Ace & Ember (Los Mavericks 2) Dieciséis #3
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Dieciséis #3

—¿Eso es un sí? —le pregunté—. ¿Has ido por ahí contándole a todo el mundo en qué ando metida?

Ojalá hubiese alguna forma de hacerte callar.

—Me llevé una mano a los labios, a la vez que colocaba el dedo corazón y el anular sobre ellos.

Los mismos dos dedos que él me había metido en la boca en el bosque para impedirme hablar—.

Ojalá existiese alguna manera... —murmuré, tirando con los dedos de mi labio inferior y abriendo ligeramente la boca, sin dejar de mirarlo.

Me fijé en cómo cerraba las manos en puños y se le ponían los nudillos blancos de la tensión.

En ese momento no me cupo ninguna duda de que había sido él. Y sabía perfectamente qué era lo que estaba intentando hacer.

—Evie —me advirtió, con la vista clavada en mis labios.

—¿Sí?

—Ya basta. —Sus palabras fueron apenas un susurro.

Solté una carcajada, amarga y cortante.

—¿En serio crees que tú puedes decirme qué hacer?

—Me acerqué un poco más a él, respirando agitadamente y tratando de contener la tormenta que se había desatado en mi interior—.

¿Y crees que te haré caso? —La sangre me hervía en las venas, y la adrenalina ardía con intensidad bajo mi piel—.

Me importa una mierda lo que quieras, Aiden.

—Le clavé un dedo en el pecho, marcando cada palabra—.

Me importan una mierda tus avisos. Me importan una mierda las amenazas.

Apretó la mandíbula con fuerza, pero aquello no me hizo detenerme.

—A lo mejor todo está relacionado, aunque también puede ser que no.

Pero eso no va a cambiar absolutamente nada.

No pienso rendirme ahora, y menos porque tú pienses que debería hacerlo.

Así que no me vengas con esa chorrada de que tienes que protegerme y todo eso. Yo no soy tu responsabilidad, Aiden.

Su expresión se oscureció, y un brillo peligroso le surcó la mirada.

—Pues claro que eres mi responsabilidad —replicó, y la forma en que le tembló la mandíbula y cómo se movió para crujirse el cuello me provocaron un escalofrío...

, pero no porque le tuviese miedo, sino por algo mucho más oscuro, algo que había ido creciendo entre nosotros con los años.

Pero lo reprimí, furiosa por lo que estaba insinuando.

—Eso no lo decides tú —le solté.

—No soy yo quien lo ha decidido, sino tu hermano.

—Alargó una mano hacia mí, agarrándome de la muñeca con la fuerza suficiente como para acelerarme el pulso—.

Por una vez en tu vida, ¿podrías dejar de ser tan cabezota?

—Su voz sonaba mucho más grave, más ronca que antes, casi suplicante, pero eso solo avivó las llamas furiosas que ardían con fuerza en mi pecho.

Me zafé de su agarre y lo fulminé con la mirada.

—No puedes controlarme, Aiden. Ni ahora ni nunca.

—Podía sentir cómo mi ira y mi frustración iban rápidamente en aumento con cada palabra que surgía de entre mis labios—.

Y, por una vez en tu vida, ¿podrías dejar de tratarme como si fuese de cristal?

Me da igual quién me esté amenazando, no le tengo miedo.

—¡Porque yo siempre estoy ahí, vigilándote la puta espalda, a cada minuto de cada día!

—gritó, y su arrebato me hizo retroceder.

Entonces Aiden volvió a alargar una mano hacia mí, cerrándola con fuerza alrededor de mi muñeca y atrayéndome hacia sí—.

No tenemos ni idea de quién puede estar detrás de todo esto, Evie.

Y no puedo protegerte si no sé de dónde viene la amenaza.

Me zafé de su agarre y sentí un cosquilleo donde me había tocado. Traté de calmar mi respiración agitada mientras luchaba por recuperar el control de la situación.

—Entonces quizá deberías dejar de intentar protegerme.

Tengo que hacer esto, y un estúpido mensaje amenazante no va a detenerme.

Cualquiera que estuviese en la fiesta de Hero anoche podría habérmelo enviado.

Hasta donde sabemos, podría incluso habérmelo mandado algún tío cualquiera que estuviese colado por mí y nada más.

Aiden respiró con fuerza, y todo su cuerpo se puso en tensión, quedándose totalmente helado. Por un momento, pensé que se marcharía, que acabaría desistiendo, pero, en vez de eso, bajó un poco más la voz antes de volver a hablar.

—Si no paras..., me obligarás a detenerte.

Me quedé totalmente inmóvil, con la mirada clavada en la suya, a tan solo unos centímetros de distancia, y el corazón latiéndome acelerado en el pecho.

—¿Me estás amenazando? —le pregunté, con una sonrisa pícara—. Atrévete.

Antes de que pudiese añadir nada más, su teléfono comenzó a vibrar al recibir un mensaje, rompiendo así la tensión que se había apoderado de nosotros. Aiden bajó la mirada hacia su móvil y apretó los dientes con fuerza.

—Hablaremos de esto más tarde —murmuró. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta.

Lo vi marchar, con la ira bullendo en mi interior. No pensaba parar. Y mucho menos ahora que por fin había encontrado una pista sobre mis padres.

Si Aiden pensaba que podía detenerme, se equivocaba.

Ahora tenía una pista que seguir, y ni de coña iba a dejarla pasar por su culpa.