Ace & Ember (Los Mavericks 2) Trece #2
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Trece #2

Mi polla cobró vida de repente. Quería descubrir cómo se comportaría cuando estuviese a mi merced, cuando fuese yo quien llevase las riendas y me ocupase de darle a mi pequeña psicópata todo lo que deseaba.

Aquella idea me provocó una oleada de calor, un deseo primitivo que me retorció las entrañas.

Me abrí paso entre los árboles, acercándome lentamente a donde estaba sin que nadie se percatase de mi presencia.

Este no era precisamente un momento sacado de una de esas comedias románticas que tanto le gustaban, pero, claro, yo jamás podría ofrecerle algo así.

Me ajusté la máscara por última vez, preguntándome cómo iba a poder acercarme a ella lo suficiente como para atraparla.

Ya casi podía sentirlo, la forma en que se le aceleraría el pulso, la descarga de adrenalina que se apoderaría de ella cuando se diese cuenta de que no podría escapar.

El momento en que se percatase de que estaba por completo a mi merced.

Se me aceleró el corazón mientras me acercaba a ella, deslizándome entre las sombras.

No podía apartar la mirada, la atracción que sentía por Evie era más fuerte que nunca.

Su belleza me cautivaba, pero era su fuego lo que me atraía.

La forma en que parecía adueñarse de cada estancia en la que entrase, retando a cualquiera que se atreviese a desafiarla.

Y, esta noche, sería yo quien la desafiaría.

La máscara me daba ventaja, envalentonándome de una forma que jamás habría esperado. Podía verla, no solo a la chica a la que jamás podría tener, sino a la chica a la que pensaba poseer esta noche. A la que le iba a arruinar la vida, igual que ella había arruinado la mía.

La multitud que la rodeaba se dispersó y Evie se acercó a la linde del bosque, con la mirada clavada en el borde de los acantilados. Aquello era lo que había estado esperando. Me moví rápido, con mis botas crujiendo sobre la maleza a medida que cerraba la distancia que nos separaba.

Alargué las manos hacia ella y le tapé la boca antes de que pudiese gritar. Todo su cuerpo se puso en tensión en cuanto le rodeé la cintura con el brazo libre y tiré de ella hacia el bosque. Se le cayó la copa de las manos mientras la alejaba de allí, deslizándonos entre los árboles.

Su cuerpo permaneció totalmente helado por un momento, pero, cuando se le pasó la sorpresa, comenzó a intentar zafarse de mi agarre, retorciéndose entre mis brazos y clavándome las uñas en la piel para que la soltase.

Podía oír su respiración agitada y frenética, podía sentir la desesperación que brotaba de su interior.

La maleza le arañaba las piernas mientras la arrastraba hacia las profundidades del bosque y trataba de levantarla un poco más para que no se hiciese daño.

Evie gritó contra la palma de mi mano, pero el sonido quedó demasiado amortiguado como para que pudieran oírla.

Con cada forcejeo yo afianzaba mi agarre y fortalecía mi determinación.

Me quedé callado, alejándola lentamente de la fiesta, hasta que las voces y los ruidos se desvanecieron a nuestras espaldas.

Cuanto más nos adentrábamos en el bosque, más oscuras se volvían las sombras que nos rodeaban, y los árboles se cernían sobre nuestras cabezas como mudos centinelas.

El ruido de la fiesta se desvaneció, viéndose absorbido por el silencio, que solo interrumpía el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas.

Cada paso que avanzaba parecía alejarme más y más de la realidad, de las normas, hasta que solo quedamos ella y yo.

Por fin, me detuve y dejé que la máscara acariciase su cabello a la vez que la atraía hacia mi pecho.

—Deberías tener más cuidado de a quién provocas, Evie. O algún día alguien podría venir a buscarte y tomarte la palabra.

La máscara se encargaba de alterar mi voz, de transformarla en algo oscuro y distorsionado, eliminando así cualquier deje familiar que pudiese poseer. Era perfecta, una voz que ella jamás reconocería, un sonido que tan solo serviría para atormentarla, no para consolarla.

Un escalofrío emocionado me bajó por la columna. Podía volverla totalmente loca y acabar con su constante necesidad de arruinarme la vida.

Aflojé mi agarre lo suficiente como para dejar que se diese la vuelta, y me observó con los ojos bien abiertos, con una mezcla de miedo e ira iluminando su mirada, y la respiración entrecortada.

La vi tragar con fuerza y examinar mi rostro en busca de cualquier indicio que pudiese dejarle adivinar quién era, pero la máscara se encargó de ocultar cualquier rastro de humanidad que pudiese quedarme.

Aunque tenía la sensación de que no me quedaba nada.

Entonces su mirada se encontró con la mía, y un destello furioso y de algo que no logré identificar surcó su expresión.

—¿Qué coño te crees que estás haciendo? —gritó, y su voz sonó cortante y aguda.

Quería destrozarla, acabar con ella y con esa actitud provocadora. Quería castigarla por haberme chantajeado, por el mensaje, por la tortura de tener que verla cada puto día y no poder tocarla.

El temor y la furia se apoderaron de su rostro, con un pequeño brillo de desafío que me dio incluso más ganas de destruirla. La tensión entre nosotros se intensificó, difuminando la línea entre el deseo y el caos.

Me incliné hacia ella, cogiéndole las muñecas con más fuerza, quizá demasiada, y disfruté de cómo contuvo el aliento mientras luchaba contra las ganas que tenía de rendirse o de seguir luchando.

No le di ni un segundo para decidirse y la hice girar hasta que quedó atrapada entre el árbol y mi cuerpo.

Y entonces, por fin, me pegué a ella, acercándole los labios al oído.

—¿No te encantaba el caos, Evie? Pues ahora vas a saber lo que es de verdad el caos.

Pensaba hacerla mía de formas que ni siquiera podría imaginar. Iba a arruinarla para cualquier otro, y ella disfrutaría de cada segundo oscuro y retorcido de ello, al igual que yo.