Catorce #2
—Te he dicho que te subas el puto vestido —repitió, alargando cada palabra, pronunciando con lentitud.
Me sobresalté ante su tono y bajé las manos a toda prisa hacia el dobladillo de mi vestido, para después subirlo hasta arrugar la tela a la altura del estómago. Oí otro siseo metálico procedente de la máscara y tuve que contenerme para no sonreír.
La mano enguantada siguió deslizándose por mi cuerpo, y acarició la tela de mi vestido antes de llegar a la piel desnuda de mi vientre.
Sus dedos se colaron después bajo la cintura de mi ropa interior y me recorrieron la cadera, tirando de la fina prenda hacia abajo mientras seguían descendiendo por mi piel.
—Abre las piernas —me ordenó, y yo obedecí de inmediato, casi hasta mareada por el deseo. Extendí una pierna hacia un lado para darle más acceso—. ¿Necesitas que vuelva a meterte los dedos hasta la garganta o ya estás lo bastante mojada para mí?
Solo pude asentir como respuesta, y ese movimiento entusiasta delató que estaba más que lista para él.
El resplandor azul que proyectaba su máscara iluminaba nuestros cuerpos, bañándonos en la suficiente luz como para que pudiese ver perfectamente cómo deslizaba una mano entre mis muslos.
Sabía que quería mantener oculta su identidad, y por eso no se quitaría los guantes, porque los tatuajes que le cubrían las manos lo delatarían.
Sin embargo, si esto era lo más cerca que iba a poder estar jamás de acostarme con él, lo aceptaría.
Su mano se deslizó lentamente hacia mi sexo, hasta que noté que introducía un par de dedos enguantados en mi interior. Gemí con fuerza, y la oleada de placer que me bajó por la columna me dio ganas de exigirle más.
Tuve que ahogar otro gemido que amenazó con escaparse de entre mis labios cuando sus dedos se adentraron aún más en mi interior.
El cuero estaba frío contra mi piel caliente, y el contraste me resultó tan brusco que no pude evitar arquearme bajo sus caricias.
Alzó la otra mano para agarrarme con fuerza de la cintura, inmovilizándome contra la rugosa corteza del árbol.
—Mírate —gruñó, y su voz distorsionada me provocó un escalofrío—. Tan ansiosa, tan mojada. ¿Esto es lo que querías? ¿Que te follasen así, que te tomasen así, en la oscuridad?
Negué con la cabeza, resistiéndome, a pesar de que mi cuerpo me estaba traicionando, contrayéndose alrededor de sus dedos.
—No —jadeé, y la mentira me supo amarga en la boca.
Aquello le hizo reírse entre dientes, un sonido distorsionado y amenazador que se filtró a través de la tela de su máscara.
—Mentirosa —siseó, antes de curvar los dedos en mi interior.
Luché por mantener la compostura, por no rendirme al deseo y demostrarle lo mucho que quería esto, pero el cuerpo me estaba traicionando con cada embestida de sus dedos.
—Dime que esto es lo que quieres —me exigió, con su rostro enmascarado a tan solo unos centímetros del mío—. Dilo.
Me mordí el labio inferior, negándome a darle esa satisfacción, obstinada. Pero cuando volvió a curvar los dedos de la manera correcta, acariciando ese punto perfecto que se escondía dentro de mí, no pude contener el gemido que se escapó de entre mis labios.
—Ahora, Evie —gruñó, y su voz distorsionada me produjo un escalofrío—. Deja que te oiga decirlo.
Encontró mi clítoris con el pulgar y lo acarició con una precisión enloquecedora. Me retorcí contra su mano y mi determinación se desmoronó con cada una de sus caricias expertas.
—Quiero... quiero más —logré decir por fin entre jadeos, odiándome por haber sucumbido a sus deseos, pero incapaz de contener la oleada de placer que me recorrió entera—. Por favor...
