Ace & Ember (Los Mavericks 2) Doce #2
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Doce #2

—Vale, os esperamos fuera —dijo, haciendo una pausa mientras Rook le contaba algo más. Regan se volvió a mirarme y me quedé helada—. Ah, vale, se lo diré.

Después de unos cuantos segundos más de sonrisitas tontas y palabras empalagosas, colgó y volvió a ponerse seria.

—Aiden no va a venir, así que te va a tocar ir con Mason.

—Estupendo. —Se me encogió el corazón. Sabía que anoche me había pasado de la raya con Aiden.

Incluso aunque nos hubiésemos divertido, yo lo estaba chantajeando para que saliese conmigo.

Si había decidido saltarse el cumpleaños de Hero para mantenerse alejado de mí, debía de estar más harto de mí de lo que creía—. ¿Y cuánto van a tardar?

Fue como si me hubiesen clavado un puñal en el pecho y lo estuviesen retorciendo sin parar. Y el dolor se transformó en un destello de ira que no pude evitar avivar.

Que me hubiese dado la espalda después de que yo hubiese intentado ser amable con él fue como si hubiésemos avanzado un paso en nuestra relación y él hubiera retrocedido dos más, acabando así con lo poco que habíamos avanzado hasta este momento.

Saqué mi teléfono y abrí la conversación que tenía con Aiden.

Cobarde

Le di a enviar sin preocuparme por si entendería o no lo que le quería decir con eso.

—Diez minutos. Para que Harper tenga tiempo para recoger sus cosas y cambiarse de ropa —respondió Regan.

Un destello de movimiento en uno de los espejos que había a lo largo de la pared me llamó la atención, una sombra, alejándose rápidamente del ventanal. Me volví hacia allí, tratando de fijarme mejor en ella, pero desapareció antes de que pudiese hacerlo.

Un escalofrío me recorrió entera y me puso los pelos de punta.

De repente, fue como si todo mi cuerpo se pusiese en alerta, y se me erizó el vello de los brazos de la tensión.

Me revolví en mi asiento, observando a mi alrededor, pero todo parecía normal; la gente paseaba por las calles del centro un viernes por la noche, perdidos en sus propios pensamientos, como si nada.

No pude evitar volver la mirada de nuevo hacia el enorme espejo que cubría una de las paredes de la cafetería, captando pequeños destellos de la gente que recorría las calles al otro lado del cristal, con la esperanza de encontrar algún rostro familiar entre la multitud, alguna explicación razonable a por qué todo mi cuerpo se había puesto de repente en alerta, pero no vi nada.

Sin embargo, aquella sensación espeluznante y sobrecogedora no me abandonó, me oprimía el pecho, como si alguien me estuviese observando desde algún lugar entre las sombras, con los ojos clavados en mí, pero lejos de mi campo de visión.

Intenté quitarme aquella idea de encima, pero no pude.

Una buena parte de nuestra vida giraba en torno a gente peligrosa, con trabajos igual de peligrosos, y algo que había aprendido bastante pronto era que siempre debía confiar en mi instinto, lo cual resultaba mucho más sencillo cuando al menos sabía de dónde podía venir la amenaza.

La cafetería estaba vacía, solo estábamos Harper, Regan y yo, y fuera la gente iba de un lado a otro sin preocupación alguna; sin embargo, aquello no bastó para calmar mis nervios.

Oí que las motos se acercaban por la carretera antes de verlas aparecer. Las tres aparcaron enfrente de la cafetería, en medio de la calle en calma.

—Ya están aquí —dije, levantándome de mi asiento, mientras Harper se guardaba una caja en la mochila.

—¿Y eso... qué es, si puede saberse? —pregunté.

—El regalo de Hero. Le voy a regalar unos dónuts, nada más. Ni siquiera se merece que le dé esto, pero se me ocurrió que podía hacer una excepción y usarlos a modo de ofrenda de paz, teniendo en cuenta que es su cumpleaños.

Sonreí, sin comentar nada sobre que siempre estaban picándose el uno al otro.

Las chicas me siguieron fuera y yo me encaminé directamente hacia la moto de Mason.

—¿Así que tú eres el afortunado que va a tener que aguantarme esta noche?

—¿Ahora a eso lo llamamos ser «afortunado»? ¿También voy a tener que pasarme toda la noche vigilándote como un halcón?

—Preferiría que no lo hicieras, la verdad.

—Menos mal. En serio, no sé cómo se las arregla Aiden para hacerlo. Porque eres como un pequeño mapache: salvaje e incontrolable.

—Espero por tu bien que con eso también te refieras a que soy adorable. —Me llevé las manos a las caderas.

Mason sonrió y me pidió con un asentimiento de cabeza que me subiese a su moto de una vez.

