Ace & Ember (Los Mavericks 2) Doce #3
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Doce #3

Le golpeé el brazo mientras me recolocaba la ropa, que se me había movido durante el trayecto.

—Ni de coña. Pero no me puedo creer que sean tan descaradas cuando estoy justo aquí.

Mason se rio y me pasó un brazo por los hombros, antes de dirigirnos hacia la multitud. Y después me pegó a su cuerpo con una carcajada ronca. Siempre olía a aceite de motor y a almizcle intenso, a algo un tanto fuerte pero familiar. Acogedor.

Y quizá esa clase de amor, así de cálido y confortable, fuese lo que yo necesitaba en realidad.

—Pues deberías. —Sonrió—. Soy todo un partidazo.

—¿Sabes qué? Solo por esta noche, no te lo voy a discutir. Pues claro que eres un partidazo.

—Ohhh. —Su sonrisa se ensanchó aún más, antes de bajar una mano hacia la mía y tomármela con delicadeza—. Esta noche me acompaña la Evie dulce.

—¿La Evie dulce?

—A la que no le apetece sacarle los ojos a la gente o prenderle fuego al mundo. Esa Evie me gusta.

—¿Me estás diciendo que la Evie psicópata te supone un problema? ¿Que es posible que no te guste esa Evie?

Mason puso una sonrisa letal.

—Nunca sería tan estúpido como para provocar a esa Evie. Ese pequeño mapache letal sería capaz de abalanzarse sobre mí para sacarme los ojos antes de que pudiese pestañear siquiera.

El fuego proyectaba sombras sobre el rostro sonriente de Mason, resaltando el marcado contorno de sus pómulos, altos y definidos, como si hubiese sido esculpido a la perfección, como una estatua temeraria y tentadora.

Todo su cuerpo exudaba una arrogancia natural, con su piel bronceada brillando bajo las llamas titilantes de las hogueras, y el calor lamiéndole la tinta que le trepaba por los antebrazos.

Sus tatuajes se estiraban con cada movimiento, tensándose sobre sus músculos, transformándolo en una especie de mosaico de tinta negra y significados ocultos, algunos se arremolinaban alrededor de sus nudillos, y otros desaparecían por debajo del dobladillo de su camiseta negra ajustada.

Sus cejas, gruesas y oscuras, enmarcaban unos ojos tan negros que casi se tragaban la luz del fuego, brillando con diversión, picardía y la dosis justa de peligro como para hacer que todo el mundo se replantease sus decisiones.

Zack se acercó entonces a nosotros sin mediar palabra, dedicándome una sonrisa mientras se tomaba lo que le quedaba de cerveza de un trago.

Era tan atractivo como todos los demás, pero de una forma distinta.

Todavía tenía ese aspecto un tanto juvenil que era imposible pasar por alto, lo que le hacía parecer más mono y adorable que sexy.

Como un hermano pequeño con el que me encantaba meterme y pasármelo bien, pero al que jamás podría ver de una forma romántica, aunque no creía que el sentimiento fuese mutuo.

La música cambió de repente, y por los altavoces comenzó a sonar una canción movida y fácil de bailar. Zack se dio cuenta de ello y me atrajo hacia sí para que nos moviésemos al ritmo de la música.

—¿Te apetece bailar? —me preguntó.

—Contigo, siempre.

Aquello hizo que su sonrisa se ensanchase, y supe que probablemente no había sido lo mejor que podía haberle dicho. No era que estuviese tratando de alimentar las llamas del encaprichamiento que tenía la sensación de que sentía por mí, sino que yo era así con todos los chicos.

—Cuidado, Evie. Puede que empiece a esperar esta clase de trato por tu parte todos los días.

—No creo que sobrevivieras si te tratase así todos los días.

Sus dulces ojos azules brillaban con intensidad bajo la luz de las llamas, contrastando con fuerza con la mirada oscura de Mason. Y aún más con los tormentosos ojos azules de Aiden.

—Creo que podría soportarlo —comentó, bajando un poco más la voz—. Sé que podría soportarlo.

Me reí, sin saber qué decir para no complicar más las cosas.

En cambio, dejé que la música y Zack se encargasen de sacarme de mi cabeza, hasta que una suave brisa me acarició el cuello, provocándome un escalofrío.

Me giré como un resorte y, de repente, me volvió a asaltar el mismo pánico de antes, la sensación de que había alguien observándome.

Me quedé helada, escudriñando la multitud con la mirada, pero, a diferencia de lo ocurrido en la cafetería, allí no parecía haber nadie prestándome atención.

Volví a sentirlo, ese tirón, como si alguien me hubiese atado una cuerda alrededor del cuello y estuviese tirando con fuerza de ella. Contuve el aliento y mis ojos se desviaron hacia las sombras, pero, cuando me giré hacia allí, no había nadie.

Porque a nadie le importaba que estuviese aquí esta noche y nadie me cubriría las espaldas como de costumbre.

Era como si el fantasma de Aiden me estuviese atormentando, como si me persiguiera la esperanza de que apareciese en cualquier momento.

La rabia de no saber lo que quería de mí me carcomía por dentro, me estaba matando, y hacía que ninguno de los hombres que había aquí esta noche despertase en mí el más mínimo interés. Ni siquiera el chico tan guapo que tenía enfrente, bailando conmigo.

Pero, si tenía que sufrir, estaba más que segura de que no lo haría sola.