Dieciocho
Evie
El aparcamiento estaba prácticamente desierto.
El suave zumbido de los fluorescentes apagados resonaba sobre mi cabeza mientras me deslizaba hacia un rincón apartado de la tercera planta.
Agucé el oído por si escuchaba algún indicio de que me hubiesen seguido, pero no oí nada.
Se suponía que esta reunión debía ser secreta, y no quería que Aiden se involucrase.
Si descubría que me estaba reuniendo con uno de nuestros informantes a solas, tanto él como Rook me echarían una buena bronca.
Pero necesitaba respuestas, y Aiden no podía estar vigilándome constantemente.
Además, él debería saber mejor que nadie que, si un hombre me prohibía hacer algo, eso sería precisamente lo primero que haría.
Eché un vistazo a mi alrededor, escudriñando los rincones oscuros del garaje.
El informante no llegaba tarde, pero yo ya estaba bastante nerviosa.
Con todas las amenazas y el aparente aumento de la cantidad de gente que iba tras nosotros, sabía que debía estar alerta.
Me eché la trenza a la espalda, por encima del hombro, tratando de parecer lo más despreocupada posible.
Aquella no era la primera vez que me reunía con este informante a solas, pero antes no había existido ninguna amenaza que pudiese ponerme nerviosa.
Habían pasado unos cuantos meses desde la última vez que nos habíamos visto, y entonces apenas me había contado nada nuevo, tan solo me había dado a entender que sabía más de lo que me estaba diciendo.
Eso solo había servido para cabrearme, hasta tal punto que había acabado lanzándole algo a la cara, y no estaba segura de si ya me había perdonado por ello o no.
Esta vez le había dejado las cosas muy claras desde el principio: si quería que le siguiésemos pagando, tenía que darme alguna pista útil de la que tirar.
Si no, siempre podría inventarme una excusa para hacer que Rook y Aiden dejasen de hacer negocios con él.
Necesitaba que me diese alguna clase de pista sobre Veritas o cualquier información que pudiese ayudarme a entender qué era exactamente lo que había conducido al asesinato de mis padres.
Unos pasos resonaron en la distancia, y yo me enderecé, cuadrándome de hombros.
No era que estuviese nerviosa, en realidad estaba impaciente por reunirme de una vez con él.
Los pasos fueron cobrando fuerza a medida que se acercaban, y entonces una figura emergió de entre las sombras, con el rostro oculto bajo el ala de una gorra de béisbol que le caía sobre la frente.
Típico de él. Siempre se vestía de la forma más exagerada.
Bajé la mirada por mi precioso conjunto negro, que había rematado con una chaqueta de cuero negra; quizá yo tampoco era quién para hablar.
—¿De verdad tienes algo que contarme esta vez o solo me has hecho venir para hacerme perder el tiempo, como siempre? —le pregunté, cruzándome de brazos y sacando la cadera hacia fuera.
—Vaya, veo que alguien ya ha sacado las garras. —Esbozó una sonrisa lenta, burlona y absolutamente irritante—. ¿En serio crees que es una pérdida de tiempo que estemos aquí juntos esta noche?
Solté un gemido frustrado. Dios, los hombres eran agotadores.
—Si me has arrastrado hasta aquí solo para ligar conmigo, te juro que te mato.
Él se rio, antes de levantar las manos en señal de fingida rendición, pero su sonrisa vaciló cuando echó un vistazo alrededor del aparcamiento por décima vez desde que lo había visto aparecer.
Entonces bajó la voz y se acercó un poco más a mí hasta que pude ver cómo mudaba su expresión, adoptando una mucho más seria.
—Relájate, Evie. No he arriesgado el pellejo solo para invitarte a salir. De hecho, sí que tengo algo para ti..., pero deberás tener mucho cuidado con ello.
—Ya, eso me lo han dicho mucho últimamente —le solté con impaciencia.
Sacó un documento doblado del interior de su chaqueta y me lo tendió.
Rocé con los dedos el papel frío, y el pánico me formó un nudo en la boca del estómago.
Lo abrí con cuidado, preparándome mentalmente para lo peor..., pero no fue suficiente.
Porque allí, en la lista con varios nombres que me había entregado, había uno que me dejó sin aliento.
«Cameron Fletcher».
El padre de Regan. El hombre que había asesinado a mis padres. El fantasma que seguía atormentándonos incluso después de que lo hubiésemos enterrado.
—¿Qué significa esto? ¿Qué son todos estos nombres?
Sus ojos oscuros se endurecieron, por lo que supe que en realidad estaba ante algo mucho más importante de lo que creía.
—Esos eran los clientes de Veritas —respondió en un susurro—.
Y unos cuantos que supongo que debían de ser los propietarios.
No he encontrado mucha información al respecto, pero creo que Veritas era un grupo con varios miembros, estos de aquí, que trabajaban todos juntos, mano a mano.
Y con eso no me refiero a que «compartiesen una oficina» y ya.
Estos tipos se dedicaban a hacer negocios importantes, la mayoría ilegales.
