaba cortante, como un gruñido—. ¿Estás herida?
No sabía qué decir, se me había quedado la boca seca mientras lo observaba fijamente.
Se había erguido todo lo alto que era, y, con su metro noventa y tres de altura, ensangrentado y cabreado, se acercó a mí con paso firme. Nunca había tenido tantas ganas de abalanzarme sobre él como en ese momento.
¿Qué narices tenía ese Aiden, salvaje y manchado de sangre, para hacerme perder todo rastro de cordura?
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté por fin.
—Salvarte, por lo que parece.
—Pero si ya lo había apuñalado —solté, señalando el cuchillo que seguía clavado en su pecho—. ¿Se puede considerar un rescate si ya me había ocupado yo solita de acabar con él?
—Sí, porque seguía vivito y coleando, y era más que capaz de levantarse del suelo y volver a atacarte si hubiera querido.
Aiden recorrió el aparcamiento con la mirada, en busca de más amenazas. Me fijé en que todo su cuerpo se ponía en tensión y fruncía ligeramente el ceño. Antes de que pudiese acabar el cálculo mental que estuviese haciendo, me deslicé hasta quedar de nuevo frente a él, obligándolo a mirarme.
—Estaba solo. O, al menos, yo no he visto a nadie. Ahora dime qué haces aquí.
—Había salido a dar una vuelta con la moto y me ha parecido una buena idea parar aquí. Después he oído algo de alboroto y se me ha ocurrido que podía acercarme a echar un vistazo. —Se encogió de hombros mientras sacaba el móvil del bolsillo.
—Mentir se te da de pena. Ni siquiera has podido mirarme a los ojos. —Me llevé las manos a las caderas, con la ira haciéndome hervir la sangre—. ¿Me has seguido hasta aquí? Es imposible que supieses dónde iba a estar esta noche a menos que me hayas seguido.
—No te he seguido. —Me recorrió de arriba abajo con la mirada, antes de echarle un vistazo de reojo a mi coche. Cualquier otro podría haber pasado por alto ese pequeño gesto, pero yo no—. No exactamente.
—Por Dios, serás capullo, me has puesto un rastreador en el coche, ¿a que sí?
Aiden no se molestó en negarlo; en cambio, se agachó junto al cadáver del hombre.
Me acerqué a él por la espalda, le agarré del cabello de la nuca y le obligué a echar la cabeza atrás para mirarme a los ojos. Su expresión no dejaba traslucir absolutamente nada, pero yo sabía que estaba en lo cierto: me había puesto un rastreador en el coche.
Aiden y yo nos habíamos convertido en el detector de mentiras personal del otro. Yo era incapaz de engañarlo, porque él era capaz de detectar cada una de mis mentiras, al igual que yo las suyas.
—De todos modos, nunca coges el coche cuando tienes que ir a algún lugar importante. Si ese es el caso, si tienes que ir a algún sitio peligroso o importante, siempre vienes conmigo, en mi moto.