—Vamos a dejar una cosa bien clara, no he sido yo quien ha dicho lo de que eres adorable, pero tampoco pienso desmentirlo. Anda, vamos, mapache, tenemos que irnos. Esta noche tengo ganas de divertirme un poco.

Rook y Zack salieron a la carretera, con Regan y Harper sentadas justo a sus espaldas, y Mason salió disparado tras ellos.

El viento nos azotó la cara mientras Mason aceleraba para tratar de alcanzarlos, con el motor rugiendo con fuerza bajo nuestros cuerpos.

Cerré los ojos, deleitándome en cómo las vibraciones me recorrían de la cabeza a los pies, pero, por algún motivo, había algo que me faltaba, como si aquello no fuese suficiente.

Con Aiden siempre tenía la sensación de que cada curva la tomábamos moviéndonos a la vez, en perfecta sincronía.

Mason, en cambio, conducía de una forma mucho más errática, con unos movimientos mucho más bruscos, menos familiares.

Me abracé a él con fuerza, pero no había ningún tipo de conexión entre nosotros, ninguna chispa.

Había perdido toda clase de esperanza de volver a sentir algo parecido con otra persona, pero cada vez que me subía a la moto de cualquiera de ellos que no fuese Aiden, no podía evitar desear sentir lo mismo que sentía cuando me montaba con él.

Supongo que tendría que empezar a acostumbrarme a sentirme así.

Porque, si Aiden me estaba ignorando y estaba enfadado conmigo por lo del chantaje, las probabilidades de que quisiese llevarme en su moto tan a menudo como hasta ahora eran más bien escasas.

Me enderecé a la vez que Mason aceleraba por la carretera.

Me aferré a la espalda de su chaqueta, tratando de sacudirme de encima el arrepentimiento que me oprimía el pecho.

Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, minando poco a poco mi confianza.

¿En serio lo de la noche anterior había sido la gota que había colmado el vaso para Aiden?

¿De verdad le parecía tan insoportable la idea de tener que volver a verme que incluso estaba dispuesto a saltarse el cumpleaños de Hero con tal de no tener que lidiar conmigo?

Sabía que estaba siendo una inmadura. Sabía que, si no le gustaba a un hombre por quién era, no merecía la pena seguir persiguiéndolo, pero no estábamos hablando de un tío cualquiera.

Estábamos hablando de Aiden.

El recuerdo de la primera vez que me había mirado como si de verdad fuese alguien a quien valiese la pena proteger se me había quedado grabado a fuego en la memoria, y quería que volviese a mirarme así, una y otra vez, más que nada en el mundo.

Tal vez por eso seguía insistiendo, tratando de sacarlo de quicio de alguna manera.

No podía soportar la idea de estar cerca de él, al igual que tampoco podía soportar que él estuviese cerca de mí, si nunca íbamos a poder ser nada más que amigos.

Seguía provocándolo porque, para mí, con él era todo o nada.

Y nada significaría realmente nada, porque la vida de Aiden estaba demasiado entrelazada con la mía. Nada significaría que uno de los dos tendría que renunciar a la vida que conocíamos hasta ahora.

El ronroneo grave y gutural de la moto de Mason resonaba con fuerza a nuestro alrededor mientras nos adentrábamos en el aparcamiento, zigzagueando entre las hileras de motos y personas reunidas en los acantilados.

Esta noche, el sitio estaba abarrotado, y el resplandor de los faros y el titileo de las llamas de las hogueras proyectaban sombras irregulares sobre la multitud.

Ya había supuesto que Hero invitaría a todo el mundo a su fiesta, pero había mucha más gente de la que me habría esperado.

Rodeé el cuerpo robusto de Mason con los brazos, y el calor que irradiaba su piel me protegió del frío de la noche.

Él se volvió a mirarme por encima del hombro, con una sonrisa burlona.

—Cuidado, princesa. Si empiezas a meterme mano, la gente se podría hacer una idea equivocada.

—No creo que nadie se vaya a hacer ninguna idea sobre nosotros, Mason.

—¿Porque ya piensan que estamos locamente enamorados?

Colocó el caballete de la moto de una patada, y se quedó quieto para dejar que bajase yo primero. Y después me quité el casco al mismo tiempo que él.

—Porque saben que, como se me ocurriese siquiera intentar algo contigo, saldrías huyendo despavorido.

Mason se bajó de la moto y se estiró como un gato, con la camiseta subiéndosele ligeramente, dejando al descubierto parte del tatuaje que le cubría el costado.

Un par de chicas que pasaban por allí se detuvieron a mirarlo con detenimiento, una incluso se mordió el labio inferior antes de dedicarle una sonrisa coqueta.

Y Mason le guiñó un ojo como respuesta, lo que me hizo soltar un bufido.

—Increíble.

—¿Qué? —Sonrió con socarronería—. ¿Estás celosa?