Doce
Evie
La ciudad de Havenwood no se parecía a ningún otro lugar en el que hubiese estado. Allí se concentraba una mezcla de lo más extraña de delincuentes y ricos despiadados y, por otro lado, gente de a pie que lo único que quería era sentarse a tomar un matcha latte en una cafetería mona.
En ese momento, yo pertenecía al último grupo, pero mi postura solía oscilar indistintamente entre las tres opciones, dependiendo del día.
Regan me observó por encima de su bebida con una ceja enarcada, mientras yo miraba a través del gran ventanal de la cafetería Sweet Haven.
—¿Es que estás esperando a alguien?
—¿Aparte de a los chicos que tienen que venir a recogernos para ir al Finis Ledges? No.
Harper se dejó caer en el asiento a mi lado, esperando a que por fin terminase su jornada laboral.
—Vale, mi turno ya casi ha terminado. ¿Puedo por favor hablaros antes de irnos de la peor cita que he tenido en mi vida?
—¿Tan mala ha sido? —pregunté.
Harper soltó un gruñido frustrado, recostándose un poco más en su asiento, y luego nos miró alternativamente.
—Tan mala como si al tío lo hubiese sacado del último círculo del infierno.
Como si fuese la mismísima parca, queriendo sacarme para siempre del mercado de la peor manera posible.
Para empezar, va y me lleva a un asador para nuestra primera cita.
Le dije que no como carne, ¿y va y elige ese sitio?
Total, que me pongo a intentar desconectar mentalmente para no saltar y entonces va él y pide por mí.
Repito: pide por mí. Como si fuese una cría.
Regan se atragantó con su bebida al intentar contener la risa.
—¿Y lo dejaste?
—Bueno, es que en el tema de las citas no me está yendo demasiado bien últimamente, así que pensé que quizá debía tener la mente abierta y dejar que fuese él quien tomase la iniciativa por una vez, ¿sabéis?
Quiero encontrar a un hombre que sepa cómo llevar las riendas de la relación, y se me ocurrió que igual tenía que concederle el beneficio de la duda.
Bueno, pues ¿queréis saber lo que me pidió?
Me eché hacia delante sobre la mesa, metidísima en la historia.
—Por favor, dime que no te pidió las tiras de pollo del menú infantil.
—No, peor. —Harper bajó la voz hasta que no fue más que un susurro horrorizado—. Me pidió un filete de ternera poco hecho. Poco hecho. Os juro que cuando me lo trajeron seguía sangrando.
Regan soltó un grito ahogado.
—No —dijo con un toque dramático.
—Oh, ya lo creo que sí. —Harper asintió con la cabeza, con aire sombrío—. Y cuando le recordé que era vegana, me llamó fea y me soltó que ahora entendía por qué seguía soltera.
Estuve a punto de escupir la bebida.
—¿Y te marchaste del restaurante sin matarlo?
—Por los pelos. Le lancé el filete sangriento a la cara y me largué de allí. —Harper le dio un buen trago a su bebida y después soltó una sonora carcajada—. No pienso volver a salir con nadie nunca más.
—Sabes que eso es mentira —se rio Regan.
—Puede. Pero la próxima vez pienso llevar una pistola eléctrica encima por si acaso.
Regan sonrió y después se volvió a mirarme.
—¿Y tú? ¿Qué tal estás después de..., bueno, después de tu ruptura?
Solté un gemido frustrado y me recosté de nuevo en mi asiento.
—Estoy bien. Enfadada, pero bien.
—¿Enfadada con tu ex o con Aiden? —preguntó Harper.
—¿No puedo estar enfadada con los dos? —solté—.
Porque, por mucho que mi ex me dé absolutamente igual, sigo enfadada por cómo rompió conmigo.
Sigo enfadada porque la situación fue una mierda.
Sigo enfadada porque Aiden estuviese ahí para verlo todo.
E incluso estoy enfadada por haber culpado a Aiden por el simple hecho de que mi ex tenía razón.
¿Quién sería capaz de salir conmigo cuando siempre tengo a un tío alto y guapísimo siguiéndome a todas partes, fulminando con la mirada a cualquiera que se atreva siquiera a cruzarse en mi camino, por el simple hecho de que mi hermano es demasiado sobreprotector?
Eso no le pone a nadie. No resulta para nada atractivo, no importa lo buena que esté.
Harper y Regan compartieron una mirada cómplice, y el brillo de lástima que iluminó sus ojos me confirmó que sabían que tenía razón, aunque no quisiesen admitirlo en voz alta.
—Rook no va a cambiar, va a seguir siendo así de sobreprotector contigo siempre —comentó Regan—.
Y encima últimamente no ha dejado de insistirme en que tenga cuidado y no salga nunca sola de casa.
Supongo que tendrá algo que ver con ese tal Anderson por el que le preguntaron.
Aunque no entiendo a qué le tiene tanto miedo.
—Fue porque nos amenazaron a nosotras, a las chicas, específicamente —respondí—. Incluso Aiden se puso como loco cuando el tipo al que estaban tratando de sonsacar información lo soltó como si nada.
Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar la primera vez que había visto a Aiden tan enfadado.