Él soltó una carcajada grave y metálica.
—¿Ahora es cuando decides portarte como una buena chica y pedir las cosas por favor? ¿Es que quieres mi polla?
De repente, sus dedos salieron de mi interior, dejándome vacía e insatisfecha. Pero, antes de que pudiese protestar, me dio la vuelta, estampándome la cara contra la áspera corteza del árbol. Y el calor que irradiaba su cuerpo me caldeó la piel cuando se pegó a mi espalda.
—Las manos por encima de la cabeza —me ordenó—. Y no te atrevas a moverlas.
Obedecí sin rechistar, con el corazón latiéndome acelerado al sentir que me levantaba un poco más el vestido, exponiendo por completo mi sexo al aire fresco de la noche.
Sus manos enguantadas me recorrieron los costados, y sujetó mis caderas con tanta fuerza que seguro que mañana me despertaría con las marcas de sus dedos grabadas en la piel.
—Suplícame que te folle —gruñó, inclinándose hacia mí, con su máscara rozándome la oreja.
Se me cortó la respiración mientras me provocaba, deslizando un dedo por mi humedad, pero sin hundirse de nuevo en mi interior.
—Suplícamelo —exigió, y su voz distorsionada me erizó la piel.
Vacilé, con mi orgullo librando una batalla contra mi deseo. Pero, cuando se frotó contra mi sexo y me presionó el clítoris con dos dedos, no pude contenerme más.
—Ahora —gemí, empujándome contra él—. Fóllame ahora mismo.
Con un gemido ronco, volvió a hundir un dedo en mi interior, mientras su otra mano enguantada se cerraba alrededor de mi cuello.
Me apretó con fuerza por última vez, pegándome a su pecho hasta que su rostro enmascarado quedó junto a mi nuca. Podía sentir su aliento a través de la tela, pesado y oscuro, mezclándose con el aroma intenso a pimienta y madera de cedro que parecía seguirlo siempre como una sombra.
—Vuelve a tu fiesta, Evie —gruñó, con voz grave y autoritaria—. Pero no olvides que puedes, y quieres, ser dominada.
Entonces me soltó, y la repentina ausencia de su agarre casi me hizo caerme de bruces al suelo.
Di un paso tembloroso hacia atrás, mirando fijamente aquellos vacíos ojos cruzados de la máscara.
El corazón me latía acelerado en el pecho cuando lo vi retroceder, antes de girarse y alejarse con paso firme entre los árboles.
Una corriente de aire frío me erizó la piel mientras trataba de recuperarme, con la adrenalina todavía corriéndome por las venas.
Abrí la boca para exigirle que volviese y se quitase la máscara.
Para pedirle que empezase de nuevo, como Aiden esta vez...
, pero se había ido, su silueta se fundió entre las sombras, dejándome sola en medio de aquel bosque oscuro.
Me quedé allí, paralizada, con el inquietante silencio resonando a mi alrededor. Entonces comencé a oír de nuevo los ruidos familiares de la fiesta, las risas lejanas y la música que parecían provenir de un mundo completamente distinto.
Me obligué a caminar, avanzando entre tambaleos hacia las luces y el ruido. Odiaba que cada paso me aclarase más y más las ideas, y que el frío de la noche me calase hasta los huesos.
Cuando me deslicé de vuelta entre la multitud, todavía podía notar el peso fantasma de sus manos sobre mi cuerpo, la huella de sus dedos enguantados sobre mi piel, como si me hubiese marcado.
Recorrí los rostros que me rodeaban con la mirada, buscando a Aiden entre la multitud, deseando encontrar cualquier pista de que había sido él quien había estado en el bosque conmigo.
De que seguía aquí.
Pero aquello en realidad no importaba.
Porque sabía que había sido Aiden. Tenía que ser él. Lo que significaba que Aiden también me deseaba y, lo que era mejor aún, que no hacía falta más que darle un empujoncito para que cayera.