Se ayudaban los unos a los otros a abrirse paso hacia la cima, y seguro que también hicieron muchas cosas turbias los unos por los otros.
Y, si examinas bien la lista, verás por qué te he dicho que deberías tener cuidado.
No deberías meterte con esta gente, bajo ningún concepto.
—Bueno, ellos se metieron conmigo primero, así que si decido tomar represalias será culpa suya. ¿De dónde la has sacado?
—Sabes que no puedo revelarte mis fuentes, al igual que tú tampoco puedes contarme por qué estás investigando esto. Pero sí que puedo decirte que esto será lo único que podré obtener de esta fuente en concreto, así que no te puedo prometer que vaya a poder conseguirte más información.
—Entonces, ¿lo único que puedes ofrecerme es una vieja lista? ¿Eso en qué me va a ayudar?
—Estás investigando algo que ocurrió hace más de diez años, Evie. No puedo conseguir información fresca y nueva cada día. Esta lista es lo único que he podido averiguar sobre las personas con las que estaban trabajando tus padres por aquella época.
Seguí revisando la lista de casi veinte personas, hasta que dos nombres en particular me llamaron la atención.
Ahí estaban, los nombres de mis padres, escritos casi al final de la lista.
—¿Cómo se supone que voy a saber quiénes eran los propietarios y quiénes tan solo clientes?
Él se encogió de hombros.
—Ni idea. No he llegado hasta ahí.
—Bueno, pues voy a necesitar que llegues. —Apreté los labios y los dientes con fuerza—. Tengo que averiguar todo lo que pueda sobre Veritas y hasta qué punto estaba involucrada cada una de estas personas en esa empresa.
Volví a bajar la mirada hacia la lista, y otro nombre me llamó la atención, haciéndome entrecerrar los ojos.
—¿Cross? ¿Él también está involucrado en todo esto?
—Ah, sobre ese sí que he averiguado algo más gracias a la otra información que he estado recopilando para vosotros.
Cross estaba tan involucrado en esto como Cameron Fletcher.
De hecho, creo que fue uno de los cinco fundadores de Veritas.
No sé en qué otros negocios estuvo metido después, aunque supongo que seguirá teniendo ciertos vínculos con todos los que aparecen en esa lista.
Cross. Uno de los mayores capos de la droga de la ciudad, si no del estado. Y también quien, al parecer, últimamente estaba mandando gente tras nosotros.
¿Cómo era posible que todas las pistas pareciesen conducirme de alguna manera hacia Veritas y, al mismo tiempo, no tuviesen nada que ver con ello?
¿De verdad era todo tan solo una enorme coincidencia, teniendo en cuenta que los mayores delincuentes de la ciudad parecían estar involucrados en ello?
—Necesito que me consigas los nombres de los otros negocios que fundaron estas personas. Él, Cameron, todos ellos. Necesito que averigües para qué empresas trabajaron mis padres.
—Muy bien. Pero una cosa más —comenzó a decir, jugueteando con los dedos antes de seguir hablando—.
Veritas. Fuera lo que fuese, no era solo una empresa sin más.
Quiero decir, seguro que se dedicaban a algo en concreto, pero tengo la impresión de que era más bien un grupo de esos en los que, una vez entrabas, ya no había vuelta atrás, y como los nombres de tus padres aparecen en la lista, creo que ellos se quedaron atrapados dentro.
Al parecer, Veritas quebró poco después, pero años después lo reabrieron las mismas personas de siempre, salvo que bajo un nombre distinto.
—Pero necesito averiguar por qué fundaron Veritas, y a qué se suponía que se dedicaban exactamente.
Sé que podría investigar cada uno de estos nombres y averiguar qué hicieron después, pero fue Veritas lo que los unió, y necesito saber por qué.
Necesito saber por qué mis padres estaban involucrados en todo esto.
«Dicen que de aquí nunca escapa nadie, pero nosotros jamás pedimos unirnos».
Aquellas palabras resonaron en mi memoria, revolviéndome el estómago.
Antes de que pudiese seguir presionándolo, el informante retrocedió un paso.
—Mira, ya llevo más tiempo aquí del que tenía previsto.
Tú solo... ten cuidado. Si descubro algo más, te enviaré un mensaje desde uno de nuestros teléfonos desechables.
Pero si seguimos reuniéndonos fuera de nuestros encuentros programados, alguno de ellos se acabará percatando.
La mayoría de los tipos de esa lista aún no están muertos, y algunos han hecho cosas mucho peores que tan solo dirigir unos cuantos negocios fraudulentos o asesinar a alguien de vez en cuando para llegar a donde están. No te conviene llamar su atención.
Echó un último vistazo nervioso a su espalda antes de desaparecer, dejándome a solas en medio de aquel oscuro aparcamiento, con una lista y un millón de preguntas sin responder.
Sabía que mis padres se habían visto obligados a trabajar con Cameron, pero ¿había tenido Veritas algo que ver con eso? Y, de ser así, ¿por qué habían aceptado?