Quince
Aiden
Me había autoimpuesto una quinta regla, pero lo único que conseguí con ello fue recordarme que había incumplido las cuatro anteriores.
Mi moto salió disparada hacia delante, con el motor rugiendo con fuerza bajo mi cuerpo mientras aceleraba a fondo y zigzagueaba entre los coches que circulaban por la autopista.
El olor metálico de los gases que salían por el tubo de escape, el viento sacudiéndome la cara, las vibraciones constantes de la carretera bajo mis ruedas...
, todo eso debería haberme ayudado a mantener los pies en la tierra.
Estábamos en medio de un encargo y lo único que tenía que hacer era mantener la cabeza fría y concentrarme, pero estaba demasiado ocupado reprochándome lo débil que había sido la noche anterior.
Seguíamos a tres coches en total. Todos eran vehículos robados y estaban cargados de drogas a rebosar. Aunque esta vez no íbamos a por las drogas, sino a por los coches.
De un taller local salían coches a diario, cada uno de ellos adaptado para el tráfico de drogas.
Pero, cuando los coches que enviaban para transportarlas empezaron a desaparecer bajo circunstancias extrañas, el jefe empezó a cabrearse.
Fue entonces cuando nos llamó y, después de un día entero tratando de regatearnos el precio, conseguimos el encargo: teníamos que averiguar quién le estaba robando y a dónde se llevaban los coches.
Al parecer, pensó que sería todo un detalle ofrecernos también una pequeña propina si averiguábamos a dónde iban después los conductores.
Los jefes del crimen y los capos de la droga de la ciudad no podían permitirse el lujo de acudir a la policía para esta clase de cosas, y esos cabrones de mala muerte no confiaban lo suficiente en su propia gente como para encargarles una investigación así, por eso siempre nos llamaban a nosotros.
Ninguno de ellos era tonto. No confiaban en nadie, y nosotros tampoco inspirábamos demasiada confianza que digamos, pero sabían que podían comprar nuestra lealtad con una cifra justa, así que siempre nos pagaban cantidades exorbitadas de dinero por solucionarles sus malditos problemas.
Los coches que teníamos delante se alinearon en la calzada, moviéndose al unísono, mientras Rook nos hacía señas para que nos acercásemos.
—Hero, acelera. Llévate a Zack y a Kane para adelantarnos. Nosotros nos separaremos y nos colocaremos justo detrás. Os avisaremos si salen de la autopista.
—¿Pero para qué tenemos que adelantarnos? —preguntó Zack—. Si lo hacemos no podremos seguirlos para ver a dónde van.
Hero se abrió paso entre los coches sin rechistar, acelerando a su alrededor, con Zack y Kane siguiéndolo de cerca. Mason se quedó atrás, colocándose justo a nuestro lado.
—Tenemos que asegurarnos de que no haya ningún coche de policía esperando un poco más adelante —dije, sabiendo perfectamente cómo iba a acabar esto—. No podemos arriesgarnos a que los paren cuando necesitamos averiguar a dónde van.
—¿Y qué hacemos si hay policías esperándolos? —preguntó Kane.
Sonreí, volviéndome hacia Mason y Rook, aunque sabía que no podían verme la cara detrás del casco.
—Tendréis que hacer que os paren a vosotros —respondí—. Aceleráis un par de kilómetros para crear cierta distancia y así no se fijarán en los coches.
—Espera un momento, ¿es que queréis que nos detengan? ¿Ahora nosotros somos el cebo? —preguntó Zack.
—Ah, no —respondió Hero, y me fijé en el tono divertido que cobró su voz—. Con que paren a uno bastará. Quién será el afortunado dependerá de quién sea el más lento. Así que te sugiero que revoluciones el motor de esa pequeña y adorable motito tuya todo lo que puedas para no ser tú, Zack.
—Que te jodan, Hero. No quiero hacer de cebo para unos malditos traficantes.
—Una pena. —Rook aceleró y ralentizó el motor una y otra vez sobre las líneas de la carretera—. Siempre nos turnamos para ver a quién le toca huir, así ninguno de nosotros acumula demasiados cargos. Y tu expediente está bastante limpio. Pórtate bien y estarás libre en menos que canta un gallo.
Zack soltó una serie de gruñidos y murmuró unas cuantas amenazas dentro de su casco, aunque el intercomunicador no llegó a captarlas, pero al final no se atrevió a desobedecer nuestras órdenes y acabó cediendo.
Tuvimos que seguir a los coches veinte minutos más antes de que se separaran.
Cada uno tomó una salida diferente, lo que nos obligó a dividirnos.
Yo me quedé justo detrás del último, desviándome hacia un almacén que se encontraba tres edificios más allá, mientras los traficantes aparcaban el coche justo detrás de un viejo edificio metálico.
Sin hacer ruido, me acerqué al coche y le coloqué un rastreador en los bajos antes de alejarme de allí sin que nadie se percatase de mi presencia. A veces, estos tipos se dedicaban tanto tiempo a pensar en cómo robar los coches, que se olvidaban de fijarse en lo que ocurría a su alrededor.
El trayecto de vuelta a Maverick Moto se me hizo mucho más largo de lo que me habría gustado, y se me formó un nudo tenso en el pecho ante la idea de tener que volver a ver a Evie. Acababa de aparcar en el interior del taller cuando mi mirada se desvió inevitablemente hacia su despacho.
