Ace & Ember (Los Mavericks 2) Catorce
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Catorce

Evie

Una mano volvió a cubrirme la boca, pero esta vez le di un buen mordisco.

Por un instante, pensé que podría haberle hecho daño a mi atacante, y el siseo que surgió del interior de la máscara me hizo darle también una patada, aunque no sirvió de nada.

Era como si estuviese mordiendo algo hecho de hierro, y reaccionó de una forma inquietantemente calmada.

El pánico se apoderó de mí, pero me negué a permitir que me dominara.

Me revolví, con la cabeza a mil por hora mientras intentaba averiguar cómo zafarme de su agarre, pero los brazos que me rodeaban eran implacables y me arrastraban cada vez más hacia la sofocante oscuridad del bosque.

No podía verle la cara, pero sí que podía sentir su aliento en mi nuca, cálido y lento, como si estuviese saboreando mi miedo.

Desde el principio había sabido que alguien me había estado vigilando, al igual que sabía que los chicos estaban preocupados por las amenazas que habíamos estado recibiendo últimamente. Y que debería haber tenido más cuidado.

En cambio, había dejado que me atrapasen y me arrastrasen hacia las profundidades del bosque sin luchar siquiera.

Intenté liberar un brazo y alargarlo hacia mi muslo, pero él se me adelantó, deteniéndome antes de que pudiera hacer nada.

No era que mantuviese el puñal que llevaba siempre encima demasiado oculto, pero estaba claro que él debía de llevar un tiempo vigilándome para saber dónde lo tenía exactamente.

Me revolví de nuevo entre sus brazos, para tratar de verlo mejor, para fijarme en su complexión, en su forma de moverse. Todo me resultaba extrañamente familiar, pero la máscara le ocultaba por completo la cara.

Incluso su olor, ese aroma intenso y oscuro, me recordó a Aiden.

Pero él jamás haría algo así. Tampoco tenía motivos para hacerlo.

El pánico me oprimía el pecho, pero me obligué a seguir respirando con normalidad, a centrarme en lo que podía ver y sentir.

Aquello no encajaba en absoluto con el Aiden al que conocía, este hombre estaba siendo demasiado agresivo.

Vale que Aiden podía ser bastante brusco a veces, pero nunca era imprudente.

Él siempre seguía las normas, y esto rompía todas y cada una de las reglas del juego.

La cabeza me daba vueltas, tenía la sensación de que sabía quién era mi atacante y, a la vez, me aterraba la idea de estarme equivocando y que no fuese él.

Le asesté un pisotón con todas mis fuerzas, pero él se apartó en el último momento y siguió adentrándonos en el bosque, alejándome de la fiesta hasta que el ruido y las voces se transformaron en un zumbido lejano.

Lo único que podía oír era el crujir de las ramas bajo nuestros pies, mi respiración agitada, y el latido constante y ominoso de su corazón pegado a mi espalda.

—Suéltame —jadeé con voz temblorosa, más por culpa de la rabia que del miedo, cuando por fin apartó la mano de mis labios.

—¿Por qué iba a hacer eso? —preguntó, con voz grave y burlona.

El sonido me llegó distorsionado, metálico y antinatural.

Si era Aiden, ¿por qué iba a disfrazar su voz?

Se me formó un nudo tenso en la boca del estómago cuando se inclinó hacia mí, recorriéndome la mandíbula en una caricia con sus dedos enguantados.

Conocía la voz de Aiden, cada matiz y cada gruñido, pero esta...

esta voz sonaba distinta. Aunque quizá pretendía despistarme.

—Porque te lo digo yo, y las cosas podrían acabar muy mal para ti si no me haces caso —siseé, intentando reprimir el miedo que pugnaba por dominarme, tratando de convencerme de que todo esto no era más que otro de los jueguecitos de Aiden.

A lo mejor estaba intentando ponerse al nivel de mi locura y vengarse de mí por haberlo chantajeado.

—¿Estás segura? Porque esta noche no he visto a tu guardaespaldas por aquí.

Así que ¿quién se supone que me va a castigar?

—Su voz de verdad se filtraba a través de la tela de la máscara y se entremezclaba con la distorsionada, formando un gruñido antinatural que me provocó un escalofrío.

No logré identificar su voz, ni un solo matiz, lo único que pude oír fue ese tono escalofriante y extraño que me resultaba a la vez familiar y ajeno.

El corazón me iba a toda velocidad. ¿Estaba hablando de Aiden? ¿Por qué iba Aiden a hablar de sí mismo en tercera persona, o esto no era más que otra forma de despistarme?

Sus dedos me recorrieron el cuello en un lento recordatorio de que podría cerrar la mano a su alrededor hasta dejarme sin aliento si él quisiese.

—¿Y si no es por él por quien tienes que preocuparte, sino por mí? —pregunté, tratando de sonar lo más segura posible.

—Normalmente te diría que quizá tengas razón. —Bajó un poco más la voz—. Pero esta noche nadie va a detenerme.

La forma en que lo dijo, con absoluta certeza, hizo que me estremeciera.

—Eso no lo sabes.

