Diecisiete
Sombra
El taller estaba en completo silencio, y el ligero aroma a aceite de motor y a metal permeaban el ambiente cuando me adentré en su interior, con cuidado de no hacer ruido mientras recorría el suelo de cemento.
La Ducati de Aiden estaba aparcada en la parte de atrás, tan oscura y elegante como siempre, un arma en la que confiaba demasiado.
La misma de la que estaba descubriendo cada vez más cosas.
Para ellos, sus motos eran como una especie de muleta, las usaban para huir, en vez de enfrentarse a sus problemas.
Y este lugar era un testimonio de su arrogancia, de esa descuidada confianza que todos lucían a modo de escudo.
Tomé la sudadera azul que descansaba sobre el asiento y me la llevé a la nariz, respirando profundamente el aroma a vainilla que todavía impregnaba la tela. ¿Ella siempre olía así?
Ese era un detalle que mi jefe no necesitaba saber, pero yo sí. Me pagaban y elogiaban por obsesionarme con mis víctimas. ¿Y no debería alguien obsesionado saber a qué olían sus objetivos? ¿Qué se les pasaba por la cabeza?
Inhalé profundamente su aroma, grabándomelo en la memoria mientras seguía recorriendo aquel laberinto de motos.
Evie. Pensar en ella me estaba matando, obligándome a seguir adelante.
Se había metido en asuntos que no eran de su incumbencia, se había puesto a investigar algo que no tenía derecho a saber.
Y, de seguir así, bueno, acabaría como sus padres: enterrada bajo un enorme montón de cenizas, donde nadie la encontraría jamás.
El suave resplandor que surgía del monitor que se encontraba dentro de un pequeño despacho me llamó la atención, y solo había una puerta cerrada con llave interponiéndose entre las respuestas que andaba buscando y yo.
Acaricié la cerradura con suavidad, recorriéndola con los dedos, mientras el frío del metal me calaba hasta los huesos.
Era muy inteligente, pero ni de lejos tanto como yo.
Iba a entrar ahí dentro fuera como fuese.
Regresé al centro del taller, escudriñando las sombras con la mirada, aguzando bien la vista.
Había herramientas colgadas por todas las paredes, reflejando la tenue luz que se colaba en el garaje, y me pregunté si alguna de ellas podría servirme para abrir la puerta.
Había una palanca apoyada contra un banco de trabajo cercano.
La tomé, valorando su peso, con el acero frío y reconfortante sobre la palma de mi mano.
¿Podría abrir la puerta lo suficiente como para romper la cerradura?
¿O quizá sería mejor que la aporrease con un martillo hasta destrozarla?
No. Eso sería demasiado imprudente, haría demasiado ruido.
No podía arriesgarme a que nadie descubriese que había estado aquí, aún no.
Necesitaba que bajasen la guardia cuando estuviesen aquí.
Necesitaba que fuesen conscientes de que alguien los estaba vigilando, pero no que descubriesen que estaba tan cerca.
Dejé la palanca de nuevo en su sitio, respiré hondo y traté de tranquilizarme.
Había otra forma de acceder, una mucho más silenciosa, que me permitiría entrar y salir de ese despacho sin ser detectado.
Me acerqué de nuevo a la puerta y me dejé caer de rodillas al suelo, antes de llevarme una mano al bolsillo para sacar el pequeño juego de ganzúas que siempre llevaba encima.
Había ido perfeccionando esta habilidad a lo largo de los años, aprendiendo a escuchar los chasquidos y los giros de los engranajes de la cerradura, y ahora me resultaba tan fácil como respirar.
Deslicé la primera ganzúa en el interior de la abertura, girándola con cuidado, prestando atención para escuchar los sutiles aunque reveladores chasquidos que indicaban que iba por buen camino.
Evie había creído que sus secretos estarían a salvo aquí escondidos, en este pequeño despacho cerrado con llave, pero yo había conseguido acceder a lugares mucho más difíciles que este.
La cerradura cedió con un suave y satisfactorio clic, y yo abrí la puerta lo suficiente para adentrarme en el interior de la estancia.
Su despacho era bastante pequeño y estaba demasiado recargado, su escritorio estaba cubierto de papeles, cuadernos y su ordenador, que en ese momento estaba apagado.
