Ace & Ember (Los Mavericks 2) Dieciséis
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Dieciséis

Evie

El motor de la moto rugió con tanta fuerza que hizo vibrar las paredes del taller, taladrándome la cabeza. Hice girar los hombros para tratar de destensarlos y cerré las manos en puños mientras Hero aceleraba otra vez, revolucionando un poco más el motor.

Mi paciencia ya estaba al límite. Ese mensaje había acabado con cualquier esperanza que hubiese podido tener de pasar una noche normal, y ahora me pitaban los oídos como si hubiese saltado una maldita alarma dentro de mi cabeza.

Como volviese a revolucionar el motor, pensaba meterle una llave inglesa en el depósito.

Al otro lado del taller, Aiden se dio la vuelta, desapareciendo tras la moto más cercana, evitándome.

Otra vez.

Se seguía comportando como si no hubiese sido él quien me había arrastrado hacia las profundidades del bosque en la fiesta de Hero, y estaba empezando a hacerme dudar.

Me recosté en mi asiento, absorta en mis pensamientos, olvidándome del problema que teníamos entre manos.

Seguíamos esperando a que llegasen los demás después de que Aiden los hubiese avisado de lo del mensaje amenazante, pero yo me sentía como si estuviese a miles de kilómetros de allí.

¿En serio no había sido él? Un escalofrío de asco me recorrió al pensar que cabía la posibilidad de que anoche me hubiese tocado de esa manera otra persona.

No. Tenía que haber sido él. Me había llamado Psycho, y nadie me llamaba así, y menos con tanta naturalidad.

Salí de mi despacho, dispuesta a preguntárselo directamente, y estuve a punto de chocarme con Zack.

No contuve la sonrisa que se dibujó en mi rostro al verlo. Zack se hacía querer. Con su cabello castaño oscuro revuelto y su complexión larguirucha, era como el hermano entrañable y peculiar que nunca tuve.

No pude evitar acordarme de Rook con una sonrisa. A mi hermano real le iban más los asesinatos y las amenazas que las sonrisas y los abrazos.

Y, a diferencia de él, con Zack siempre me resultaba muy fácil hablar. Siempre parecía estar dispuesto a escucharme, sin importar lo que tuviera que decir, a diferencia de otros..., pero en ese momento parecía inusualmente enfadado, fulminando a Hero con la mirada.

—Te repito que no estás solo en el taller. Respeta un poco a los demás, joder.

Hero alzó la mirada de golpe, observándome claramente confuso, lo que me hizo preguntarme si se habría olvidado de que no estaba solo en el taller.

A menudo lo descubría totalmente absorto en sus pensamientos, como si se hubiese olvidado del resto del mundo. En esos momentos era como si todo lo que lo rodeaba se desvaneciese, y me pregunté si lo haría porque lo ayudaba a no estresarse nunca por nada.

Si yo pudiese olvidarme de vez en cuando del resto del mundo y de la gente durante solo una hora, probablemente también me sentiría mucho más relajada.

Hero ladeó la cabeza, parpadeó lentamente y observó a Zack como si le hubiese hablado en otro idioma.

—¿Y? Estamos en un taller, no en una puta biblioteca. El rugido de los motores forma parte de los inconvenientes del trabajo.

—¿En serio no te importa si hay clientes esperando en la entrada o si Evie está aquí al lado intentando concentrarse en su investigación?

—¿No? Repito, forma parte de los inconvenientes del trabajo.

Ni que estuviese haciendo gritar a alguien o algo así.

—Cogió una llave inglesa y se encaminó hacia donde había dejado la caja de herramientas—.

Eso sí que supondría un problema, pero me ha quedado bien clarito que por el día solo puedo revolucionar mi moto todo lo que me dé la gana y que los gritos están reservados para la noche.

—Hero esbozó una sonrisa perversa, y su respuesta sarcástica tan solo sirvió para cabrear aún más a Zack.

—Te repito que no estás solo en el taller. Respeta un poco a los demás, joder.

—Pero ahora mismo sí que parece que soy el único que está trabajando, así que, a menos que quieras meterte en problemas, vuelve al puñetero mostrador y déjame en paz. —El tono de Hero había adoptado un matiz mucho más autoritario para recordarle a Zack que no era él quien estaba al mando.

La jerarquía del taller dependía principalmente de quién llevaba más tiempo en el grupo. Rook había sido quien lo había fundado, con Aiden como su segundo al mando. Después llegaron Hero y Mason. Y por último Kane y Zack.

Lo que significaba que él era el último de la lista que podría reprocharle algo a Hero.

Zack negó con la cabeza, pero me rozó con suavidad la mano un segundo más de lo necesario, antes de girarse hacia la entrada del taller. Nuestras miradas se encontraron, y se negó a dejar de observarme mientras regresaba hacia el mostrador.

—Lo siento, Evie. Lo he intentado.

Hero entrecerró los ojos, observándolo alejarse.

—¿Pero qué cojones...? ¿Es que ahora mandas a Zack para que me eche la bronca? Te habría salido mucho mejor si hubieses venido a decírmelo tú misma.

—Yo no le he pedido que hiciera nada. De hecho, acababa de salir de mi despacho para lanzarte una calavera disco a la cabeza —dije, sin comprender qué era lo que había cabreado tanto a Zack. No necesitaba que él me defendiese de nada.

