Trece
Aiden
El motor ronroneaba con suavidad bajo mi cuerpo mientras aparcaba la moto a un lado de la carretera, con la mirada clavada en la pantalla de mi móvil y sintiéndome cada vez más furioso.
El mensaje de Evie me devolvía la mirada, con desprecio, una palabra que era como una flecha disparada directamente a mi corazón, destinada a destrozarme.
Ella siempre sabía cómo arruinarme el día, era una habilidad que había perfeccionado con los años solo para atormentarme.
Y ahí estaba yo, cayendo de nuevo en su trampa.
En cuanto la había visto aparecer en el taller con su moto y mi camiseta puesta, me había vuelto totalmente loco.
Había tenido que agarrarme al teléfono con todas mis fuerzas de las ganas que tenía de alargar las manos hacia ella y tocarla.
Como si una parte de mí se muriese por atraerla y tirar de esa maldita camiseta solo para cerciorarme de que sí, la llevaba puesta, y no estaba alucinando por culpa del agotamiento y la frustración.
Y más aún después de haber descubierto que mi psicópata favorita era también en el fondo una romántica empedernida.
Los últimos días parecían haber salido de un sueño febril.
Les había dicho a los chicos que me iba a tomar el día libre, porque necesitaba un descanso.
Alejarme del mundo agobiante que yo mismo me había construido.
Pero parecía que daba igual cuánto espacio pusiese de por medio, porque lo que de verdad me mantenía preso no era Havenwood o el grupo, ni el trabajo, ni tampoco las expectativas. Era Evie.
Estaba en todas partes, presente en cada recoveco de mi vida, llenando las grietas que ni siquiera había sabido que existían hasta que ella se había colado en su interior.
Se había adueñado por completo de mi existencia y, si lo quisiese, podría prenderle fuego a todo con una sola chispa.
Una chispa que ya había prendido en mi interior, y ahora tan solo tenía que quedarse sentada, avivándola hasta que surgiesen las llamas.
Cada mirada, cada risa, cada provocación exasperante suya no hacía más que empeorar las cosas.
No solo me estaba sacando de quicio, sino que formaba parte de cada fibra de mi ser.
Ya no era capaz de concebir una vida en la que Evie no estuviese presente.
Y lo peor de todo era que ella también lo sabía.
Me aferré con más fuerza al manillar mientras releía su mensaje.
Esto era lo que siempre hacía. Me provocaba.
Me atormentaba. Se burlaba de mi autocontrol hasta ahogarme en mi propia frustración, sabiendo perfectamente que no podría hacer nada al respecto.
Me había arrinconado y, por mucho que intentase escapar, no podía hacerlo.
No sin tirar abajo todo lo que me había esforzado durante tanto tiempo por construir.
Pero tal vez esta noche sería diferente.
No estaba seguro de cuánto tiempo más podría aguantar así. De cuánto más podría seguir fingiendo que no la deseaba, mientras ella me restregaba por la cara lo mucho que en realidad lo hacía.
Necesitaba descubrir cómo sería tenerla, aunque solo fuese por un momento. Necesitaba acallar esa pequeña parte de mi cerebro que no paraba de gritarme que sería lo mejor que me pasaría en la vida y demostrarle que se equivocaba.
Necesitaba solo una noche para demostrarme a mí mismo que no merecía la pena lanzar por la borda la vida que había conseguido solo por tenerla de ese modo.
Y Evie se merecía perder en su propio juego.
Tenía que saber lo mucho que la deseaba, porque no parecía importarle en absoluto usar mis sentimientos en mi contra.
Incluso ahora seguía siendo su prisionero, atrapado en su red de intrigas y mentiras, sin posibilidad de escapar.
Evie sabía exactamente dónde tenía que apuntar para desestabilizarme, exactamente qué teclas tenía que pulsar para llevarme al límite, para obligarme a perseguirla incluso aunque supiese que jamás tendría permitido atraparla.
La mochila me pesaba sobre los hombros, con la máscara negra oculta en su interior, esa que tenía un par de equis azules en los ojos y una sonrisa perversa, la misma que parecía estar retándome a que lo hiciese de una vez.
No solo era un disfraz, era mi vía de escape.
Con ella puesta, podía ser quien quisiese.
Alguien a quien no le importasen las normas, o las consecuencias de sus actos, o los límites que me había pasado años negándome a cruzar.
La idea de librarme de todas las ataduras que me habían mantenido preso hasta el momento, de todos los límites que me habían impuesto, se apoderó de mí.
Dejé que esta fuese cobrando fuerza lentamente, mientras la emoción que me producía el imaginarlo se entremezclaba con algo mucho más oscuro y peligroso. Evie creía que podía provocarme sin que eso tuviera consecuencias, pero esta noche le demostraría lo que se sentía al perder el control.
Me eché la mochila a la espalda y guardé el móvil antes de regresar a la carretera.