Y allí estaba ella.
O, al menos, allí estaba su moño rubio, balanceándose por encima del escritorio, donde, sin duda, estaba planeando mi muerte prematura.
Lo cual, vale. Me lo tenía merecido.
Porque la había tocado cuando se suponía que no debía hacerlo.
Me quité el casco al mismo tiempo que ella apartaba la vista de la pantalla de su ordenador, y nuestras miradas se encontraron de inmediato.
Joder.
Sus labios se curvaron lentamente, hasta esbozar una sonrisa pícara que hizo que algo se retorciese en mi interior.
Anoche me había asegurado de ocultarlo todo: mis tatuajes, mi voz, mi rostro. No debería haber sabido que era yo quien la había arrastrado al bosque.
Era imposible que lo supiese.
Pero esa pequeña sonrisa diabólica me hizo dudar.
Si lo sabía y pretendía seguir provocándome, acababa de entregarle en bandeja de plata algo mucho mejor con lo que chantajearme que unas estúpidas fotos comprometedoras.
Aunque tampoco podía demostrar que había sido yo.
Seguía sin saber qué más quería que hiciese para asegurarme de que esas fotos no saliesen jamás a la luz, pero lo cierto era que aquello había dejado de importarme, porque, después de lo que había hecho anoche, me merecía que me chantajease.
No me importaría tener que hacerle otro favor si así conseguía mantenerla callada.
Pero yo también podría usar en su contra su pequeño secretito de que en el fondo era una romántica empedernida, aunque, por algún motivo, me gustaba la idea de poder guardarme esa información para mí.
Ya me había permitido sucumbir a mis más oscuros deseos durante la fiesta de Hero. La había tocado, la había hecho mía con los dedos y, por una maldita noche, había tenido aquello que llevaba años deseando.
Y ahora me tocaría lidiar con las consecuencias de mis actos cuando el tiro me saliese por la culata.
—Vaya, vaya, vaya —dijo Evie, con una sonrisa burlona al salir de su despacho—. Pero si es mi recadero favorito. ¿Ya les has puesto los rastreadores?
Había repartido puñetazos, recibido balazos, dejado atrás a la policía y escapado de innumerables traficantes, y, sin embargo, por algún extraño motivo, nada me ponía más nervioso que la forma en que me estaba mirando Evie en ese momento.
Aun así, me aseguré de sonar lo más seguro posible.
—Sí. Los tenemos a los tres.
Su sonrisa burlona se ensanchó, y me odié a mí mismo por imaginarme esa misma boca haciendo algo completamente distinto.
—Tú siempre te ocupas de terminar el trabajo, ¿verdad, Ace? —Suspiró con aire dramático—. Siempre tan fiable, obediente y tan tan eficiente.
La observé con los ojos entrecerrados.
—¿ Obediente? ¿Eso es lo que crees que soy?
Evie ladeó la cabeza, y un brillo travieso iluminó su mirada.
—Bueno, desde luego, se te da bastante bien seguir órdenes. Sobre todo cuando soy yo quien te las da.
Joder. Estaba jugando sucio.
Me acerqué a ella lentamente, examinando su rostro con la mirada, en busca de cualquier indicio de que pudiese estar de farol. Si sabía que había sido yo quien la había acorralado en el bosque anoche, lo estaba ocultando peligrosamente bien.
—No recuerdo haber seguido una orden tuya en mi vida —solté, bajando la voz mucho más de lo que debería.
—¿Ah, no? —Pestañeó con fingida inocencia—. Pues yo estoy bastante segura de que has seguido unas cuantas.
La tensión se apoderó del ambiente, densa y electrizante, tirando de mí hacia ella como si mi centro de gravedad hubiese cambiado.
Abrí y cerré las manos varias veces. Tenía que tranquilizarme. Necesitaba mantener la cabeza fría, respirar con normalidad, fingir que no me moría de ganas de empotrarla contra la pared de su despacho y...
Joder.
Aquello no podía ser. Habíamos vuelto al mundo real.
A ese en el que debía mantener las manos alejadas de ella pasara lo que pasase, así que no podía obligarla a prestarme toda su atención y a arrodillarse frente a mí.
La sangre me bullía en las venas mientras intentaba controlarme, aunque no pude evitar imaginarme a Evie de rodillas ante mí.
—Siempre hago lo que hay que hacer. Incluso las chorradas que tú me pides. —Me crucé de brazos, a sabiendas de que comprendía que me estaba refiriendo al chantaje—. Y, como tu dijiste, este es tu juego. Por ahora me estoy portando bien, pero no tientes a la suerte...
Evie me recorrió de arriba abajo con la mirada, como si me estuviese evaluando.
—¿Y quién ha dicho que quiera que te portes bien?
Apreté los dientes con fuerza. Ese tono provocativo me estaba volviendo loco. Quería comprobar hasta dónde podía llegar para borrarle esa sonrisa satisfecha de la cara. Pero no podía volver a perder el control.
Me había concedido una única oportunidad para probarla, y con eso tendría que bastar.
Una sola vez había bastado para arruinarme por completo, y no podía volver a acercarme tanto a ella nunca más.