Hero frunció el ceño, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, pero se desvaneció en cuanto Regan y Harper se adentraron en el garaje, enfrascadas en una conversación. Harper se giró a mirar a Hero al entrar, y entrecerró los ojos en cuanto lo vio.

Él también la fulminó con la mirada, y le temblaron las manos cuando se volvió a dejar caer en el pequeño taburete en el que había estado sentado hasta hacía tan solo un momento, concentrándose de nuevo en la moto en la que estaba trabajando.

Tuve que contenerme para no poner los ojos en blanco, porque sabía que yo no era quién para juzgarlos. Lo más probable era que yo también pusiese de los nervios a mucha gente por estar siempre discutiendo con Aiden.

Y estaba bastante segura de que Harper y Hero habían acabado enfrascados en una situación bastante parecida a la nuestra, aunque por distintos motivos.

—¿Ya has roto otra? —preguntó Harper.

—A lo mejor se ha roto porque tú te has acercado demasiado. No sé cómo lo haces, Jinx, pero siempre te las apañas para destrozar todo lo que te rodea. Como una puta maldición.

Harper puso los ojos en blanco, antes de encaminarse hacia el sofá que había junto a mi despacho.

—¿Vas a venir mañana al Sindicato? —le pregunté, dejándome caer en el sillón que había justo enfrente.

—Sí, allí estaré —respondió Harper, volviéndose a mirar a Hero de reojo antes de girarse de nuevo hacia mí—. Aunque a lo mejor me va a tocar buscar a alguien dispuesto a llevarme.

Regan le dio un golpecito en el hombro, con una sonrisa divertida.

—Seguro que a Mason no le importa.

Harper soltó un gemido de felicidad.

—Estupendo. A ese hombre le dejaría que me llevase a donde él quisiera.

Nos pasamos un buen rato hablando de todo y de nada, mientras esperábamos a que llegasen los demás. En cuanto Rook se adentró en el garaje y vio a Regan, se encaminó directamente hacia ella, se agachó y la tomó en brazos, antes de dejarse caer sobre el sofá, con ella sentada sobre su regazo.

—¿Os importaría dejar de ser tan asquerosamente adorables durante cinco segundos? —pregunté.

Rook puso los ojos en blanco.

—¿Y a ti te importaría probar a dejar de estar tan celosa durante cinco segundos? —se burló mi hermano.

Me volví hacia Aiden, aunque sabía de antemano que la respuesta sería que no.

No podía evitar estar celosa.

Era imposible que no me diese envidia que Rook y Regan pudiesen hacer eso públicamente sin temor a las consecuencias, sobre todo cuando sabía que yo jamás podría tener lo que ellos tenían.

Al menos, no con la persona con la que me habría gustado tenerlo, especialmente porque Rook preferiría morirse antes que verme besar a Aiden.

Todo mi cuerpo se acaloró de golpe cuando recordé lo que había sentido al tener las manos de Aiden recorriéndome la piel.

Entonces Mason se acercó a nosotros, y yo me apresuré a agarrarlo del brazo y a atraerlo hacia mí, buscando cualquier clase de distracción. Después lo obligué a sentarse en el sofá mientras yo me ponía de pie y me dejé caer sobre su regazo.

Sonreí de oreja a oreja al ver que Rook ponía los ojos en blanco.

—¿Y por qué iba a estar celosa? —pregunté, dedicándole a Mason una sonrisa radiante. Él también me sonrió, antes de levantar las manos para demostrarle a todo el mundo que no me estaba tocando.

—Muévete, Mason —le advirtió Rook, sin siquiera moverse de su sitio, con Regan todavía sobre su regazo.

—Deja de joder de una vez, podemos sentarnos donde nos dé la gana —solté.

Un brazo se enredó alrededor de mi cintura, obligándome a levantarme y haciéndome girar hasta apartarme del regazo de Mason y dejarme de pie junto a Aiden.

—O puedes dejar tú de joder a los demás, Psycho. Tenemos cosas que hacer y no hay tiempo para tus jueguecitos.

Me enderecé, sin molestarme en ocultar lo enfadada que estaba.

—Pues a mí me parece que tú siempre tienes tiempo para mis jueguecitos, Ace. De hecho, creo que sacas tiempo a propósito para jugar conmigo.

Aiden tensó los hombros, visiblemente incómodo.

No quería tener que lidiar con el tema del mensaje ni con esta reunión.

Tenía demasiadas cosas en las que pensar.

Y lo único que quería era provocar a Aiden hasta que admitiese de una vez que sí, que había sido él quien me había arrastrado anoche al bosque.

Un escalofrío me bajó por la columna al recordarlo.

Al acordarme de cómo Aiden había tomado el control, de cómo se había valido de su habitual actitud protectora para doblegarme ante sus deseos.

Y quería más.

Alcé la vista hacia él, tenía la mirada clavada al frente, observando la escena con una expresión impasible, ni siquiera se molestó en mirarme cuando Rook y Hero se pusieron a hablar del mensaje amenazador, pero, aun así, probé a acercarme un poco más a él.

—¿Has averiguado ya a quién pertenece ese número? —me preguntó Rook.