Once #2
Llegué hasta una curva cerrada demasiado deprisa y me incliné un poco más de la cuenta.
Se me resbaló el pie izquierdo y rocé el asfalto.
Por suerte, Aiden ya había supuesto que esto podría acabar ocurriendo tarde o temprano y le había instalado unas barras de choque a mi moto.
Se me subió el corazón a la garganta cuando esta se apoyó sobre las barras y maldije por lo bajo.
—Estupendo. Simplemente fantástico. Así es justo como la gente acaba en esos vídeos de caídas de internet.
Entonces lo vi: un hombre que venía directo hacia mí.
Al principio pensé que solo se me estaba acercando para ayudarme a sujetar la moto, pero lo que hizo fue rodearme la cintura.
El pánico se apoderó de mí y, entre la adrenalina y mi instinto de supervivencia, me llevé una mano al puñal que siempre llevaba envainado en el muslo y lo saqué de un tirón.
El tiempo pareció ralentizarse de repente. Su mano tardó demasiado en apartarse de mi cintura y le asesté una puñalada con precisión en el dorso, no lo bastante fuerte como para atravesársela del todo, pero sí como para provocarle un grito agudo de dolor y sorpresa.
No pensaba dejar nada al azar cuando sabía perfectamente qué clase de hombres iban tras nosotros.
—¿Pero qué cojones...? —El tipo retrocedió sin apartar la mirada de mí.
—Me has quitado las palabras de la boca. ¡No puedes ir por ahí agarrando a las mujeres así porque sí!
Él abrió los ojos como platos, con la sorpresa reflejada en su expresión.
—¡Pero si solo estaba intentando ayudarte!
Normalmente no me sentía mal por apuñalar a la gente, si acaso, mucha más gente se merecía que la apuñalasen de vez en cuando, sobre todo esos hombres que se creían con derecho a agarrar a las mujeres de donde no debían siempre que se les presentaba la oportunidad.
Además, mi última sesión de llantos había funcionado a las mil maravillas, porque ahora me sentía mucho más psicópata y asesina que nunca.
Después de cinco largos e insoportables minutos de tensión más, aparqué justo detrás del taller.
Por primera vez en años, había recorrido casi todo el trayecto sin que ocurriese ninguna catástrofe, salvo por lo del pequeño resbalón y por el ayudante demasiado entusiasta al que le había hecho una pequeña herida de arma blanca de nada.
Tampoco me había ido tan mal, ¿no?
Pero el destino no parecía estar de mi parte ese día, porque, evidentemente, mis desgracias no iban a acabar ahí. Después de unos segundos, el caballete de mi moto cedió y esta se volvió a caer al suelo. El manillar se llevó la peor parte, pero la caída no fue precisamente elegante que digamos.
—¿Qué cojones...? —siseé, dándole una patada al asiento, para darle algo más de dramatismo a mis palabras—. Y por esto te odio.
Aiden se acercó a la entrada del taller como si fuese el dueño del lugar, aunque, siendo francos, en cierto modo lo era.
Iba vestido con una camiseta negra y unos pantalones vaqueros que no deberían haberle sentado tan bien y, sin embargo, lo hacían.
También se había puesto una gorra del revés, que le cubría el pelo casi por completo, lo que le daba un aspecto injustamente atractivo.
Joder, increíble.
Dejó que su mirada se desplazase de la moto caída hacia mí, y después de vuelta a la moto.
Entonces sus labios esbozaron esa sonrisa engreída e insufrible que me daba ganas de prenderle fuego a todo lo que me rodease.
—Joder, Psycho. —Inclinó la cabeza, y su voz apestaba a compasión fingida—. Parece que la moto también ha decidido dejarte.
Su sonrisa tenía ese mismo brillo divertido de anoche, el que venía a decir «ahora yo también conozco tus secretos».
Se me revolvió el estómago, en parte por la humillación y en parte por el recordatorio de que, en cualquier momento, podría contarle a todo el mundo que me había pillado llorando con El diario de Noa .
Creo que si se lo contase a todos arruinaría la imagen que tenían de mí como una psicópata desquiciada; aunque siguieran queriéndome, no dejarían de burlarse de mí hasta el día del juicio final.
Respiré hondo y conté hasta tres, y después valoré seriamente la idea de dejar tirada a Arpía de Hielo en una cuneta la próxima vez que la cogiese.
Por supuesto, Aiden había aparecido justo a tiempo para ser testigo de mi humillación. Se encargó de levantar mi moto y de revisarla de arriba abajo, sin molestarse en volverse a mirarme.
—Parece que al menos has conseguido llegar hasta aquí antes de romperla del todo. Enhorabuena.
—¿Es culpa mía que el caballete esté defectuoso? ¿O es culpa de quien lo instaló después de insistir en que necesitaba uno mejor que el que tenía?
Entonces Aiden por fin se giró hacia mí, bajando la cabeza por mi cuerpo durante un momento, antes de regresar a mi rostro.
Me recorrió de arriba abajo con la mirada, lenta y deliberadamente, como si estuviese tratando de grabarse algo en la memoria.
Yo me revolví en mi sitio, balanceándome de un lado a otro mientras me observaba atentamente.
—¿Esa es mi camiseta? —me preguntó, con un ligero tono molesto.
—¿Disculpa?
Me señaló con un gesto de la cabeza, clavando la mirada de nuevo en mi pecho. Bajé yo también la vista hacia allí, y tardé medio segundo en asimilar lo que me estaba preguntando.
Me llevé las manos al dobladillo de la camiseta, tirando ligeramente de ella para observar el diseño que había impreso en la parte delantera.
Un diseño que conocía a la perfección, porque lo había visto estirado sobre el pecho de Aiden en infinidad de ocasiones.
Mierda.
Y ahí, justo en el centro, había una mancha de color rojo oscuro. Un pequeño recordatorio en forma de sangre seca de mi aventurilla de esta mañana.
Mierda.
Sus ojos, afilados, calculadores y tan fríos como el hielo, volvieron a recorrerme de arriba abajo; casi pude ver que los engranajes de su cabeza giraban lentamente tras ellos.
No dijo nada, pero su mirada permaneció clavada en mi pecho un poco más de lo necesario, lo que hizo que se me revolviese el estómago.
Esa mañana salí de casa en piloto automático y la cogí del cuarto de la colada sin ni siquiera fijarme en ella, porque estaba demasiado cansada después de haber dormido fatal y llevaba mucha prisa, así que no me di cuenta de que había ido por ahí con una camiseta de Aiden.
Tragué con fuerza, obligándome a mantener una expresión impasible, como si mi cerebro no estuviese cortocircuitando en ese momento por la intensidad con la que me estaba observando.
Traté de preparar mentalmente una excusa razonable, con la esperanza de que no se fijase en la mancha roja que empapaba la tela.