—Oh, pues claro que lo sé. Te he traído hasta aquí cuando nadie miraba.

Así que sé a ciencia cierta que a nadie le llamará la atención no verte por la fiesta en un rato y, como acabo de decir, me he fijado en que tu guardaespaldas no te acompaña esta noche.

Por lo que nadie tiene ni idea de que estás aquí.

Volvió a deslizar la mano por mi cuello, subiendo lentamente por mi piel hasta mis labios, para introducirme un par de dedos enguantados en la boca y presionarlos contra mi lengua.

La sensación era extraña, invasiva, como si estuviese probándome para ver hasta dónde podría llegar.

El corazón me aporreaba las costillas, y cada fibra de mi ser estaba alerta, intentando comprender qué era lo que estaba ocurriendo.

El contacto de Aiden siempre había tenido un toque provocador, pero esto...

esto más bien era algo que haría alguien con unos instintos y deseos mucho más oscuros.

—De rodillas, Psycho, y déjame imaginar cómo sería si te estuvieses ahogando con mi polla.

Estuve a punto de gemir de placer contra sus dedos del alivio que sentí en ese mismo instante, que vino seguido rápidamente por la excitación y el deseo al comprender que podía permitirme disfrutar de esto. Me fallaron las piernas y me dejé caer al suelo.

Él se colocó justo a mi espalda, retorciendo los dedos en mi boca hasta curvarlos y obligarme a echar la cabeza hacia atrás, a observar atentamente su máscara desde abajo, de rodillas a sus pies.

Entonces ladeó la cabeza, observándome atentamente, como si no se hubiese dado cuenta de que acababa de meter la pata.

Porque me había llamado como solo Aiden me llamaba, por el apodo que él mismo me había puesto.

Psycho.

Sonreí alrededor de sus dedos, incapaz de comprender la oleada de deseo que me recorrió al descubrir que era Aiden quien se ocultaba detrás de la máscara.

¿De verdad me quería así? ¿En serio quería que me pusiese de rodillas ante él?

Noté cómo me contraía por el deseo y agradecí ese pequeño dolor que tanto ansiaba.

Si este disfraz le permitía dar rienda suelta a sus más oscuras fantasías, no sería yo quien le confesase que había reconocido al hombre que se escondía debajo.

—¿A que estás preciosa ahí abajo? Con las rodillas cubiertas de tierra y la boca bien abierta para mí.

Aparté ligeramente la cabeza, haciendo que sus dedos saliesen de entre mis labios, pero él se apresuró a deslizarlos de nuevo hacia mi garganta.

—Está claro que me conoces lo suficiente como para saber que te arrepentirás de haber hecho esto.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo se supone que vas a dar conmigo si no tienes ni idea de quién soy?

Sabía que debía resistirme para que resultase más creíble, pero una parte de mí quería descubrir hasta dónde estaría dispuesto a llegar.

Sus peligrosas caricias me erizaron la piel.

La figura enmascarada que se cernía sobre mí, observándome con una mezcla de amenaza y familiaridad, me tenía totalmente cautivada.

—Eso da igual. Te encontraré. Puedo encontrar a cualquiera.

—No puedes encontrar a un fantasma. ¿De verdad sigues creyendo que eres tú quien está al mando, Evie?

—Su tono oscuro reflejaba que se estaba divirtiendo, y esa voz distorsionada me puso los pelos de punta—.

Adelante, grita para pedir ayuda si quieres.

Veamos si alguien te oye y se atreve a venir a salvarte.

Tragué saliva, y lo que estuve a punto de decir se me quedó atascado en la garganta cuando introdujo un poco más sus dedos en mi boca, curvándolos como un anzuelo para echarme la cabeza hacia atrás y obligarme a mirarlo a los ojos de su máscara.

Sus palabras eran un desafío, un reto, que despertaron algo en mi interior.

—Aún no he decidido si eres un necio por estar haciendo esto o si estás completamente loco —susurré, intentando ignorar cómo se me aceleró la respiración cuando se agachó hacia mi rostro.

—Me sorprende que creas que soy yo el que está loco cuando eres tú la que sigue de rodillas a mis pies, y parece que lo estás disfrutando.

Soltó una sonora carcajada, grave y cruel, antes de deslizar los dedos de su mano libre por mi cuello, buscándome el pulso. El corazón me latió acelerado al notar el cuero frío sobre la piel. Saber que era lo único que nos separaba en ese momento bastó para llevarme al borde de la locura.

Aiden afianzó ligeramente su agarre, apretándome el cuello con una suavidad que me hizo contener el aliento.

—Ahora sé una buena chica y levántate —susurró—. Y deja de fingir que no estás disfrutando de hacer lo que te ordeno.

Otro escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies, y una oleada de calor líquido se acumuló entre mis piernas.

Me ayudó a levantarme y me obligó a darme la vuelta hasta enfrentarme a él. Y después me empujó hasta que mi espalda chocó contra el tronco de un árbol.

—Súbete el vestido —me ordenó, con el pecho subiéndole y bajándole con cada respiración agitada.

No me moví, porque todavía estaba tratando de recobrar el aliento después de sus bruscas caricias.