Hojeé los papeles rápidamente, buscando cualquier cosa que pudiese llamarme la atención, alguna pista de qué era lo que estaba investigando exactamente.
La mayoría no tenían ningún sentido, no eran más que horarios, recibos y documentos del Maverick Moto que para mí no significaban absolutamente nada.
Rebusqué entre unas cuantas carpetas más que tenía esparcidas sobre la mesa, hasta que un trozo de papel con solo una palabra escrita me hizo contener el aliento.
«Veritas».
Abrí la carpeta de inmediato, examinando los distintos documentos que contenía, con el pulso acelerado mientras asimilaba lo que estaba leyendo.
Ahí dentro había todo un caos de nombres, recibos y registros.
Intenté averiguar qué pista era exactamente la que estaba siguiendo, pero aquello no era más que una amalgama sin sentido.
Al menos, eso parecía, hasta que encontré los registros del edificio, con el nombre de su padre impreso en ellos, tan claro como el agua, una y otra vez en distintos días.
Así que así era como había encontrado el edificio.
Regresé a la primera página, a ese trozo de papel con el logo de Veritas estampado en la parte superior.
Se estaba acercando.
Chica tonta. No tenía ni idea de dónde se estaba metiendo.
Esto no era un simple e insignificante plan de venganza. No estaba intentando saciar su curiosidad. Estaba tratando de escarbar en la misma oscuridad que había acabado con sus padres. Parecía que el dicho era cierto: de tal palo, tal astilla.
Pasé a la siguiente página, examinando con los ojos entrecerrados cada una de sus anotaciones. Había dibujado una pequeña red de contactos, en un torpe intento por desentrañar algo mucho más grande de lo que jamás alcanzaría a comprender.
El rugido de una moto me hizo contener el aliento. El corazón me latía a toda velocidad mientras me escabullía entre las sombras, mimetizándome con ellas en un pequeño rincón de la habitación. Agucé el oído y aguardé.
La moto pasó de largo, con el rugido del motor desvaneciéndose en la distancia, y solo entonces me permití soltar un suspiro lento y silencioso. Había estado demasiado cerca. Tenía que ser más rápido, coger lo que necesitaba y desaparecer antes de que alguien descubriese que había estado aquí.
Regresé al escritorio, abrí el ordenador y pulsé unas cuantas teclas para comprobar si lo había dejado desbloqueado.
La pantalla que me pedía la contraseña se iluminó, y yo maldije por lo bajo.
No importaba. Tendría otras oportunidades.
De momento, ya había descubierto bastante.
Sabía qué era lo que pretendía investigar a continuación, y me aseguraría de seguirla allá a donde fuese.
Si seguía husmeando en el pasado de Veritas, al final acabaría encontrando a la Orden, y también a sus miembros.
Volví a colocar todos los papeles en su sitio, con cuidado de dejarlo todo donde lo había encontrado.
Eché un último vistazo a mi alrededor, escudriñando en la estancia, memorizando cada detalle.
Volvería. Y, cuando lo hiciese, estaría listo para acabar con cualquier esperanza que Evie pudiese tener sobre lo que creía que podría descubrir.
La puerta crujió con suavidad cuando salí de allí a hurtadillas, con movimientos rápidos y fluidos.
Me deslicé a través del taller, con la vista adaptándose lentamente a la oscuridad y la emoción de la persecución corriéndome por las venas.
No me verían llegar. Ella estaría demasiado ocupada investigando sus pequeños misterios, demasiado absorta en sus diminutos e ingenuos planes.
Y, cuando llegase la hora, ahí estaría yo para ver cómo su mundo se venía abajo.
Salí del taller tan silenciosamente como había entrado, con la puerta cerrándose a mi espalda con un ruido sordo, sin dejar rastro de que alguien hubiera estado allí.
Pero volvería. Porque todos ellos estaban ocultando secretos que yo quería conocer, respuestas que necesitaba averiguar, y me aseguraría de obtenerlas.
Su mundo estaba a punto de desmoronarse ante sus propios ojos.
Y yo no me quedaría sentado viendo cómo ardía; yo me encargaría de destruirlo.