Ya no estaba muy lejos de Finis Ledges. Los lúgubres acantilados que se elevaban sobre el mar eran uno de los lugares favoritos de Hero y su primera opción siempre que tenía que elegir sitio para celebrar una fiesta.
A pesar del frío primaveral que todavía impregnaba el ambiente, hacía una noche perfecta.
Las motos se alineaban por todo el aparcamiento. No había plazas asignadas donde aparcar, pero a nadie en todo Havenwood parecía importarle que nos reuniésemos aquí, por eso siempre acabábamos volviendo.
El ambiente estaba cargado con el olor a gasolina y tierra húmeda, y el eco lejano de las risas se entremezclaba con el rugido de los motores. Era la clase de sitio que parecía encontrarse fuera de los límites de la realidad, donde las reglas se difuminaban y todo parecía posible.
Y eso lo convertía en el lugar perfecto donde poder probar al fin aquello que para mí siempre estuvo prohibido.
No pude evitar darle mil vueltas a todas las cosas que podrían salir mal esta noche, pero traté de apartar aquellos pensamientos y centrarme en la máscara.
Aquello tan solo era un juego que ella misma había comenzado, y yo había decidido que esta noche me apetecía jugar.
Necesitaba ganar a Evie bajo sus propias reglas, arrastrarla yo al caos en el que ella siempre me acababa sumiendo.
A lo largo de mi vida había hecho un montón de cosas que técnicamente había tenido «prohibidas» y siempre me había acabado saliendo con la mía.
Así que esta noche no iba a ser diferente.
La fiesta estaba ya en pleno apogeo para cuando llegué. Había mucha más gente que motos, y la densa multitud estaba dispersa entre los acantilados, lo que hacía que fuera más difícil encontrar a Evie.
Sabía que lo más probable era que esta noche se hubiese puesto un conjunto tremendamente sexi. Y también sabía que todos los hombres de la fiesta tendrían los ojos puestos en ella. Me resultaba exasperante y embriagador a la vez saber que siempre estaba provocándome.
Estaba totalmente fuera de mí. Esta noche no sería el protector de Evie. Esta noche sería su amenaza, y nadie podría detenerme.
Me deslicé en silencio por la linde del bosque que delimitaba los acantilados, buscando ese destello de cabello rubio que siempre parecía reflejar la luz.
No podía echarme atrás. Ya no. Me puse la máscara, y la tela fresca se amoldó a mi rostro como una segunda piel.
Aquello era mucho más que un disfraz, esa máscara era mi libertad.
En cuanto me la coloqué, algo cambió en mi interior. Fue como si el peso que me había estado oprimiendo el pecho se desvaneciese de repente, reemplazado por una claridad aguda e increíblemente centrada. Me olvidé por completo de las reglas. Esta noche, las consecuencias no importaban.
De repente, fue como si todo lo que me rodeaba cobrase nitidez, como si el mundo se hubiese vuelto mucho más cristalino, y yo tenía un único objetivo: encontrarla.
Recorrí la multitud con la mirada, con el pulso acelerado, hasta que por fin la localicé entre la gente.
La chaqueta de cuero ceñida a su torso contrastaba con el vestido blanco que había elegido esta noche, que se amoldaba a sus curvas a la perfección.
Unas botas negras completaban su atuendo, dándole ese aire temerario que parecía atraer a los hombres como polillas a la luz.
Se estaba riendo a carcajada limpia, echando la cabeza hacia atrás, con un brillo salvaje en la mirada, y, aunque solo fuese por una noche, esta vez sería yo quien lo apagase.
Deslizó una mano por el brazo de Mason mientras él le dedicaba una sonrisa de oreja a oreja. Si hubiese existido alguna probabilidad de que no sucumbiese por completo a la locura esa noche, aquello bastó para acabar con ella.
Porque Evie siempre iba a todas partes conmigo. Siempre era yo quien estaba a su lado, quien la llevaba de vuelta a casa, y sabía que Mason no tenía ninguna intención de reemplazarme, pero también sabía que algún día alguien sí que intentaría arrebatarme ese puesto.
Y, cuando ese día llegase, no me quedaría elección. Tendría que apartarme y cedérselo, me gustase o no el tipo que Evie hubiese elegido. Daría absolutamente igual si él la comprendía tan bien como yo o si la amaba con todo su ser, yo no podría opinar nada al respecto.
Me ajusté la máscara, y dejé que la ira y la rabia me hiciesen hervir la sangre, sin molestarme en tratar de placarlas. Esta noche pensaba dejar que se apoderasen de mí y que hiciesen conmigo lo que quisiesen.
Así era como debía de sentirse Evie todos los días. Porque ella sí que podía hacer o decir lo que le viniese en gana, sin consecuencia alguna. Siempre lograba sumirme en un estado de furia ciega para después irse de rositas.
Me hacía cuestionarme si sería de esas a las que les gustaba llevar las riendas en la cama o si disfrutaría de que fuese el otro el que tuviese todo el control.