Era algo que no solía ocurrir. Desde que lo conocía, tan solo había perdido los estribos en un puñado de ocasiones.
La primera vez se me había quedado grabada a fuego en la memoria, quizá porque también fue cuando me di cuenta de que me estaba enamorando de él.
El recuerdo me sobrecogió de tal manera que tuve que recostarme en mi asiento.
Estaba sentada en el sofá de nuestro primer piso.
Mi novio estaba a mi lado, y el olor a cerveza y a tabaco lo impregnaba todo, pero mi yo más joven pensaba que ese hombre mayor que yo que tenía sentado al lado era intenso y apasionado de una forma de lo más romántica.
Por aquel entonces no me había dado cuenta aún del peligro que corría en realidad, pero Rook sí.
Además, por aquella época también había empezado a molestarme que Aiden siempre estuviese ahí presente, sin importar a dónde fuese.
Pero ese día tanto Rook como Aiden habían tenido que salir por un asunto de trabajo, así que estaba sola en casa con mi novio .
Me acerqué un poco más a él, pensando que aquello no era más que un juego, hasta que su agarre se volvió mucho más fuerte.
Traté de alejarme de él, aunque sin éxito, y la forma en que se curvaron sus labios en ese momento, con una mueca perversa, me revolvió el estómago.
Era como una conejita observando atentamente a su depredador, totalmente paralizada, sin saber qué hacer para detenerlo, cuando él parecía estar pasándoselo en grande .
Entonces la puerta se abrió de golpe y Aiden apareció de repente en el umbral.
Yo había abierto los ojos como platos y mi corazón estuvo a punto de detenerse por la vergüenza que sentí en ese momento.
Nunca me paré a pensar si lo que me había avergonzado había sido que me hubiesen pillado, en general, o que me hubiesen descubierto totalmente paralizada en medio de algo de lo que no quería formar parte .
Aiden se había puesto a gritar, y su voz grave había retumbado en el interior del apartamento como nunca antes lo había hecho, llena de rabia y sorpresa, y en ese momento yo agaché la cabeza, tratando de hundirme entre los cojines del sofá.
Aiden se quedó mudo cuando mi novio empezó a gritarle que nos dejase en paz, pero con solo mirarme una vez más le había bastado para abalanzarse sobre él y arrastrarlo lejos del sofá, separándolo así de mí.
Entonces le asestó un puñetazo tras otro, golpeándole la mandíbula una y otra vez, y cada golpe vino acompañado del crujido de sus huesos y de sus dientes.
Mi novio intentó huir, pero Aiden lo agarró de nuevo y lo llevó a rastras hasta la entrada, sacándolo de allí del cuello de la camiseta .
Pasaron varias horas hasta que pude moverme. La puerta volvió a abrirse de golpe otra vez, y allí estaba Aiden, todavía furioso. Tenía los puños ensangrentados y la camiseta sucia. Se acercó a mí en tres largas zancadas y me agarró de los brazos para poder echarme un vistazo de arriba abajo .
— ¿Te ha hecho daño ?
— No —respondí—. Has llegado a tiempo .
Asintió y me soltó .
— Voy a darme una ducha. Elige una película, yo me encargo de pedir algo de cenar .
No dijo ni una sola palabra más hasta unas cuantas horas después, pero se sentó a mi lado en el sofá, compartió la manta conmigo y, de vez en cuando, se volvía a mirarme de reojo, supongo que para asegurarse de que no estuviese llorando .
Estuvo toda la noche callado, pero me sostuvo con fuerza, y yo me sentí segura a su lado .
El teléfono de Regan comenzó a sonar, sacándome de mi ensoñación. Ella sonrió al bajar la mirada hacia la pantalla, dejándome bastante claro quién podía estar llamándola.
Me volví de nuevo hacia el ventanal, todavía sumida en el recuerdo de aquel día de hacía seis años.
Desde ese momento, Aiden se había convertido en mi lugar seguro.
En mi refugio.
Porque daba igual lo mal que me portase con él, daba igual lo horrible que fuese la situación en la que me hubiese metido, él siempre estaría ahí, siempre sería mi lugar seguro.
Puede que después me echase una buena bronca, pero jamás me juzgaría por lo que hubiese hecho.
Y sabía que daba igual lo que estuviese ocurriendo, él siempre estaría ahí para protegerme.
Puede que fuese mi guardaespaldas. Desde luego, Rook había elegido a la persona adecuada para el puesto, pero para mí siempre sería algo más que eso.
Éramos las dos caras de una misma moneda: él era mi lugar seguro y yo, su caos.
A todo el mundo le gusta sentirse a salvo.
Pero ¿podría alguien como Aiden amar también el caos?
—¿Diga? —respondió Regan, sin dejar de sonreír, mientras se llevaba el teléfono a la oreja.
No lograba entender cómo ella y mi hermano, que eran dos de las personas más implacables que conocía, cuando se juntaban siempre parecían convertirse en las personas más cursis que había conocido en mi vida.
No concebía cómo era posible que fuesen tan crueles y violentos y, a la vez, tan sensibleros el uno con el otro.